
A los 12 años, Mariana hacía lo que muchas otras niñas de su edad: jugaba jackses, rayaba las aceras con tizas y por las tardes caminaba por su barrio. Todo transcurría con normalidad, pero cada vez se notaba “más gruesita”. Y su madre, al enterarse de que tenía un “novio a escondidas”, la llevó al hospital. Hace cinco meses estaba embarazada.
“Sentí susto, miedo, de todo sentí. Yo lloraba mucho porque no sabía qué era un embarazo. Se me vinieron muchos sentimientos encontrados de cosas que me pasaron en la niñez”, cuenta Mariana, quien hoy tiene 45 años.
Pese a su corta edad, veía las relaciones sexuales como algo “normal”, ya que era abusada por su abuelo paterno. Pero su conocimiento sobre la materia era escaso: desconocía qué era un anticonceptivo, cómo usarlo, y para qué servía. Por eso accedió a tener relaciones con su novio, sin usar protección.
Cuando la noticia estalló entre las paredes de su hogar, recién leídos los exámenes de sangre, recuerda que su madre “casi se muere”. Ambas lloraron: la menor, al escuchar que un bebé se formaría en su vientre; la mayor, porque debía trabajar más.
Los cambios en el cuerpo empujaron a Mariana a una depresión. También la atormentaba la incertumbre: no tenía forma de saber si la paternidad del niño correspondía a su novio o su abuelo. La “paz” la encontró hasta el día del nacimiento.
“Lo primero que hice fue verlo a ver si no se parecía a mi abuelo. Y ya cuando vi que se parecía al papá (su novio), fue totalmente diferente. Lo abracé y lo sentí mío, pero hasta ese momento”, dice.
“A mí nunca me dijeron nada de eso (preservativos). Entonces, yo, sinceramente, tuve relaciones porque lo veía como algo normal, porque a mí me abusaban”

Una vez que nació Fabián, claro está, el mundo le giró en 180 grados. Ya no se daba “una vuelta” con sus amigas, y cuando podía salir a jugar elástico, lo hacía con el bebé en brazos.
Afortunadamente, asegura, su madre y padrastro se hicieron cargo del bebé. Mariana lo amamantaba y se trasnochaba para calmar su llanto, pero sus parientes prácticamente lo “adoptaron”. Tanto así, que ella y su hijo se criaron prácticamente como hermanos.
Si bien el papá de Fabián se mantuvo anuente a sus necesidades durante el embarazo, a los años cambiaría drásticamente su relación. Entonces Mariana no estaba inscrita en el ciclo lectivo, y desconocía de las ayudas que le podían brindar instituciones como el Instituto Mixto de Ayuda Social (Imas) o los Centros Infantiles de Nutrición y Atención Integral (Cen-Cinai).
Para cuando cumplió 14 años, y quedó embarazada del mismo hombre, él empezó a andar con otra mujer. En consecuencia, negó que el bebé fuera suyo y “siempre lo rechazó”.
Se ‘tragaron’ la amargura
“Ellos se tragaron la amargura y crecieron con rebeldía”, dice Mariana sobre el impacto de la ausencia del padre en sus hijos. Les afectó tanto, que sospecha influyó en su consumo de drogas y posterior problemas con la ley. Hoy, ambos están privados de libertad.
Desde entonces ya han pasado unos cuantos lustros, y las condiciones de Mariana han cambiado para bien. Todavía vive en su barrio que la vió crecer, y aunque está buscando empleo y se preocupa por sus hijos, se muestra feliz por estar rodeada de sus seres queridos.
Además, ahora es abuela de ocho nietos y espera a otra bebé que viene en camino, a quienes les dedica toda la energía que tiene por ofrecer.
“Ellos son mi vida, sinceramente son mi vida. La razón de mi vivir día a día. Sufro mucho por mis hijos, pero ellos me dan fuerza para seguir”, comenta.
Mariana es una de las cientas de mujeres que dieron a luz siendo niñas, según la clasificación del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).
En 2024, de los 146 embarazos de niñas de 14 años o menos en Costa Rica, el 95,9% surgió en el marco de una situación de violencia.

