
Si se viaja 38 horas en barco y se flota por 500 kilómetros, se llega a la isla del Coco. Pocos la han visitado, debido a su complicado y restringido acceso, pero la mayoría se enorgullece de su biodiversidad, aunque quizás al despiste de sus monumentos arqueológicos que por décadas han pasado inadvertidos.
Cuenta la leyenda que el más antiguo se remonta a 1820, tiempos convulsos en que brotaban repúblicas independientes del continente. Entonces, las revueltas por la soberanía empujaron a la Corona española a recurrir al corsario británico William Thompson para resguardar un tesoro.
Se presume que el cargamento llevaba dos vírgenes de oro macizo, en tamaño real y con el niño Jesús en brazos, así como 12 o 24 cofres metálicos. Y aunque el valor es una incertidumbre, se habla de joyas que hoy valdrían entre $24 y $60 millones.
El plan era sencillo, al menos en papel. Thompson llevaría las riquezas que los españoles obtuvieron del imperio inca hacia México, donde consideraban que estarían a salvo. Con ese propósito zarpó de Lima, pero a los tres días lo declaron pirata por haber asesinado a los otros navegantes.
Cuando se desató una persecución en su contra, Thompson desembarcó en el punto más cercano: una isla volcánica y deshabitada nombrada en honor a la fruta de las palmeras. Se dice que allí ocultó el tesoro y continuó la huída, hasta que fue detenido en alta mar.
Como prisionero regresó a la isla, obligado a entregar el oro; sin embargo, se presume que lo internó en la espesura de la selva, y, con el paso de los días, los españoles fueron muriendo uno a uno. Así Thompson abandonó el sitio... y con su partida se desvanece la historia.
Desde el campo de la arqueología este relato es legendario, ya que no se han encontrado elementos que lo corroboren. Eso sí, el historiador Raúl Arias sostiene que ambas cosas son ciertas: la existencia de un tesoro y su paradero en la isla. Además, el cuento ha sido lo suficientemente fuerte como para motivar más de un centenar de excavaciones en su búsqueda.
De aquí surgieron episodios que consolidaron a la isla como escenario de misterios, algunos analizados por el Museo Nacional de Costa Rica como monumentos arqueológicos en el marco de una investigación orientada a establecer criterios para su preservación.
“Por su naturaleza, las personas que dirigen los parques nacionales van muy enfocados hacia la parte natural. El elemento cultural que se encuentra presente siempre queda fuera del plan de manejo. Esa era una de las situaciones que se estaba dando en el Coco”, acota Julio Sánchez, uno de los arqueólogos e investigadores.
Este es un repaso por la historia de la joya natural y los vestigios que resguarda.

1) Una prisión en el paraíso
Costa Rica todavía era joven cuando llegó a tomar posesión de la Isla del Coco, en 1869.
Pero siglos antes de que la bandera tricolor se asentara en sus bosques, ya era un sitio recurrido para abastecimiento de agua potable, madera y comida. En parte por sus cataratas, y en otra por las especies que fueron introducidas y hoy causan problemas para el ecosistema: cerdos, gatos, cabras, ratas y venados cola blanca.
Quizás por su ubicación, el expresidente Tomás Guardia aprobó que allí se construyera una colonia penal. En esa estructura, rodeada por corredores empedrados y cubierta por láminas onduladas pintadas de rojo, purgaron quienes la justicia consideraba “merecían” la pena de muerte (sin materializarla, porque ya había sido abolida).
Bajo esas bases operó entre 1879 y 1881, pero abastecer la cárcel con víveres no era barato ni expedito. Entonces cerró el presidio y a los reos los trasladaron a la isla San Lucas. Sus yacimientos siguen allí y pronto serán declarados monumento arqueológico.
2) De cuando familias alemanas vivían en la isla
El tesoro escondido no fue el único legado de los piratas en la isla del Coco, pues un mapa con su paradero provocó la visita de August Gissler en 1880. Con persistencia obtuvo el permiso gubernamental para mudarse, en el entendido de que encontraría y compartiría el botín. Incluso fue declarado gobernador.
Sus misiones eran dos: la búsqueda del tesoro y la población del lugar. Lo intentó al trasladar a 10 familias alemanas, que con los años fueron desistiendo, y pese al vasto financiamiento concluyó la operación sin éxito en 1908.
La partida de Gissler también está rodeada de nebulosas. Algunas versiones dicen que el fracaso lo llevó a la ruina, pero otras afirman que murió como mitómano en la opulencia, tras haber desaparecido con las joyas.
Lo cierto es que vivió en la isla por casi dos décadas y los arqueólogos del Museo Nacional intentan ubicar los asentamientos. Probablemente estuvieron en la planicie donde hoy residen los bomberos y guardaparques, ya que ahí han encontrado restos de botellas, vasijas, cerámicas...
“Se logró identificar que algunas se vendían en Puntarenas y de qué tipo eran las fábricas. Lo que no se sabe es dónde se encontraban las casas o las bases de esas casas. Los túneles que ellos excavaron sí se encontraron”, apunta Sánchez.

3) Un barco yace en sus aguas, casa de tiburones
Un año antes de que Gissler partiera, varios navíos solían navegar con propulsión a vela entre San Juan del Sur y Puntarenas. Uno de ellos, el Saving Vessel Biduco, hoy yace sumergido en las aguas de bahía Wafer, junto a una de las mayores concentraciones de tiburones del mundo.
Su hundimiento ocurrió, según consta en los documentos de la aseguradora revisados por los investigadores, tras un “percance” con el capitán Edwin Stoltz.
“Parece ser que se había llevado a la gente en contra de su voluntad. Les había puesto un rumbo y los tripulantes obedecen, pero de pronto se dan cuenta de que se están alejando demasiado, yendo hacia la isla del Coco”, cuenta Iván Alfaro, arqueólogo subacuático.
La noche del 27 de diciembre de 1907 se desató el siniestro: la popa rozó un fondo rocoso, se abrieron las planchas y el agua empezó a filtrarse; el barco escoró, la apertura era insalvable. Dichosamente la tripulación evacuó, y, según se cree, regresó a Puntarenas con los botes salvavidas... Aunque esa premisa es poco probable y por eso está en investigación.
Transcurrirían varias vueltas al sol para que más personas regresaran a la isla, en el marco de otra calamidad.

4) Más difícil que el Chirripó
Corría 1939 y Estados Unidos enviaba con regularidad aeronaves hacia sus bases en Panamá. Pero en uno de esos trayectos, que atravesaban el istmo, un avión se extravió en las cercanías de la isla del Coco.
Durante la misión de rescate, un bombardero la sobrevoló en procura de sobrevivientes. Pero sus tripulantes no midieron la neblina de uno de los bosques nubosos más bajos del planeta. Sin margen de maniobra, la avioneta se estrelló contra el cerro Iglesia, a 575 metros sobre el nivel del mar.
Ocho décadas después, los restos permanecen en el punto más elevado de la isla, sin visitas ni intervenciones, pues la vegetación cerró el acceso. La dificultad del ascenso es tal, según arqueólogos, que es más complicado que subir el Chirripó.
5) Marcar al visitar
Quien haya tenido la oportunidad de caminar por la isla del Coco, de seguro habrá quedado impresionado por las piedras que por siglos han servido de cuaderno. Además de mostrar variantes de colores, sus relieves exhiben cientos de nombres y dibujos.
Estos petrograbados ya habían sido documentados en bahía Wafer, pero la investigación en curso del Museo Nacional confirmó que se extienden hacia Chatam. En total, se descubrieron 427 rocas marcadas por humanos en toda la isla.
“La mayoría de los (petrograbados) que están en zona intermareal con marea alta están completamente cubiertos por el agua, entonces tienes que trabajar con ventanales de tiempo cortos, y a veces cuando se viene en un aguacero no se puede trabajar”, explica el investigador Alfaro sobre la metodología de georreferenciación.
Ahora, los arqueólogos modelarán cada piedra en tercera dimensión para incluirlas en un museo virtual de la isla del Coco, que en los próximos meses permitirá recorrer el patrimonio natural desde el celular.
Esta investigación sobre el acervo arqueológico y subacuático de la isla, conducida por el Museo Nacional, surgió tras la ratificación por parte de Costa Rica de la Convención de la Unesco del 2000.
Aunque ya se tenía registro de algunos petrograbados, la antigua cárcel, las excavaciones y los restos del naufragio, la investigación ampliará la declaratoria de monumentos arqueológicos al avión accidentado y la zona de asentamientos vinculada a Gissler. Paralelamente, se trabaja en la elaboración de una guía orientada a su preservación.
Isla del Coco en datos
- Hogar de más de 2.600 especies de flora y fauna
- Su precipitación varía entre 5.000 y 7.000 mm anuales
- Fue creado parque nacional el 22 de junio de 1978
- Recibió la designación de Sitio de Patrimonio Natural de la Humanidad de la UNESCO en 1997
- Fue declarada Patrimonio Histórico-Arquitectónico de Costa Rica en 2002
