Revista Dominical

La noche que mi hija conoció a Van Gogh

Dicen que Vincent, el aclamado pintor neerlandés, no previó el impacto que su obra tendría. Ojalá, al menos, hubiese conocido la huella que dejó en mi pequeña al visitar ‘Beyond Van Gogh: The Inmersive Experience’, en Pedregal

Al final de un recorrido de intensos colores, una lluvia delirante de flores blancas y trazos inolvidables que parecían tomar vida antes nuestros ojos, mi hija de 5 años no lo dudó y comenzó a colorear.

Con un travieso lápiz, ilusionada, la mayor de la casa se empeñó en poner color a un dibujo que recreaba la habitación de Vincent Van Gogh, el señor de barba peliroja, nariz puntiaguda y pelo engomado que la niña había conocido apenas unas horas antes en un llamativo afiche, colgado en las afueras del Centro de Eventos Pedregal, en Belén.

“Ese señor es Van Gogh”, le explicamos mi esposa y yo, poco antes de ingresar a la Beyond Van Gogh: The Inmersive Experience, exposición sobre el pintor neerlandés que ya ha sido vista en Costa Rica por más de 80.000 personas y que se mantendrá abierta durante todo el mes de julio, en Belén.

La expectativa era grande, pues mi esposa es artista y la primogénita ha heredado esa vena. Por ende, desde que la exposición fue anunciada para nuestro país, en nuestro hogar se había dictado una clara sentencia: había que ir, sí o sí.

Llegó el día y henos ahí. Una fila relativamente pequeña, pero constante, es la que hacemos para introducirnos en el mundo del famoso pintor, de cuya obra artística había conocido bastante, mas de su personalidad, sueños y tristezas muy poco.

Precisamente, sobre los demonios que habitaron en el genio, así como de más sublimes aspiraciones, va la primera parte de la muestra. En un pasillo semioscuro, donde los pensamientos más íntimos de Van Gogh afloran en pantallas iluminadas y marquesinas flotantes, el espíritu del pintor se siente con fuerza.

Las cartas que Van Gogh escribió a su hermano Theo son profundas y reveladoras. El público, sin apresurarse, se toma su tiempo para leer los textos. Los mastica, los reflexiona.

“Es algo que nos impresiona. Las personas, incluso cuando hemos traído estudiantes de escuela o colegio, dedica su tiempo a leer bastante antes de vivir la experiencia inmersiva. No es un detalle menor, habla bien de todo y de todos”, me comentó orgullosa una de las promotoras de la exposición.

En el pasillo que explora el mundo interno de Van Gogh —en el que además de frases inspiradoras de su autoría se detallan duros pasajes de su crianza y sus documentados ataques psicóticos— desfilan personas de todo tipo: estudiantes universitarios, adultos mayores, familias, niños y hasta bebés en brazos.

“¿Qué dice ahí, mami?”, pregunta mi hija con curiosidad. De inmediato, su madre le relata los textos que yacen sobre las paredes y así el Van Gogh del afiche, que recién descubrió en la puerta de Pedregal, se transforma en algo más que un inerte retrato.

Todos parecen absortos ante la seductora e impactante historia de vida del holandés. Una señora de vestido floreado lee con los ojos aguados, una chica de lentes toma apuntes en una libreta y un matrimonio de ancianos se abraza tiernamente al repasar los párrafos.

Incluso, quienes llegaron a la exposición con el único propósito a sacarse fotos para Instagram, Tiktok o Facebook, sucumben por un momento y sueltan el celular. “Ya habrá tiempo para selfis”, parecen razonar. Sabían que, tan solo unos pasos más adelante, al traspasar una pequeña y misteriosa puerta, venía lo mejor de la noche.

“¿Pero papi, cuándo vemos las pinturas?”, preguntó la niña.

Ya casi, ya casi.

Leído en el pasillo biográfico de Van Gogh: The Inmersive Experience: “A menudo descrito como una figura aislada, Van Gogh anhelaba sin embargo conectarse con otros a lo largo de toda su vida. Primero tratando de ser un predicador, luego tratando, sin éxito, de formar una hermandad de artistas con ideas afines”.

Parece evidente que Van Gogh quería personas en torno a él; gentes que entraran en conexión con las ideas detrás de su arte. Me di entonces la licencia de fantasear. Pensé que el pintor estaría feliz de recibirme a mí y a mi familia en su casa, que quizá nos invitaría a un té y, de paso, nos mostraría en persona La noche estrellada.

Una pequeña puerta marcó nuestro primer encuentro. Había llegado el momento de entrar en los aposentos de Van Gogh para disfrutar de lo prometido, una proyección interactiva de sus obras más importantes. A mi hija le brillaban los ojos, a mi esposa también. Ingresamos a su mundo de trazos y colores.

En dos segundos, como por arte de magia, estábamos sumergidos en su legendaria obra.

Una gran sala, con varios proyectores en su cielo y unas 6 columnas, es donde la magia multisensorial de Beyond Van Gogh: The Inmersive Experience cobra vida.

De entrada, mi hija reconoce al autoretrato de Van Gogh que vio en la entrada de Pedregal y se sorprende al notar la variedad de rostros que, de pronto, aparecen proyectados a su lado. En algún momento de su carrera, Van Gogh se apasionó por hacer retratos suyos, motivo por el que decenas de expresivas caras toman protagonismo al inicio de la experiencia.

Poco a poco los rostros se desvanecen. La música de ambiente cambia y las creaciones pictóricas que una vez le fueron inspiradas a Van Gogh se toman por asalto el recinto. Obras como La noche estrellada, Los girasoles y Terraza del café por la noche, son parte de un espectáculo que no solo proyecta las famosos pinturas, sino que las hace moverse.

Así, las flores que pintó el artista parecen caer en el suelo, los pájaros vuelan y el mar se mueve. Durante unos 90 minutos, son más de 300 obras las que se pueden apreciar con esa novedosa forma de experimentar el arte.

No queda más que observar e inmortalizar el momento. Muchos en la sala sacan el celular para tomar fotos y videos del momento, pero esta dinámica no dura mucho.

Al igual que mi hija, que al principio brincaba por toda la sala y jugaba a pintar las paredes al son de las animaciones, de pronto las personas hacen una pausa y se toman un tiempo para contemplar. Así fue que una chica de unos 20 años se acostó por completo en el suelo y, utilizando su bolso de almohada, se dispuso a apreciar la muestra, procurando abstraerse de los murmullos y los pasos de la gente.

Al otro lado del recinto un muchacho se adueñó por completo de un sillón tipo puff que había en el lugar y mi familia, por su parte, de una silla larga ubicada a un costado de la sala. Yo me senté en el suelo, siguiendo el ejemplo de unos cuantos más.

Siendo observador, en el rostro de las personas y sus singulares movimientos, de inmediato se pudo apreciar el efecto Van Gogh. Entre el público, emociones de diversos tipos comenzaron a emerger, no siendo motivo de sorpresa ni obra de la casualidad.

“Pintar, para Van Gogh, era mucho más que aplicar color en un lienzo; se trataba de transmitir un mensaje”, se lee en el pasillo biográfico de la exposición. Yo le agregaría que, seguramente, el pintor también pretendía provocar una reacción.

Como un reto periodístico, por varios minutos dejé apreciar las obras en movimiento para centrarme en el receptor del mensaje artístico, ese que tanto apreciaba Van Gogh. Me sorprendí.

Una pareja de novios, por ejemplo, parecía hipnotizada con el espectáculo. Señalaban con su dedo una que otra animación y luego, tiernamente, se abrazaban con fuerza. Ella lo miraba, él la miraba. Luego regresaban su vista a los pinceladas de Vincent, para repetir el ciclo.

Una pareja de jóvenes hermanas, en cambio, jugaba a pintar las obras que aparecían súbitamente en el suelo. Se reían. Con su dedo simulaban marcar los trazos de Van Gogh que iba apareciendo.

Curiosamente, un hombre con camiseta de Star Wars, jeans y tenis, daba vueltas y vueltas sobre su propio eje. Quería tener una visión de 360º de la exposición y no perderse nada.

Solo atinaba a decir: “wow”, “wow” y “wow”.

Por un momento tuve la tentación de preguntarle sus impresiones sobre la exposición, sin embargo, di un paso atrás para no interrumpir su trance.

Eso sí, más adelante, escuché al fan de Star Wars hablando con la cajera de la tienda de souvernis. Estaba comprando una taza con Los girasoles impresa y antes de pasar la tarjeta por el datáfono comentó: “Muchacha, esa sala de ahí adentro tiene un problema”.

“Disculpe, ¿cuál?”, cuestionó extrañada la cajera.

“Es que vea, son 90 minutos lo que dura la proyección completa y nosotros (andaba con una acompañante) la vimos como tres veces. No queríamos salir”, respondió el muchacho, para alivio y complacencia de la cajera.

Más allá de los adjetivos como “lindísima”, “preciosa”, “espectacular”, que expresaron varios de los que esa noche recién salieron de ver la exposición, es complicado descifrar la experiencia real de cada quien. El arte habla e impacta de maneras indescifrables.

Por ende, a continuación me limitaré a tratar de describir la mía, la visión de un simple periodista y padre de familia.

Más allá de decir lo obvio, que sería comentar que La noche estrellada es una obra que maravilla —no importa cuantas veces la veas— y que sentirse integrado dentro de su cielo azul arremolinado es sublime, yo en cambio destaco el trascendente poder del arte.

En la silla que las artistas de la familia —mi hija y esposa— eligieron para disfrutar de Beyond Van Gogh: The Inmersive Experience, solo había sonrisas y ojos contentos. Entre ellas había complicidad y, no dudo, que una gran dosis de inspiración. Ya eso lo valió todo.

Decía el buen ‘Vincent’ —tal como solía firmar sus obras— que podía renunciar a todo menos al “poder de crear”. Supongo que, para cada artista, se aplica la misma tesis, y para cada persona (artista o no), el ideal del pintor tiene profunda resonancia. Al fin y al cabo, consciente o inconscientemente, todos creamos y tenemos una sed constante de hacerlo, de trascender con nuestras acciones.

Mi hija, por ejemplo, salió con esa sed. Al ver varios dibujos del artista montados sobre caballetes, a un costado de la tienda de souvenirs, corrió directamente a colorear. Eligió el dibujo de la habitación de Van Gogh.

Antes, la pequeña había visto la recreación de la misma habitación en vivo, pues en la exposición tiene una replica instalada al final de la experiencia. Ella se sentó en su cama, vio sus sábanas y curioseó en los objetos de vidrio que estaban en la mesita de noche. Sin embargo no siguió el modelo propuesto y eligió colores diferentes para su obra.

De esa decisión infantil Van Gogh estaría orgulloso, pues con gran sabiduría, en una carta a su hermano Theo, expresó: “Hay dos cosas que siguen siendo eternamente ciertas y que en mi opinión se complementan entre sí: no apagues tu inspiración y poder de imaginación, no te conviertas en un esclavo del modelo, y la otra, toma un modelo y estúdialo, porque de lo contrario tu inspiración no se podrá materializar”.

Ya veremos, más adelante, de qué será capaz la pequeña aprendiz de artista. Por ahora, estoy seguro, que la experiencia de Van Gogh: The Inmersive Experience quedará dentro de sus más lindas memorias...y de las nuestras.

El público tico que aún no ha asistido a Van Gogh: The Inmersive Experience y que tiene interés en hacerlo podrá conseguir sus entradas en el sitio web www.eticket.cr.

De martes a viernes las personas de 5 a 15 años que quieran visitar la muestra de arte deberán pagar por su boleto ¢8.800; mientras que de 16 a 65 años, ¢17.000. El costo de la entrada para mayores de 65 años es de ¢14.600. La opción Flex vale ¢29.300 y la VIP ¢35.100.

Para los sábados y domingos las entradas tienen un valor de ¢12.300 en el caso de las personas de 5 a 15 años; mientras que el público de 16 a 65 años debe pagar ¢20.500. Las entradas para adultos mayores cuestan ¢17.000 en fin de semana. La localidad Flex cuesta ¢35.100 y la VIP ¢40.900.

Alexánder Sánchez

Alexánder Sánchez

Periodista del suplemento Viva de La Nación. Bachiller en Periodismo de la Universidad de Costa Rica. Su formación académica la complementó con trabajos estudiantiles en medios de comunicación universitarios.

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