
Peter Thiel hizo miles de millones apostando al futuro, pero buena parte de su vida parece organizada alrededor de otra idea, una muy irónica por cierto: prepararse para cuando ese futuro salga mal.
No es una exageración. Durante años, este empresario tecnológico ha hablado públicamente de riesgos como la guerra nuclear, el colapso institucional e inteligencia artificial fuera de control. De hecho, ha invertido en empresas de vigilancia, defensa y biotecnología, ha financiado proyectos que pretenden extender la vida humana y, sobre todo, ha buscado lugares alternativos ante lo que él considera posibles crisis profundas del mundo occidental como conflictos geopolíticos, deterioro institucional o escenarios tecnológicos fuera de control.
Ahora, ese mapa de contingencias podría sumar un nuevo punto: Argentina.
Según reportó The New York Times, el multimillonario estadounidense-alemán, aliado del trumpismo y una de las figuras más influyentes de Silicon Valley, explora convertir al país sudamericano en una nueva base de operaciones, un refugio ante crisis y, quizá, un nuevo experimento ideológico.
Durante los últimos meses, el empresario se reunió con el presidente Javier Milei, adquirió una mansión en uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires y, de acuerdo con personas citadas por el diario estadounidense, trasladó temporalmente a su familia e inscribió a sus hijos en una escuela local.
Para entender por qué uno de los hombres más ricos y excéntricos de la industria tecnológica parece mirar al sur del continente, primero hay que entender una obsesión mucho más antigua: el temor de Peter Thiel a un mundo que puede romperse.

Un personaje peculiar
Peter Thiel nació en 1967 en Frankfurt, Alemania, aunque su vida ha estado más ligada con Estados Unidos que con Europa.
Su familia emigró cuando era niño y pasó temporadas entre África y Estados Unidos antes de establecerse en California. Tanta mudanza parece que le caló en un sentido de no pertenencia a ningún sitio en particular.
Tachado como un tipo intelectual desde el colegio, estudió filosofía en la Universidad de Stanford, donde comenzó a perfilar varias de las ideas que marcarían su vida pública: desconfianza hacia el consenso liberal, admiración por el individualismo radical y una profunda convicción de que las instituciones tradicionales como las universidades, gobiernos, burocracias habían perdido la capacidad para producir progreso.
En Stanford también comenzó a moverse dentro de círculos conservadores, impulsando publicaciones estudiantiles que criticaban el multiculturalismo. Mucho antes de que la palabra “woke” entrara en las guerras culturales den internet, Thiel ya libraba una batalla intelectual contra lo que tachaba como “ortodoxia progresistas”.
A los años tuvo un salto económico importante cuando en los noventa cofundó la empresa que terminaría convirtiéndose en PayPal, plataforma pionera de pagos digitales que revolucionó el comercio electrónico. Desde Silicon Valley empezó a formar parte de una legión de empresarios que luego se harían famosos como Elon Musk y Reid Hoffman.
Cuando PayPal fue vendida a eBay en 2002, Thiel ya tenía el capital y la reputación para jugar una liga distinta. Poco después se convirtió en el primer gran inversionista externo de Facebook, apostando medio millón de dólares por una compañía universitaria dirigida por un desconocido Mark Zuckerberg. Esa apuesta terminó convirtiéndose en miles de millones.
Eso sí: lo curioso es que mientras otros magnates tecnológicos vendían optimismo sobre un mundo conectado, Thiel hablaba de escepticismo. Durante años ha repetido que el progreso tecnológico del mundo moderno ha sido más lento de lo prometido y que las sociedades occidentales viven atrapadas en la burocracia. De hecho, basta googlear un poco para encontrar su frase más famosa sobre el futuro que obtuvo la humanidad: “queríamos autos voladores; en cambio, obtuvimos 140 caracteres”.
En 2003 cofundó Palantir, empresa de análisis de datos bautizada en referencia a El Señor de los Anillos. La compañía desarrolló tecnología utilizada por agencias de inteligencia, cuerpos policiales y organismos militares estadounidenses.

Por tanto, su imagen ha sido muy extraña pues es un empresario que se presenta como libertario, enemigo de la sobrerregulación y defensor de la libertad individual, pero ayuda a construir herramientas de análisis masivo de información.
En el 2011 obtuvo la ciudadanía de Nueva Zelanda, un país que durante años sedujo a parte de las élites tecnológicas como refugio ante eventuales crisis globales. Más tarde también buscó un pasaporte en Malta, otra jurisdicción conocida por ofrecer acceso a ciudadanía mediante inversión. Pero ahora su presente está en el cono sur americano.
Ahí no queda todo

Por si fuera poco, Thiel tiene una tendencia a filosofar todo a través de términos pseudo-teológicos.
En conferencias ha advertido sobre riesgos apocalípticos ligados a la inteligencia artificial, armas nucleares y gobiernos globales excesivamente centralizados. También ha mostrado interés por la figura del Anticristo, no necesariamente como un símbolo religioso tradicional, sino como metáfora de un orden político totalizante capaz de imponer estabilidad a costa de libertad.
The New York Times reportó que, durante una cena con economistas e intelectuales argentinos en Buenos Aires, la conversación terminó derivando precisamente hacia ese tema: el Anticristo.
A primera vista, Argentina pareciera una apuesta improbable para alguien obsesionado con estabilidad: inflación crónica, crisis recurrentes, polarización política yturbulencia económica. Pero para Thiel existe otra lectura: distancia geopolítica del hemisferio norte, recursos naturales abundantes y afinidad ideológica con el proyecto de Javier Milei (todo esto según reporta el Times).
El presidente argentino parece ofrecer un espejo político atractivo para el empresario. Ambos comparten rechazo a la expansión del Estado y simpatía por mercados radicalmente abiertos.
Milei ha celebrado públicamente su acercamiento. Tras reunirse con Thiel, Milei llegó a describir el encuentro como el de “un anarco-capitalista con otro anarco-capitalista”.
Según el reporte del New York Times, Thiel habría encontrado en Buenos Aires una energía urbana y cultural que lo sedujo y supuestamente está construyendo en Argentina y Uruguay una clase de “refugios” en caso de que una gran crisis aparezca.
Es difícil saber cuánto hay de mito y cuánto de estrategia racional. Pero bueno, ¿qué personaje tan radical no se ha vuelto famoso si no es por sus leyendas?
