Son el “terremoto” de la clase, los que nunca se quedan quietos y los que hablan cuando hay que hacer silencio. En la casa, su comportamiento es similar: siempre activos, en constante movimiento... Pueden llegar a ser un dolor de cabeza para los padres y hacer que más de un docente quiera cambiar de profesión.
A simple vista, parecen chiquitos inquietos y mal portados al estilo Bart Simpson, pero si su comportamiento se examina con lupa y se busca el diagnóstico de un especialista, puede haber sorpresas.
Una posibilidad es que el factor causante de tales problemas de comportamiento y falta de atención sea el déficit atencional, cuyo abordaje suele requerir tratamiento psicológico y, en algunos casos, medicación.
Esta condición se caracteriza por tres síntomas claros: falta de atención, hiperactividad e impulsividad, rasgos que pueden ser desde muy leves hasta altamente severos y que no necesariamente deben estar presentes todos al mismo tiempo.
¿Cómo se pueden identificar tales síntomas en la cotidianidad? La psicóloga Tatiana Navarro Mata explica que los chicos con déficit atencional por lo general no pueden estar sentados en una silla mucho tiempo; si se está hablando de un tema y este no es de su interés, se distraen haciendo cualquier otra cosa; y a menudo no piensan lo que dicen (responden lo primero que se les viene a la mente, sin analizar las consecuencias), por ejemplo.
Se estima que de cada 100 personas, entre 3 y 7 padecen déficit atencional, trastorno cuyo origen no está claro, aunque sí se sabe que, si los padres lo tuvieron, es muy factible que sus hijos lo hereden.
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Navarro destaca que el punto de partida es buscar el diagnóstico de un especialista, ya sea un psiquiatra, un psicólogo o un neurólogo. Son ellos quienes pueden determinar si un niño posee esta condición.
Lo anterior es vital para establecer la diferencia entre los niños que realmente requieren atención especializada y aquellos que solamente necesitan reglas de crianza más claras y una educación más estricta.
“No todos los niños con problemas de conducta tienen déficit atencional, eso sería alcahuetería. Los padres y docentes deben saber fijar límites”, asegura Navarro, quien sostiene que, para algunos docentes, es más fácil decir que el niño tiene déficit atencional para que lo mediquen y así tenerlo controlado, en vez de buscar formas nuevas de capturar su atención y motivarlo, y de hacer valer su autoridad.
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Por su parte, la psicóloga Helga Gatjens explica que solo con una observación constante por parte de los padres es posible diferenciar entre un niño malcriado y uno con déficit atencional.
Un niño rebelde tiene poca tolerancia a la frustración, siempre hace lo que quiere y prefiere no complicarse estudiando; mientras que uno con déficit atencional desacata las órdenes de sus padres, pero no por desobediencia sino porque no las entiende. Incluso, cuando está jugando con otros niños muestran desatención (en el orden o las reglas del juego). Es de los que estudia de forma aplicada y con ayuda de los padres, pero aun así le va mal en los exámenes de la escuela.
“De ahí que es importante lograr distinguir a unos de otros y saber cuándo se trata de déficit atencional. Un papá no debe regañar o castigar a un niño que, aunque estudia y se esfuerza, reprobó. Se requiere de mucha paciencia y de método para trabajar con ellos”, recalcó Gatjens.
Ana Reyes Solano, vecina de Guadalupe y de 48 años, conoce muy bien estas recomendaciones, pues las aplica a diario con sus dos hijos, diagnosticados con este trastorno.
Al primero de ellos, se le detectó en quinto grado de primaria, tras unas pruebas efectuadas por un psiquiatra, y al segundo, a los 7 años de edad. El menor presenta una condición del déficit en la que no hay hiperactividad, más bien es pasivo. “Es de esos chiquitos que está viendo tele, usted le habla al oído y no reacciona, como que está en la luna”, explica su madre.
Doña Ana afirma que lo primordial es buscar ayuda profesional para atender a los niños y conocer acerca del trastorno.
“Hay que tratar de entender el mundo de ellos, que es distinto y más complejo. A veces, llegan al aula sin nada en la cartuchera o dejan olvidado el maletín de natación cuando van para esa clase. No hay que perder la paciencia”, insiste.
Uno de los tratamientos que más se prescribe a los infantes con déficit atencional es el metilfenidato, conocido comercialmente como ritalina.
Se trata de un estimulante del sistema nervioso que, según los psiquiatras, tiene pocos efectos secundarios .
Los hijos de Ana Reyes lo toman y ella dice haber notado un cambio positivo, aunque subraya que hay que seguir las instrucciones del especialista a cargo al pie de la letra, porque la dosis varía de acuerdo con diversas variables.
Tatiana Navarro advierte, además, que no todos los niños con déficit atencional necesitan tomar ritalina. Algunos pueden ser tratados solo con terapia y métodos psicopedagógicos. Existe, por ejemplo, el método Tomatis, que menciona Helga Gatjens. Es una terapia de estimulación auditiva que se hace a través de un “oído electrónico”.
A los padres de estos menores se les recomienda realizar cronogramas y horarios (para que los niños logren organizarse mejor), buscar formas de aprendizaje más interactivas y entretenidas, y estimular el deporte y las actividades artísticas como la danza y la pintura.
Una buena alimentación, con frutas, verduras y poca azúcar también es una estrategia acertada para amortiguar los efectos del déficit atencional.
Por su parte, los maestros deben evaluar la capacidad organizativa del niño, detectar sus áreas fuertes y débiles, y ayudarlo a desarrollar hábitos de estudio. En muchos casos, aplica la necesidad de hacer adecuaciones curriculares.
Los estudios han demostrado que quienes presentan déficit atencional suelen tener una inteligencia igual o incluso superior a la del promedio, de modo que su única diferencia con el resto de los niños es su forma de aprender. revistadominical@nacion.com