La muerte de un ser querido, ya sea por una enfermedad, accidente o desaparición, deja heridas difíciles de sanar. Y en aquellos casos poco comunes en que no hay un cuerpo para despedir, el duelo puede quedar suspendido entre la esperanza y la desesperación.
De acuerdo con Josymar Chacín, psicóloga con doctorado en Ciencias Humanas, cuando una persona fallece, sus allegados deben procesar la muerte a través de cuatro etapas: aceptar la realidad de la pérdida, vivir el dolor, readaptarse a la vida y recolocar al fallecido en un espacio que ya no es terrenal.
Esa primera fase facilita el resto del duelo, pero si no se puede visualizar el cuerpo del fallecido, se puede incurrir en distintos mecanismos de defensas y pretender que la situación no es real.
Encima, cuando la muerte es inesperada, se debe transitar un trauma adicional. Y en los casos en que no se logra aceptar el hecho, las personas puede quedar “ancladas”.
Una de sus pacientes, recuerda, tardó más de 10 años en aceptar la muerte de su hermano, quien desapareció mientras volaba en un avión, el cual nunca aterrizó. Le costaba llorar y estaba pendiente del teléfono, a la espera de su llamada, e incluso mantuvo intacto su cuarto en su hogar.
“Nosotros necesitamos una razón de las cosas y la muerte es complicada porque muchas veces no entendemos por qué la gente muere, aunque sea por una enfermedad. Es mucho más difícil entenderlo cuando es un proceso imprevisto (...). Ciertamente en ese duelo, el poder ver al fallecido implica asimilarlo y que aceptar la realidad sea muchísimo más fácil”, explica Chacín.

Ceremonias para cerrar una herida abierta
Viviana Cárdenas Caiztoa, quien lleva cerca de 15 años trabajando en funerarias, ha coordinado distintas ceremonias para familias que nunca recuperaron el cuerpo de su ser querido, ya fuera por desapariciones, incendios, accidentes marítimos o de tránsito, o porque los restos no se encontraban en condiciones adecuadas.
Aunque resulta inusual contratar un servicio completo de velación y entierro sin el cuerpo presente, sí es frecuente que las familias repartan dijes con fotografías del fallecido o adquieran una urna simbólica para darle sepultura. Y en la mayoría de los casos, optan por celebrar una misa o una oración.
“La gente piensa que el morirse es malo, triste, agobiante”, comenta la administradora de la Funeraria Montesacro, quien trata de trasmitir una visión positiva sobre el ciclo de la vida a la población.
Además, los rituales son esenciales para procesar el duelo, según la psicóloga Josymar. “Tanto para el que murió de forma natural, como el que realmente fue de forma trágica imprevista, hay que hacer completamente el cierre. Y si hay algo con el que puedas de verdad asimilarlo, es lo mejor”, señala.
“La pérdida de un ser querido muchas veces está asociado a perdernos a nosotros mismos, porque nuestro sentido de vida muchas veces es lo que implica ser mamá, ser hijo o ser pareja. Allí es muy importante buscar los motivos para vivir, porque el duelo hace que te quedes sin rumbo”, añade la especialista.
