Faltan pocos minutos para que Sole ingrese a una sesión de radioterapia. En este momento, dos enfermeros le afeitan el pelo para colocarle una vía intravenosa que lleva la anestesia. Sole luce impávida: no muerde ni se queja, como si ya hubiera pasado por esto otras veces.
La tranquilidad de Sole quizás se deba a que desconoce que hace poco más de dos meses le descubrieron un cáncer en estadio I. Sole es una perrita mestiza que la familia de Maribel Vargas rescató de la calle hace cuatro años, por lo que desconoce que el sarcoma de tejidos blandos que padece es infiltrativo: a pesar de retirarlo, puede regresar aún más agresivo.
La tarde de este martes, Sole entra sin ladrar a la Clínica de Oncología y Radioterapia Veterinaria (CORV), el único centro que ofrece esta terapia a mascotas (perritos y gatitos) en Centroamérica. El próximo martes 5 de mayo terminará el protocolo de 15 radioterapias, que se aplicaba cuatro días a la semana (lunes, martes, jueves y viernes).
“Mi mamá murió de cáncer de mama”, dice Maribel Vargas, dueña de Sole, quien está sentada en la sala de espera de la CORV, ubicada en La Uruca. Maribel cuenta que el caso de la perrita le recuerda al de su mamá, a quien primero le hicieron una mastectomía y luego radioterapia, y que vivió 15 años más.
Adentro, sobre una mesa de acero inoxidable, Sole ya está dormida. Los enfermeros le colocan una máscara y la cargan hasta un cuarto donde está la máquina de radioterapia, un acelerador lineal de última generación como los que hay en cualquier otro hospital del país donde se realiza este tipo de tratamiento en humanos.
La ubican correctamente en la máquina, que se puede mover en ángulos de 360 grados, para irradiar de forma precisa la zona donde le hicieron previamente una operación para retirar el tumor (en otro centro veterinario). Con el tratamiento pretenden evitar una recaída o proliferación de la enfermedad, según explicó la doctora Manuela Mora, directora médica y oncóloga veterinaria de la CORV.
Mientras la máquina empieza a irradiar a Sole, en otro espacio le hacen una citología a un chihuahua que tiene un bulto entre el pecho y su pata izquierda. En un cuarto adjunto descansa un bóxer que espera una consulta para precisar el tratamiento. Esto es lo que se vive cada día, cada hora, en este centro que ofrece alternativas terapéuticas avanzadas para tratar el cáncer en mascotas.
Cuatro clínicas oncológicas veterinarias
La doctora Manuela Mora se dedica a la oncología clínica veterinaria desde 2012. Era usual, en este entonces, que cuando se diagnosticaba cáncer en mascotas se recomendara tratamientos paliativos o hacer eutanasia. “Fue entonces que vi la necesidad de atender a estos pacientes”, dice Mora.
Años después, comenzaron a tratarse tumores quimiosensibles (que responden favorablemente a los tratamientos con quimioterapias) como linfomas y leucemias.
Sin embargo, cuando eran otros tipos de tumores, no había más opciones de tratamiento.“No los tratábamos o había que derivarlos a Estados Unidos o a otro país, pero no todo el mundo podía seguir el tratamiento porque es difícil y costoso”, explica la doctora.
Estimaciones conservadoras a nivel mundial sugieren que 1 de cada 4 perros y 1 de cada 3 gatos desarrollará cáncer durante toda su vida. Estos números aumentan considerablemente cuando las mascotas superan los 8 años de edad.
“Era una población abandonada”, dice la doctora Manuela Mora, quien además asegura que la atención oncológica en mascotas ha avanzado en los últimos 10 años.
Actualmente existen cuatro clínicas oncológicas veterinarias que ofrecen servicios de consultas, quimioterapias y cirugías. En el caso de la CORV, a partir de este año se convirtió en la única que ofrece radioterapia en Costa Rica y en el resto de Centroamérica.
La doctora Mora explica que la radioterapia, normalmente, se indica para tumores ubicados en partes del cuerpo complejas de operar: cerebro, cavidad intranasal, cavidad oral o zonas pélvicas.
“La radioterapia con acelerador lineal utiliza radiación ionizante, una forma de energía que se deposita directamente en el tumor o en los tejidos dañinos”, explica Isaac Rojas, radiofísico de la CORV.
“Esa energía provoca mutaciones o destrucción de las células tumorales, inhibiendo su crecimiento. El objetivo del tratamiento es reducir o detener el crecimiento tumoral y, en muchos casos, lograr que el tumor deje de crecer o incluso desaparezca”, agrega.
Una máquina de $1.2 millones
La máquina para hacer radioterapia es un aparato gigante que está ubicado en un cuarto apartado de la clínica. Para su funcionamiento, tiene una sala de control aparte, con pantallas, cámaras y botones, desde donde los trabajadores lo pueden manejar sin peligro de radiación.
La inversión de este acelerador fue alta. El aparato costó $1.2 millones y los repuestos pueden ascender a los $4.000 y $40.000. A esto hay que sumar el pago del equipo multidisciplinario de especialistas. Por ejemplo, en el país no existen radiooncólogos veterinarios. Entonces, en esta clínica trabajan con especialistas de España y Argentina, quienes brindan las instrucciones para realizar las radioterapias en Costa Rica.
El tratamiento de radioterapia cuesta aproximadamente ¢3.5 millones por protocolo (15 sesiones) en la CORV. “Es un tratamiento costoso, pero en comparación con otros países, es barato”, dice la doctora Manuela Mora.
Esta es una de las razones por las que la CORV recibe pacientes de otros países, como Canadá, Estados Unidos y Panamá. “Nos derivan más pacientes extranjeros que de los colegas aquí”, dice Manuela Mora, directora de la CORV.

“La vida humana o de mascota no tiene precio”
Hace unos meses, Nala, una husky siberiana de tres años, comenzó a secretar un poco de sangre por la trufa (nariz). Eran unas hilachas de sangre que provocaron el susto de su dueña, Fariany Gutiérrez, quien la llevó a examinar de inmediato a una veterinaria de Limón, de donde son originarias.
Durante unos días le dieron tratamiento (analgésicos y antihistamínicos) a la perrita, pero no funcionó. Fue entonces que la llevaron a hacer una biopsia que arrojó que tenía un adenocarcinoma nasal.
“Para nosotros fue una sorpresa porque ella está pequeña”, dice Fariany, en la sala de espera de la CORV.
Nala tiene estadio I de cáncer y fue aceptada por los especialistas para que cumpla el protocolo de 15 sesiones de radioterapia. En este caso, por lo poco avanzada que está la enfermedad, el objetivo es curar completamente a la perrita.
“Ella está entre los buenos pronósticos de los pacientes oncológicos”, dice Fariany. “Estoy tranquila por eso, pero no deja de preocuparme: mi mamá también pasó por cáncer y esto ha sido como volver a repetir lo mismo”, cuenta.

Cuando se le pregunta sobre los costos del tratamiento, Fariany dice que para la “vida humana o de mascotas no hay precio: si es alguien que uno aprecia y uno tiene los medios y recursos para poder hacerlo, ¿por qué no? Es un ser que uno quiere tener un poco de tiempo más”.
De pronto, Sole, la perrita mestiza que estaba en radioterapia, llega moviendo la cola a la sala de espera, donde están sus dueñas, Maribel Vargas y su hija, quien la carga para llevarla hacia su regazo. “El dinero va y viene, y tuve la bendición de que pude tenerlo para pagar el tratamiento”, dice Maribel.
En total, Maribel y su familia han gastado más de ¢4 millones en la enfermedad de Sole. Sin embargo, hay otras familias que no pueden pagar estos tratamientos, y realizan colectas y actividades para recaudar dinero.
Maribel dice que durante el proceso se enteró de que existen financieras que prestan dinero para los tratamientos o procesos oncológicos de los perritos, pero que ella, en ese momento, no los necesitó.
Fariany, la dueña de Nala, dice que “lo que sea que se tenga que hacer por ella (la perrita), se hace”.
Mientras tanto, Sole sigue acostada en los brazos de su dueña. Las caricias en la panza hacen que se acurruque hasta quedar adormilada. Al lado, la acompaña Lulú, una perrita que duerme con ella todas las noches. Cuatro días a la semana, a Lulú también la llevan para acompañar a Sole en sus sesiones de radioterapia.
