Para hablar del swing criollo, Jorge Miranda saca una silla plástica y se sienta, como acostumbra, en el frente de su casa en Cristo Rey. Entonces relata cuando, en una noche de 1962, ingresó al salón El Chavarría y seleccionó un tema de Glenn Miller en la rocola para vacilar. No se imaginaba que aquel juego de pies se convertiría seis décadas más tarde en patrimonio cultural inmaterial.
Como no le gustaba lo aeróbico del swing americano, pero sí los pasos de la cumbia, se le ocurrió mezclarlos. Lo mismo hicieron quienes frecuentaban los salones donde llegaban grupos como Manantial, Los Diamantes y Brillantico, así como en las cantinas y las sodas que por ratos suplantaban las mesas con luces de baile.
Pero entre más combinaciones surgían de ese tal “swing tico”, peor reputación ganaban los bailarines. A Miranda, mejor conocido como “Pelusa”, lo tachaban de “pachuco” por bailar sin mayor reparo con las prostitutas. Le prohibían la entrada en algunos locales y en otros tenía que dar vueltas a escondidas.
“Los motivos eran esos, de que éramos una comunidad de vagos. Eramos muy señalados, muy discriminados, pero ahí seguimos”, recuerda Pelusa a sus 80 años, a quien incluso arrestaron por bailar.
Dichosamente, sus vecinos y amigos solían pagarle los ¢175 de fianza para que saliera de prisión, incluso cuando lo perseguían por la otrora ley de la vagancia. “Yo sufrí porque muchos salones me sacaban, pero seguimos como jóvenes que éramos e insistentes en lo que nos gustaba y nos hacía vivir”, rememora.
Una mezcla de intensidad y amor por el baile, explica, hacía que saliera de excursión por los salones. Dejaba su casa pasado el mediodía y llegaba a Pirro, en San Sebastián, para después irse a las 7 p. m. al Cañaveral y terminar a las 3 de la madrugada en el Rosemary de San José. Así, cada fin de semana.
“Uno se daba el lujo de amanecer en la calle. Mi cinturita era de 30 (...). No me pregunten si trabajaba o no, eso era otra época. Mis papás me ayudaban mucho y como éramos una comunidad, siempre nos invitábamos a la comidita, al casadito. Todo eso nunca nos faltó. Éramos una comunidad bastante grande”, menciona.
Cuando empezó a bailar todavía no tenía cédula de identidad, pero se las ingeniaba para entrar y por su agilidad era considerado un galán. “Me gustaba mucho con La China (su esposa fallecida) ser los primeros en estar en la pista. Terminaba la música y nos quedábamos ahí en medio salón, viniera lo que viniera”, cuenta.
‘Quiero que me recuerden’
Sin que el viento mueva su melena plateada elevada a la izquierda, Pelusa abre la puerta herrumbrada de su casa para que sus nietos entren y salgan. Ahora es un hombre hogareño, que dice extrañar la compañía de sus hermanos y amigos en el baile, ya que poco a poco han partido.
“Yo le enseñé a bailar a medio mundo haciendo el papel de mujer”, recuerda entre risas. “A muchos les daba vergüencilla, entonces mi señora hacia el papel de hombre; todo por amor al swing”.
No fue sencillo abrirse paso, pero cuando ganó popularidad por su talento, se iba los veranos a Puntarenas y los inviernos a Limón. Varios bailarines de la época lo consideran el “papá del swing criollo”, y cuando se le pregunta por su legado, él aprovecha para nombrar a Moraga, Marcos “Muerto”, Chino “Luna”, Mario “Hippie”, Giselle Solís, Cecilia Venegas y muchos más como los pioneros.
De los salones pasó a la tele, con programas como Piratas del ritmo y Fantástico, donde apareció con un traje blanco que mandó a hacer por ¢75. Y para engrandecer su legado, bailó Jugo de piña por cinco largos minutos.
Su último concurso lo ganó en el 2010 y desde entonces se ha mantenido al margen de la escena. Y aunque hace 15 días fue a bailar a un grupo, dice que no se compara con el ritmo que llevaba en su época dorada: “El asunto es que aquí estoy contando el cuento (...). No quiero fama, solo que me recuerden”.
En la calle lo saludan, le preguntan cuándo sale a bailar y sus ojos relucen al repasar su aporte a la danza “charrasqueada”.
Y a quienes siguen sus pasos en el swing criollo, les aconseja hacer lo que más le gustó: “bailar como les dé la gana”.
