Revista Dominical

Experimento: ¿Puede una persona de 21 años soltar su celular?

No importa la edad: todos somos hoy dependientes de nuestros teléfonos inteligentes. Aún así, ¿qué pasa si no revisamos frenéticamente las notificaciones o nos retiramos discretamente de redes sociales? Esta es mi vivencia

Nací en el 2001. Soy estudiante universitaria y casi desde que tengo uso de razón los teléfonos celulares han sido parte de mi vida.

Llevo 10 años utilizando dispositivos móviles, 10 años de recibir notificaciones diarias de cada aplicación, 10 años de escuchar el sonido o percibir la vibración de mi celular a cada rato y de recibir cientos de mensajes al día en grupos de WhatsApp. Una década de despertarme con la alarma del celular y que mi primer acto del día sea revisar el teléfono.

Todo esto lo digo para que entiendan mis reservas cuando me auto impuse el reto de probar cómo sería mi vida si redujera, considerablemente, el uso excesivo de aparatos electrónicos con acceso a Internet durante un tiempo definido. Mi objetivo fue conocer las posibles consecuencias negativas y positivas, tanto en lo profesional como en lo personal.

Antes de contarles mis hallazgos, les adelanto que la única preocupada por no estar conectada 24/7 fui yo: el resto del mundo no hizo drama por no encontrarme en línea.

Es bien sabido por todos que desde que las tecnologías móviles de telecomunicación llegaron a nuestras vidas, las hemos usado hasta el abuso. Para conocer a fondo los efectos del consumo excesivo de pantallas en nuestro cuerpo, consulté a la neuropsicóloga Mariana Serrano.

Según Serrano, el uso de aparatos puede afectar de muchas maneras, ya sea positiva o negativamente. “Al igual que otras actividades placenteras, tiene el potencial de ser adictiva. En ese sentido impacta a nivel cerebral una zona que conocemos como ‘circuito de recompensa’, que es el mismo que se activa al comer, tener relaciones sexuales, incluso con las drogas.”

La especialista agrega que cuando dicha parte del cerebro se activa, produce dopamina, sustancia que genera una sensación de bienestar y placer a corto plazo. Entre más se repita la conducta, más dopamina se genera. Y el cerebro humano entiende que al realizar dicha actividad recibe satisfacción. Esto puede llevar a perder el control, en el sentido de que busquemos priorizar la acción por encima de cosas que deberían ser más importantes.

Por otro lado, el consumo excesivo de contenido en internet puede generar una distorsión del mundo real. “Ni el cerebro ni el cuerpo tienen la capacidad de distinguir qué es real y qué es imaginario”, agrega Serrano. Es por eso que existe una tendencia a comparar nuestras vidas con las que vemos publicadas en redes sociales. Lo anterior aumenta los niveles de ansiedad y es un factor causante de depresión.

“La gente solo publica los momentos felices, pero en realidad todo el mundo atraviesa momentos desagradables”

—  Mariana Serrano, neuropsicóloga

Las notificaciones del celular están diseñadas para llamar nuestra atención. Las redes sociales procuran que pasemos horas consumiendo contenido. Serrano dice que al estar constantemente recibiendo esta distracción, perdemos nuestra capacidad de atención, como generación y como sociedad. Si al intentar estudiar o realizar un trabajo, recibimos un aviso, esto afecta nuestra concentración y se nos dificulta completar la tarea.

La última semana de febrero tomé la decisión de desactivar las notificaciones de mi celular, así como las del reloj inteligente. Además silencié ambos dispositivos durante toda mi jornada laboral. Intenté revisar WhatsApp solo una vez cada hora y procuré no ver las redes sociales cada vez que me aburría o distraía.

Mi objetivo fue atender las notificaciones de mi teléfono cada vez que terminaba una tarea, a modo de recompensa. Esta técnica me la compartió la neuropsicóloga Serrano.

Mi primera reacción fue algo como “me estoy perdiendo de algo. Puede estar pasando algo importante en Twitter y no lo estoy leyendo. Seguro alguien me escribió un mensaje importante y yo no he contestado”. Entonces, cada vez que me permitía revisar mis notificaciones, abría las aplicaciones ansiosa, solo para darme cuenta que no había pasado nada relevante en Twitter, nadie me necesitaba urgentemente. Y aún más importante, nadie se había dado cuenta que yo no estaba atenta a mi celular.

“Al estar acostumbrados a consumir contenido todo el día, no ver el celular nos genera ansiedad”

—  Mariana Serrano, neuropsicóloga

Una vez superada la etapa de ansiedad por no ver mi celular, a cada rato empecé a notar las consecuencias positivas. Durante cinco días apagué mis aparatos unas cuatro horas antes de dormir. Las primeras dos noches fueron las más aburridas, aunque debo admitir que me levanté con mucha más energía desde el primer día que lo intenté.

Según la neuropsicóloga, si utilizamos pantallas antes de dormir, nos exponemos a una luz azul, la cual modifica los ciclos circadianos. Estos son los ciclos del sueño y vigilia. También nos dormimos pasada la hora adecuada y expuestos al celular.

Serrano explica que una de las muchas consecuencias de modificar el ciclo del sueño es que el cuerpo no consigue generar ciertas hormonas, las cuales solo produce cuando está oscuro. La fase del sueño más reparadora es entre las 11 p. m. y 3 a. m.

Otro efecto secundario de no dormir a las horas oportunas es que no se logra consolidar la información, lo cual produce problemas de aprendizaje. Además, a nivel emocional puede aumentar la irritabilidad.

Al disminuir el tiempo invertido frente a nuestras pantallas, es posible que seamos más productivos, más felices. Probablemente estemos más satisfechos con nuestros logros, sin necesidad de compararse con otras personas.

Vivimos sobreestimulados con un exceso de información al alcance. Serrano explica que esto limita el descanso logrado mientras se duerme, pues para el cerebro es muy difícil procesar tanto contenido. Además se descansa menos porque cada vez se le complica más al cerebro entender qué es relevante y qué no.

Creo que todos hemos escuchado a alguien decir que los celulares nos hacen más tontos o vagos. Mi mamá toda mi vida me lo ha dicho: “Yo a su edad sabía el número telefónico de todas mis amigas y familiares. Tampoco dependía de Waze para llegar a lugares.” Mi realidad es que con 21 años, solo recuerdo cinco números de teléfono, incluyendo el 9-1-1, el primero que me enseñó mi mamá. Y Waze es la aplicación que más uso.

Lo que las generaciones mayores no logran entender es que yo siempre he tenido acceso a esas herramientas. La mía es una generación tecnológica.

La verdad es que con todas las facilidades que nos brindan los aparatos electrónicos, recordar este tipo de información no es una prioridad (sea honesto: ¿usted se sabe más de cinco números telefónicos de memoria?). Sin embargo, es una realidad que al depender de nuestros dispositivos para todo, el cerebro puede volverse perezoso. Mariana Serrano agrega que el sentido de ubicación que tenemos se ha visto comprometido debido al uso constante de sistemas de GPS. “No logramos apropiarnos del espacio de manera que seamos totalmente independientes”, dice.

Entonces, ¿por qué nos gustan tanto nuestros celulares? Serrano explica que los dispositivos nos dan una gratificación inmediata. Por ejemplo, queremos comida, entonces la pedimos por medio de una aplicación. Queremos ver cierta película: hay muchas plataformas disponibles. “No sabemos postergar la recompensa y eso nos lleva a tener limitaciones en nuestra vida porque ya no queremos trabajar para conseguir las cosas, todo lo queremos de inmediato”, dice la neuropsicóloga.

El efecto causado en nuestras vidas por el internet y sus herramientas es tan poderoso que ha logrado traspasar generaciones. Adultos mayores utilizan hoy redes sociales para reencontrarse con sus amigos de la infancia o excompañeros de trabajo. Mi abuela, por ejemplo, es fan de Netflix y estimo que ha visto por lo menos el 50% de las series que ofrece la plataforma.

Según Mariana, para disminuir el tiempo en pantalla, lo más importante es ser conscientes de que sí necesitamos los dispositivos electrónicos. No es posible ponerse un objetivo irreal en el que dejamos de usar nuestros teléfonos del todo. En cambio, es posible reducir el tiempo de uso a lo necesario y existen herramientas para controlar el tiempo en pantalla.

“Yo controlo el uso del celular y el aparato no me controla a mi”

—  Mariana Serrano, neuropsicóloga

Para satisfacer la recompensa inmediata, la recomendación de la profesional es subdividir nuestras labores en metas pequeñas. Así, cada vez que se cumpla una de esas tareas, tomemos consciencia del esfuerzo realizado; para así activar el circuito de recompensa y generar dopamina en una actividad realmente útil.

De esta experiencia obtuve solo consecuencias positivas para mi cuerpo y mente. Admito, eso sí, que se me hace difícil continuar con la práctica de apagar el celular varias horas antes de dormir. Sin embargo, me propuse deshacerme de la costumbre de ver el celular apenas me levanto en las mañanas. Asimismo, la opción de silenciar las notificaciones fue de mucha ayuda para aumentar mi concentración y productividad.

¿Podré a futuro depender menos de mis dispositivos móviles? Eso espero. Sin embargo, no me pidan que llegue a un lugar que no conozco sin usar Waze: tampoco da para tanto.

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