
Lo primero que a mucha gente se le viene a la cabeza cuando escucha hablar de una mona es el animal, o bien, esa figura mitológica que brinca en los techos para embrujar a los hombres. Pero en Jacó, ese nombre pertenece a uno de sus poblados.
Sus vecinos describen Las Monas, también conocido como Pueblo Nuevo, como “un pequeño edén a siete metros sobre el nivel del mar”. Acá no irrumpen los estruendos de un motor, sino las chicharras que cada mañana se presentan en concierto. Y como todo pueblo con personajes y leyendas pintorescas, no se escapa de protagonizar problemáticas que acechan al resto del país.
Justamente por el agua que recorre sus llanuras, rodeadas por montañas donde quiera que se levante la mirada (entre ellas las del Parque Nacional Carara), hay una fuerte disputa. No tanto por su abastecimiento, porque de ello se encargaron décadas atrás con una Asada, pero sí sobre su protección ante la contaminación.
Varios moñenos han denunciado que un sector de uno de sus ríos está convertido en un botadero; según constató un equipo de Revista Dominical, se utiliza para quemar basura en época seca.
Además, al caminar hacia el otro lado del pueblo, en un trayecto en que solo suenan los pasos majando la arena y la caída de algunas hojas pasadas de temporada, se llega a la quebrada La Mona. Al menos una vez al día, por allí avanzan vehículos sobre sus piedras y nacientes.
El golpe de las llantas y el humo que se impregna en la naturaleza ha provocado que vecinos como Angela Lozano, presidenta de la Asociación de Desarrollo y profesora de arte, denuncien que ciertos tours de operadores cargan turistas en busetas o carros 4x4 para llevarlos a las cataratas aledañas, en trillos que se pueden recorrer a pie.
Entre los pobladores se encuentran las dos posiciones: quienes resienten que el camino se lastime y contamine, y quienes ven la explotación de la tierra como un beneficio. En lo que sí coinciden es en otra problemática que se expande por el pueblo: la gentrificación.
La llegada de extranjeros, por lo general norteamericanos, a esta pequeña comunidad donde las libélulas flotan por las aceras, ha hecho que los locales se desplacen de dónde crecieron y, a la vez, se encarezcan los alquileres. Por lo general, son personas que no hablan español, lo cual expande la brecha entre quienes se asentaron en un “barrio fino” y quienes nacieron, crecieron y envejecieron en Las Monas.
“Ha llegado mucho extranjero ahora. Ya gente tica aquí cuesta, es poquito. Todos se han muerto, se han ido, han vendido sus tierras”, dice don Gerardo Peraza, un moñeno de 72 años que conserva la memoria de cómo era el pueblo en su infancia: pocos ranchitos, mucha tierra, nada de asfalto y cacería de subsistencia.
Para salir a Jacó o Herradura, los poblados más cercanos, debía “trolear” o salir a caballo. En esos viajes, comunes para ir a comprar el diario, se le podía ir de cuatro a seis horas. Afortunadamente el acceso ha cambiado, pues la gente ya no muere en camino al centro cuando se presenta una emergencia.
Naturalmente, en esto incide el incremento urbano desmedido. “Este lugar, si lo sabemos cuidar, es una joya dentro de un cantón que se está desarrollando mucho (...). ¿Qué va a pasar aquí en los próximos cinco, 10 años? Ahí es donde tenemos que pensar en un poquito de visión de futuro, de planificación y de verdadero cuidado de la naturaleza", explicó Carlos Arias Delgado, arquitecto y vecino de Las Monas.
La resistencia por llamarse moñenos
Para esa época en que los pobladores andaban descalzos, surgió la discusión por el nombre del pueblo. Si bien aparece en la División Territorial de Costa Rica como Mona, algunos de los locales no lo reconocen como tal; no ayuda que el gentilicio sea moñenos o que les digan monos. Entonces prefieren Pueblo Nuevo, como nombraron a la escuela.
Pero el nombre de Las Monas tiene cola que majar. Una de las versiones del porqué el pueblo se le conoce como un primate apunta a que salían muchos monos cariblancos en el río, pero otra asegura que fue una mona, recién parida, que no dejaba a la gente cruzar para proteger a su cría.
“Cuando la gente salía (del pueblo), decían: ‘Tené cuidado porque ahí en el puente del río está saliendo una mona parida. Tenga cuidado, es agresiva. Una gallina con pollitos es agresiva, un perro, un animal es agresivo’”, narra Olga Herrera, quien ha vivido sus 76 años en Las Monas, y cuya historia escuchó de su padre, uno de los que entró al pueblo volando machete.
Y claro, no podría llamarse La Mona sin estar un poco vinculada a la leyenda. Esos cuentos llegaron a oídos de Gilda Villalobos, quien ha vivido intermitentemente en el pueblo hace 45 años. Según le contaron una tarde perdida, había dos brujas en el pueblo que se transformaban para atormentar. Una ya falleció, y otra todavía deambula por sus calles de lastre.
A este pueblito de al menos mil personas, ubicado a 97 kilómetros de San José, se le puede llamar Pueblo Nuevo, La Mona o Las Monas. Versiones hay muchas, pero lo inalterable es el espíritu de su comunidad por no perder la identidad.
