Revista Dominical

Migración venezolana: cuando lo único seguro es la incertidumbre

La pandemia ha empujado a miles de venezolanos a buscar un mejor futuro en los Estados Unidos. Jugarse la vida al cruzar el fronterizo río Bravo es solo uno de los riesgos que enfrentan para huir del régimen y la pobreza

El éxodo de venezolanos hacia Estados Unidos incrementó drásticamente durante este 2021 como consecuencia de una región latinoamericana deprimida por la pandemia y con pocas oportunidades para aquellos que huyen del régimen chavista, por lo que ahora los venezolanos se suman a los distintos migrantes de Centroamérica para cruzar ilegalmente el río Bravo, en búsqueda de mejores condiciones de vida.

Desde enero de este año hasta junio, alrededor de 17.306 venezolanos decidieron cruzar la frontera entre México y Estados Unidos ilegalmente.

Las estadísticas de la patrulla fronteriza (CBP por sus siglas en inglés) indican que, en ocho meses, contando desde octubre del 2020, el flujo de venezolanos en el sector de del río fronterizo aumentó siete veces.

Según explica un artículo del San Diego Union Tribune, la mayoría de los migrantes venezolanos ya residían en otros países latinoamericanos, a donde se vieron forzados a huir por la crisis política acentuada luego de la toma de poder de Nicolás Maduro en el 2013.

Claramente los principales destinos migratorios eran las zonas fronterizas para aquellos que no contaban con suficientes recursos económicos, tal como es el caso de Colombia, país que para este 2021 reporta 1.8 millones de venezolanos en su territorio.

Sin embargo, la pandemia era un factor con el que definitivamente no se contaba.

La crisis provocada por el covid-19 deprimió las economías de algunos países latinoamericanos que figuraban como los destinos más populares para la diáspora venezolana, como la ya mencionada Colombia con 29,9% de estos migrantes, Perú con 19,8%, Chile con 19,7% y Argentina con 8,9%.

Esta inestabilidad económica y social disminuyó notablemente las oportunidades laborales de los venezolanos en el extranjero, impulsando una “segunda migración”, haciendo referencia a aquellos migrantes que salieron de Venezuela por la crisis política y que se asentaron en otros países de Latinoamérica, pero que por motivos de la pandemia tuvieron que emigrar por segunda vez.

Es aquí donde Estados Unidos se vuelve la mejor opción (o incluso la única), ya que tomó el papel de receptor de una migración masiva de venezolanos que deciden ir a probar suerte a Norteamérica.

Esta decisión se vio impulsada por el Estatus de Protección Temporal (TPS por sus siglas en inglés) que ahora incluiría a venezolanos, anunciado por el gobierno de Joe Biden en marzo de este año.

Dicho estatus les otorga protección a los migrantes contra la deportación y les ofrece permisos de trabajo. Es así como Venezuela se une a El Salvador, Haití, Nicaragua y otros países con crisis económicas para gozar de estos beneficios.

Según Biden, esta medida podría favorecer hasta a 320.000 venezolanos.

Recientemente, el gobierno estadounidense extendió a 18 meses el período de registro del Estatus de Protección Temporal para venezolanos y otras nacionalidades, permitiendo que la inscripción sea hasta el 9 de setiembrel de 2022.

Esta protección temporal demuestra el contraste entre los centroamericanos y la nueva ola de migración venezolana. -Dicho “contraste” no está ligado a un tema de clase, por el contrario, permite comprender la magnitud de la situación para quienes huyen del régimen de Maduro.

Anteriormente la migración hacia Estados Unidos por parte de los venezolanos era de la clase media, esa que entraba con visa de turista y se encargaba de burlar a las autoridades una vez dentro, pero con el paso del tiempo se optó por una migración igual de calculada pero más riesgosa, imitando el sistema de los miles de centroamericanos que han cruzado la frontera ilegalmente a lo largo de los años.

La clase media desapareció en Venezuela hace mucho tiempo y esto, aunado a una pandemia sin precedentes, pintó un panorama desalentador para los millones de profesionales que migraron dentro de Latinoamérica, dejando como consecuencia a ingenieros, médicos, docentes, abogados y muchos más al otro lado del río Bravo.

Distintas causas, mismo drama

La migración mexicana hacia Estados Unidos existe desde hace más de 100 años, y si bien es cierto que esta también fue impulsada por una crisis económica y política, actualmente se le considera una consecuencia de la falta de oportunidades en zonas fronterizas.

Actores como la proximidad geográfica y la demanda de trabajadores agrícolas mexicanos en el país del norte aumentaron, con el paso del tiempo, el flujo migratorio hacia ese territorio, pasando de trabajar los mexicanos en campos a laborar en construcciones, hoteles, restaurantes y en general a hacer el trabajo que el estadounidense promedio no desea hacer.

Las diferencias entre estas migraciones no sólo están dadas por las condiciones políticas, sociales o culturales de cada país, sino que, además, la forma en la que cada una de estas nacionalidades ha establecido una estrategia para llegar a territorio estadounidense demuestra el nivel de desesperación de los venezolanos y la persistente problemática social en distintas zonas de México.

Por su parte, la migración venezolana ha sido mucho más forzosa, pues se puede hablar de cuatro olas de migración que son producto de una crisis política que azota al país desde las elecciones de 1998, cuando Hugo Chávez Frías llegó al poder.

-La primera ola (2002 y 2003): Luego del golpe de estado fallido contra el presidente Hugo Chávez y el paro petrolero.

-La segunda ola (2006 y 2007): Con la primera reelección del presidente Chávez.

-La tercera ola (2016 y 2017): Elecciones fraudulentas y la imposición de la asamblea constituyente.

-La cuarta ola (enero de 2021): Con la llegada del covid-19 y la crisis sanitaria.

Lo anterior da como resultado 6,5 millones de venezolanos desplazados en total como consecuencia de estas cuatro olas migratorias.

Rutas

A inicios de la pandemia, los cruces irregulares disminuyeron notablemente, pues las zonas fronterizas se encontraban mucho más restringidas para evitar la propagación de la covid-19. Sin embargo, para abril del 2021 los números incrementaron, alcanzando un pico que no se veía desde el 2000.

La frontera entre México y Estados Unidos se extinde por alrededor de 3.100 kilómetros, pero en una gran parte de esta, existe un cercado metálico que grita que de un lado no somos iguales al otro. Esta marcada diferenciación se da principalmente en las zonas urbanas que colindan con el borde limítrofe.

Por un lado, en el oeste de El Paso existe un gran desierto que divide el territorio hasta San Diego, pasando por Nogales y Yuma, mientras que al este la división se da por el Rio Bravo y que se convierte en casi la mitad del cruce fronterizo.

Para los venezolanos la ruta es otra, pues la travesía comienza desde el contacto con las agencias de viaje. Estas ofrecen paquetes migratorios ilegales hacia Estados Unidos, partiendo desde la ciudad de Maracaibo y haciendo parada en Cancún, donde posteriormente se contacta con los coyotes para llegar a las orillas del río Bravo, comentó don Luis (nombre ficticio), un profesional venezolano de 52 años que se encuentra tramitando su proceso migratorio.

Las historias

Muchos de los que parten hacia el país del norte quedan incomunicados, así que los familiares que permanecen en territorio venezolano no saben que sucede con sus parientes desde el momento en que abandonan el país.

Desde enero de 2021 este drama se repite cientos de veces a diario, y a pesar de que se emigra en las mismas condiciones, ninguna historia es igual.

Uno de los casos más conocidos es el de César Padrón, un joven zuliano de 24 años que se hizo viral en redes sociales por su noble gesto de cargar a una adulta mayor, con la que no tiene ningún parentesco, para ayudarla a cruzar el río.

César es una de esas historias de migrantes que invita a preguntarse “¿qué habría pasado si…?”. Siendo un apasionado del béisbol, logró conseguir una beca deportiva en un centro de estudios de Miami. Sin embargo, para esa época Venezuela atravesaba uno de sus momentos más inestables a nivel político y a pesar de que Padrón hizo la solicitud para la aprobación de la beca, la embajada venezolana se la negó, frustrando el sueño de un futuro prometedor como deportista en Florida.

El pasado 15 de julio un juez de inmigración le concedió una fianza para obtener su liberación, luego de haber pasado 50 días en un centro de detención federal, tras haber cruzado el Río Bravo.

Gracias a las redes sociales y a la viralización de su foto, sus familiares crearon un Gofundme para recaudar el monto que se solicitaba, y así con el transcurso de los días lograron reunir los 10.000 dólares.

Aun cuando la historia de César resulta conmovedora y con cierto grado de éxito, hay otros miles que no tienen el mismo desenlace y tampoco son conocidas por los espectadores, porque lastimosamente ocurren en el medio de la nada dejando como consecuencia un gran porcentaje de migrantes que pierde la vida de forma silenciosa.

La historia de Manuel (nombre ficticio) fue motivada por razones similares a la de César, pues ambos huyen del régimen, deseosos de nuevas oportunidades en la tierra del “sueño americano”.

Él no contó con una fianza, ni con un abogado ad honorem que le diera voz ante un juez de inmigración, sino que, como a la mayoría, le toco permanecer retenido en un centro de migrantes durante 14 días en condiciones precarias.

“La realidad es muy dura. Cuando a uno lo pasan a donde lo entrevistan, el hombre más que todo es llevado a una celda y reúnen entre 20, 15, 40, 60 personas para ver que tanto puede aguantar psicológicamente la persona metida ahí. El hombre hace sus necesidades delante de todos los demás, no hay privacidad, no te bañas, te dejan bañar una vez a la semana y depende de quién te atienda” narró Manuel a través de una entrevista telefónica.

Miedo creíble

Manuel comentó que a él no le hicieron prueba de miedo creíble, solo le pidieron sus datos y la dirección real de donde vivía. Luego el agente de migración estadounidense se encargó de corroborar que su versión fuera cierta, sin embargo, asegura que la experiencia de la entrevista es distinta para todos y que va a depender de quien la realice.

Cuando comentó sobre el “miedo creíble” en su testimonio, hacía referencia a una entrevista que se le hace a los migrantes que ingresan ilegalmente al territorio estadounidense.

Existe la posibilidad de que, si una persona ha sido deportada previamente, no es residente legal o incluso teme regresar a su país de origen puede que se encuentre en el proceso de “temor razonable”.

Estos procesos se refieren a dos tipos de entrevista en las que un oficial de asilo determinará si el individuo puede tener una audiencia con el juez para pedir protección. Se recurre a este asilo como una forma de evitar la deportación. En caso de que un juez se encuentre convencido de que el migrante corre peligro al volver a su país, la persona podrá quedarse en Estados Unidos e iniciar su proceso migratorio.

Los procesos para “Temor creíble” y “Temor razonable” son distintos al proceso regular de deportación y pueden ser complicados, especialmente si se encuentra detenido, puesto que no hay un tiempo establecido de espera. Sin embargo, la entrevista se debería realizar antes de los 10 días de haber manifestado el miedo, pero hay quienes estuvieron hasta 6 meses o un año esperando su turno.

En Estados Unidos existe el derecho a pedir protección, por lo tanto quien manifieste ante un oficial el temor de volver a su país de origen debe tener la oportunidad de ver al oficial de asilo y contarle su historia. Aun así, esto no quiere decir que las autoridades estadounidenses estén obligadas a brindar refugio.

El pasado 20 de enero de 2021 el expresidente de Estados unidos, Donald Trump aplazó por 18 meses y con algunas excepciones las deportaciones a venezolanos presentes en su país a partir de esa fecha.

En teoría esta medida beneficiaría a un aproximado de 200.000 venezolanos que, sin ella, estarían en riesgo de ser enviados a su país de origen, según informó la BBC.

Pero… ¿qué pasa con la deportación?

Los migrantes que se encuentran detenidos y se les niega la posibilidad de tener un asilo, quedan varados en las penitenciarías como consecuencia de las inexistentes relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, lo que les impide optar por una deportación real.

¿Cómo se ve en el futuro?

Para finales del 2021 o inicios del 2022 se estima que la migración venezolana puede alcanzar los 7 millones de desplazados, superando el éxodo sirio de 6,7 millones de refugiados, según un informe de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

La OEA indica que a pesar de las limitaciones en cuanto a movilidad impuestas por la pandemia del covid-19, el flujo de migrantes venezolanos se mantendrá.

La crisis que atraviesa su país se empezó a asomar hace más de 10 años y aunque la pandemia fue uno de los motivos que impulsó esta cuarta ola de migración, este no es el único factor determinante, pues la inestabilidad económica, la corrupción, la violación a los derechos humanos y en general la mala calidad de vida se acumularon silenciosamente en todos los rincones del territorio venezolano.

Un país entero se llenó de desesperanza y se quedó con la promesa vacía de que en un futuro tal vez recupere lo que perdió. Sin embargo, cuando hablamos de migración lo único seguro que se puede tener es la incertidumbre.

¿Quiénes son los balseros del aire?

Popularizado en los años sesenta por la migración cubana, el término “balsero” ahora se asocia a la clase media o media alta venezolana que escapó del régimen con una visa de turista hacia Estados Unidos, con la diferencia de que ahora esta “balsa” va por el aire.

Hay quienes despegan un pedazo del arte de Carlos Cruz Diez del piso del aeropuerto de Caracas, para muchos es una barbaridad, pero cuando lo vemos en perspectiva es literalmente una forma de llevarse un pedazo del país a donde quiera que uno vaya.

En el 2007 el diario El País publicó una nota en la que explicaban como se disparaban las solicitudes de pasaportes cada vez que el gobierno de Chávez exclamaba que el régimen iba a permanecer en el poder.

Han pasado 14 años desde aquellas olas de desesperados nacionales intentando escapar del país “por las buenas” y hoy en día el escenario no puede ser más distante de esta “amigable” migración que en algún momento fue una realidad.

¿Pero quiénes son realmente los balseros del aire?

Este término fue dado por las similitudes entre la cantidad de migrantes cubanos que iban en balsa a Estados Unidos en los años 60 y los venezolanos quienes, muchos años después, desesperados por huir del régimen chavista, entraban al territorio estadounidense con una visa de turista para luego perderse en el sistema, convirtiendo así los aviones en las balsas de una clase mucho más privilegiada.

Para el 2017 esta clase media o media alta se vio en una encrucijada, pues existían dos opciones: migrar con sus pocos ahorros para mantener la calidad de vida que habían tenido hasta ese momento, o quedarse y ver como poco a poco esos recursos se desvanecían.

En este drama de decisiones, despedidas y conversaciones incómodas, se encuentran Olga y Raúl, unos padres de familia que migraron en el 2017 como una de las últimas generaciones de migración de esta clase media que estaba por desaparecer, todo esto impulsado por una creciente sensación de incertidumbre a nivel nacional.

“Como habíamos entrado otras veces de vacaciones yo creo que eso nos ayudó. Nos preguntaron que por cuánto tiempo y les dijimos que por el tiempo que estaba en los boletos, eran tres meses” cuenta Olga.

Siendo los proveedores de una familia de cinco, Olga y Raúl tuvieron la obligación de buscar un mejor futuro y desde ese momento hasta la actualidad Estados Unidos siempre fue la mejor opción para ellos.

A diferencia de la cuarta migración masiva de venezolanos que cruza por el rio Bravo, esta familia tuvo la posibilidad de infiltrase en ese país como turistas.

Muchos creerían que entrar de esta forma facilita el proceso. Sin embargo, como toda migración que asemeja más a una huida: la ilegalidad de alguna forma siempre va a estar presente.

“Luego de introducir los documentos y la petición de asilo teníamos seis meses para pensarlo, y decidir si realmente nos íbamos a quedar. Al introducir el asilo teníamos que esperar varios meses para que nos llegara el permiso de trabajo”.

Además del pago de 2000 dólares para la abogada por hacer el trámite de la familia completa, la construcción del caso significa otro reto en todos los sentidos porque, aunque lo vivido en Venezuela puede ser terrible, la falta de pruebas sobre su país de origen es una realidad que enfrentan miles de venezolanos en el extranjero.

Olga agregó en su testimonio que dentro de los motivos que introdujeron para solicitar el asilo, se encontraban sus años trabajando para el estado y que fue hostigada en numerosas ocasiones para que asistiera a manifestaciones, foros y otras actividades del gobierno, y en caso de negarse lastimosamente perdería su empleo.

Actualmente Olga y Raúl se encuentran esperando la aprobación de su asilo, pero en caso de que este no sea aceptado, aplicaron en paralelo al Estatus de Protección Temporal (TPS por sus siglas en inglés) ofrecido por el gobierno de Joe Biden, solo para “cubrirse las espaldas”.

La realidad que hoy viven estos cinco venezolanos es la misma que enfrentan muchos de sus compatriotas, algunos con más suerte que otros. Sin embargo, el proceso migratorio no comienza cuando se hace un papeleo o cuando se ponen las huellas, sino cuando en Venezuela la situación se volvió tan asfixiante que como familia tomaron la decisión de arriesgar todo por la promesa de un futuro mejor.