
Cuando Carolina Salas Matamoros estaba en el colegio y decía que quería estudiar astronomía, hubo una frase que se le quedó grabada para siempre. Su profesor de Física le dijo que, si quería entender el universo, debía empezar desde abajo, desde la física más básica, desde los fundamentos invisibles que sostienen todo lo demás.
Años después, esa adolescente que soñaba con estrellas terminó subida en andamios bajo el calor de Guanacaste, ajustando tornillos, reparando motores dañados y ayudando a construir, prácticamente con sus propias manos (aunque con la ayuda de muchas otras personas que lo hacen “por amor a la ciencia”) el primer radiotelescopio solar de Centroamérica.
La escena no se parece demasiado a la imagen clásica de la gran ciencia internacional. No hay un complejo futurista perdido en el desierto ni presupuestos multimillonarios respaldados por agencias espaciales. Lo que hay es una enorme antena parabólica blanca de once metros de diámetro instalada en el recinto de Santa Cruz de la Universidad de Costa Rica, investigadores trabajando ad honorem, ingenieros improvisando soluciones técnicas sobre la marcha y científicos que, cuando un motor se rompe, no llaman a una empresa especializada: lo desmontan ellos mismos, lo arreglan y vuelven a montarlo.
“En otra empresa traerían mecánicos”, dice Salas entre risas. “Aquí todo lo hacemos nosotros”.
El proyecto se llama ROSAC, Radiotelescopio de Santa Cruz, y comenzó formalmente en 2017, aunque en realidad su historia empezó antes, cuando un grupo de investigadores decidió rescatar una vieja antena deteriorada que ya existía en el lugar. Durante años, el proyecto avanzó lentamente, casi pieza por pieza. Primero se construyeron las bases que sostendrían la estructura astronómica. Después, en 2019, Racsa donó una antena parabólica de telecomunicaciones y el equipo encontró la posibilidad de transformarla en algo mucho más ambicioso.
Pero naturalmente, esta idea proviene de una larga tradición científica. La radioastronomía moderna se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial precisamente reutilizando antenas militares y de telecomunicaciones para estudiar el universo. Costa Rica ahora está retomando esa misma lógica, pero desde Guanacaste.

Con apoyo de la UCR se financió la montura astronómica, el complejo sistema mecánico que permite mover la antena en un giro completo de 360 grados sobre el horizonte y elevarla desde cero hasta noventa grados para seguir el recorrido del Sol hasta el cenit. Al mismo tiempo comenzó a consolidarse una colaboración con investigadores del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica de México, mientras especialistas costarricenses en ingeniería eléctrica, topografía y mecánica se integraban al proyecto.
Lo que más impresiona a Salas no es únicamente el resultado técnico, sino la forma en que se construyó.
“Ha sido talento nacional”, dice. “Hemos tenido un valiosísimo apoyo del extranjero, pero tiene que llenarnos de orgullo que la fabricación ha sido con manos ticas. Además cada persona aporta desde su expertise y muchos no tenían experiencia previa en radiotelescopios, lo cual lo hace más admirable”.
Los topógrafos aprendieron astronomía. Los ingenieros eléctricos aprendieron sobre observación solar. Los investigadores terminaron instalando cableado, montando estructuras y colocando pararrayos ellos mismos. La empresa Prysmian donó un kilómetro completo de fibra óptica desde la carretera principal hasta el observatorio. Eaton Costa Rica aportó parte de los sistemas eléctricos. Trabajadores de la finca y del recinto de la Universidad de Costa Rica (donde se ubica el radiotelescopio) ayudaron con montaje y logística. Las grúas utilizadas fueron las mismas que normalmente emplea la universidad para mantenimiento de jardines. Todo suma. Fue y es trabajo de hormigas.
Muchas veces, explica Salas, el proyecto avanzó gracias a la capacidad de resolver problemas con lo que existía a mano.

“No podemos quedarnos esperando”, dice. “Si hay algo que podemos hacer nosotros, lo hacemos”.
Esa mezcla entre necesidad y creatividad atraviesa toda la historia de ROSAC. La UCR ha financiado partes fundamentales del proyecto —como la montura astronómica, la caseta de control o instalaciones eléctricas específicas—, pero nunca existió un presupuesto gigantesco y continuo. Muchas cosas se consiguieron por etapas, mediante apoyos institucionales dispersos, cooperación internacional y trabajo voluntario. Incluso algunos investigadores mexicanos han viajado al país prácticamente por vocación científica: el instituto mexicano cubre los pasajes y Costa Rica los viáticos mínimos, pero gran parte del esfuerzo descansa en personas que creen en el proyecto más que en incentivos económicos.
“Hay muchas cosas que incluso hemos puesto de nuestro propio dinero”, reconoce Salas.
Y, sin embargo, lo que están construyendo podría colocar a Costa Rica dentro de un grupo extremadamente reducido de observatorios científicos en el mundo.
Porque ROSAC no será simplemente otro radiotelescopio. Estará dedicado exclusivamente a estudiar el Sol en un rango específico de radiofrecuencias, entre los 100 y 1000 megahercios, una banda muy poco observada a nivel global. Existen otros radiotelescopios en América, pero la mayoría comparte tiempo entre distintos objetos astronómicos y apenas dedica algunas horas ocasionales al estudio solar. El caso de ROSAC es distinto: será un instrumento pensado exclusivamente para observar el Sol de manera continua una vez se inaugure.
“La observación solar normalmente termina en Europa”, explica Salas. “Cuando allá oscurece, el Sol sigue activo, siguen ocurriendo fenómenos y muchas veces no se están observando porque en América no hay observación solar continua”.
El objetivo del proyecto es precisamente completar esos vacíos en la base mundial de datos solares. “Porque el Sol, aunque parezca estable desde la Tierra, es en realidad una estrella extremadamente dinámica y violenta que constantemente expulsa partículas cargadas, plasma y enormes cantidades de campo magnético hacia el sistema solar. Algunas de esas partículas impactan directamente la Tierra”, dice Salas destacando su importancia.
¿Qué se descubre estudiando el sol? Por ejemplo, que cuando ocurre una tormenta geomagnética intensa, los efectos pueden alterar profundamente la infraestructura tecnológica moderna. Una tormenta geomagnética sucede cuando una eyección masiva de partículas solares interactúa con el campo magnético terrestre y altera sistemas eléctricos y electrónicos.
Salas recuerda el caso de Quebec, Canadá, donde en 1989 una tormenta solar provocó un apagón total que dejó sin electricidad a millones de personas durante doce horas. También menciona lo ocurrido en 2015 en Estocolmo, cuando una tormenta solar afectó radares aeroportuarios.
Hoy el riesgo es mucho mayor porque prácticamente toda la civilización moderna depende de satélites, GPS, telecomunicaciones y sistemas electrónicos orbitando alrededor del planeta.
“Todo eso se ve afectado por la actividad solar”, explica.
¿Podría pasar algo parecido en Costa Rica? La respuesta todavía no existe del todo.
“No tenemos suficientes datos históricos”, admite Salas. “Y justamente eso es parte de lo que queremos investigar”.
ROSAC busca entender cómo varía el campo magnético sobre Costa Rica y cómo repercute localmente la actividad solar. Las primeras pruebas de observación comenzarán este septiembre con un receptor diseñado y construido en México, mientras que la inauguración oficial del observatorio está prevista para febrero de 2027.
Pero el proyecto piensa mucho más allá de eso. El objetivo es convertir Santa Cruz en un centro regional de formación en radioastronomía y astrofísica solar, creando escuelas de verano y programas especializados que permitan que estudiantes latinoamericanos puedan formarse aquí sin depender exclusivamente de centros europeos.
“Queremos posicionar al país en investigación científica de primer nivel”, dice Salas. “Y aunque no es fácil, hay que seguir haciéndolo aunque haya mucho sacrificio y encontrar la forma de que sea divertida esta aventura. Porque la ciencia no se trata solo de sacar buenas notas y ponerse una gabacha y jugar al científico. También se trata de disfrutar el camino”.
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