Mientras la mayoría de la ciudad apenas despierta, decenas de personas ya madrugaron para esperar. Son las 6:30 de la mañana e inclinados en una verja llevan la cédula en mano porque en quince minutos abrirán las puertas e irán pasando, según disponibilidad, al Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA).
En su sede central de San Pedro de Montes de Oca, serán atendidos por un psicólogo, médico, enfermero o trabajador social. Si es su primera ocasión y logran ingresar ―porque la fila suele abrazar la cuadra―, lo más seguro es que recibirán medicamentos para el alcoholismo u otras sustancias (habitualmente atienden por tabaco, cocaína, metanfetamina, marihuana, morfina…).
El reloj marca las 7 a. m. y la fila avanza, al tiempo que los funcionarios con gabachas se apersonan al portón. Allí se les da ingreso a quienes vienen con cita, porque están en tratamiento, y a los primerizos en pedir ayuda estatal.
“Yo llevo un año sobrio”, dice Matías, un veinteañero con lentes que lo protegen del sol. Recuerda que en su primera consulta, aunque se sentía temeroso de admitir su dependencia a la cocaína, le recetaron pastillas por una semana. Estaba decidido a separarse de la droga, que asegura que le hizo daño a su familia, y siete días más tarde le hizo caso a la alarma para despertarse y al IAFA revisitó.
Gastada la receta, su médico lo volvió a citar en quince días y, eventualmente, cada mes. Un día como hoy, vuelve para recibir clonazepam y bexaficilina, que de comprarlo por servicios privados se le haría muy caro. Todavía le falta camino para sentirse plenamente recuperado, dice, pero siente orgullo en su consistencia.
Cuando preguntan quiénes de los que quedan tienen cita agendada, guarda los audífonos y levanta la mano. Lo emulan varios, que siguen su trayecto por las rayas amarillas en el concreto que llevan hacia el interior del edificio. Allá espera, un rato más, para saber en cuál de todos los consultorios lo atenderán.
Como él hay 26.000 adultos que acuden anualmente a los servicios gratuitos del IAFA para tratar sus adicciones; incluidos aquellos que, pese a intentarlo, no logran recuperarse con la metodología disponible.
Y en ese mismo complejo, en una entrada a 150 metros, está la Casa Jaguar, centro encargado de atender a las personas menores de edad en situaciones de adicción. Allí la fila, aunque mucho menor, también empieza antes de las 7 a. m.
En camino a… ¿una reestructuración?
El IAFA lleva años siendo un blanco de críticas, en especial por su atención a las personas habitantes de la calle. Se le reclama que no den un acompañamiento más “cercano” o “personalizado”, y de ahí se agarró hace más de un mes la presidenta Laura Fernández, cuando aseguró que “con todo el cariño y respeto, el IAFA no sirve para nada”.
La jerarca, quien calificó a las drogas y las adicciones como “malditas”, también ordenó que la institución debía reestructurarse. “Hay que hablar como una madre cuyo hijo le ha caído en la droga y ha terminado durmiendo en un cartón durmiendo en San José”.
Esas declaraciones de la presidenta, según el psicólogo y exdirector del IAFA Javier Vindas, responden a “una visión desactualizada, sin un fundamento científico ni un enfoque de desarrollo humano”.
A su juicio, mantiene una visión punitivista del consumo, estigmatizándolo, como un reflejo de la ideología prohibicionista del IAFA.
En ese apartado coincide Francisco, un psiquiatra que ha trabajado por años con el IAFA y quien solicitó que su identidad fuera protegida por miedo a represalias.
La metodología del IAFA, cuenta, ha hecho que muchas personas lleguen a consultas “a conseguir medicamentos no para frenar su consumo o para regularlo, sino porque dicen: ‘Voy a ir por clona gratis’”.
Prefieren invertir un día a la semana, a la quincena o al mes, pasando de una silla plástica a otra, con tal de revender los medicamentos a un menor precio que las farmaceúticas.
Este medio consultó al IAFA si esta situación le preocupa, y pese a que no contestó directamente, dijo que la indicación de medicamentos responde exclusivamente a criterios clínicos.
Añadió que “cuenta con estrictos mecanismos de control para la prescripción y dispensación de medicamentos, los cuales son administrados mediante el servicio de farmacia institucional y bajo supervisión médica.
“Se recuerda a las personas usuarias que estos deben ser utilizados exclusivamente para los fines terapéuticos indicados por el profesional tratante y conforme a las recomendaciones médicas establecidas”, agregó.
Asimismo, la revista consultó a la institución vía correo electrónico si ya está trabajando en la reestructuración sugerida por la presidenta Fernández, así como las fechas y alcances de la misma. Sin embargo, pese a que esta duda fue planteada junto a otras seis preguntas, fue la única que no se contestó al cierre de esta edición.
“No es cierto que todas las madres pasan esas mismas experiencias; es más, ella está hablando de las menos, por eso está dejando ver desconocimiento. Hay gente con consumo ocasional, consumo problemático, consumo regulado, consumo de farmacodependencia (...) está repitiendo una ideología que cree que las drogas son un flagelo, que las drogas son inmorales, que las drogas son ilegales. En ese enfoque ideológico es donde, precisamente, hay que mejorar el IAFA”
— Javier Vindas, exdirector del IAFA, sobre declaraciones de la presidenta Laura Fernández
A quienes falla y a quienes ayuda
Dentro del IAFA, un edificio decorado con frases como “creé en vos y todo será posible”, las horas pasan y en la sala de espera aguarda Miriam, una de las tantas familiares acompañantes. No puede ingresar a la cita de su esposo, por lo que se conforma con pasar el rato viendo el teléfono, con el cuello encorvado, hasta que él salga de cita.
Su marido, alcohólico, ha recaído unas cuantas veces (ya se cansó de contar). Y a ella, además de experimentar el desgaste emocional, se le recarga el cuido de sus hijas y nietas. Pero por cariño y fe, dice esta adulta mayor vecina de Tirrases, siguen acudiendo a las citas gratuitas.
Dice que él, por su parte, experimenta ansiedad cada vez que tiene una visita. La primera vez que llegó se encontraba “tan etílico” que tuvo que ser estibilizado ahí mismo. Lo inyectaron, lo monitorearon, y le dieron cita para unos días más tarde.
Ahora va por su tercera visita, con la esperanza que el tratamiento le ayude. “Sinceramente el IAFA sí es muy bueno, porque hay algunos que no tienen seguro y les ayudan... Pero sí es muy difícil no querer tirar el tapón”, cuenta Miriam.
Su esposo es una de las tantas personas que recaen en su adicción, pero el grueso de esa población no se puede medir. El IAFA indicó, ante consulta de Revista Dominical, que “no dispone de una estadística institucional consolidada que permita estimar con precisión una tasa de recaídas”.
En su lugar, dijo que “históricamente, los sistemas de información institucional han permitido monitorear variables como adherencia al tratamiento, abandono del proceso o altas terapéuticas, pero no cuentan con un indicador específico de recaída que abarque a toda la población usuaria”.
Mientras tanto, entre las paredes y pisos blancos de cerámica del IAFA, los pacientes esperan por horas para ser vistos por un profesional. Al frente, un televisor proyecta videos de manatíes en el agua y luego paisajes de un desierto. Al lado, unos papelitos les recuerdan que están siendo grabados.
Recorte histórico, pero sin cierre técnico
Para el próximo año, el IAFA sufriría uno de los mayores recortes presupuestarios. De ¢12.219 millones en 2026, pasaría a tener ¢10.005 millones.
La afectación, según el propio IAFA, la tendría la construcción de un nuevo edificio para el Centro de Atención Integral en Drogas (CAID) en Heredia, cuya inversión costaría ¢1.800 millones.
El IAFA, como órgano adscrito al Ministerio de Salud, se financia con el presupuesto fijado por el Ministerio de Hacienda y, además, recibe fondos del impuesto sobre los cigarillos y licores (ley 7.972).
A su vez, sostiene convenios con organizaciones no gubernamentales que promueven la salud mental y trabajan en la prevención y tratamiento de adicciones, que se verían perjudicadas por la rebaja presupuestaria de ¢376,4 millones.
“(El recorte) podría repercutir en el alcance de algunos servicios de atención y apoyo que estas organizaciones brindan a poblaciones vulnerables en coordinación con el Estado”, explicó el IAFA, que también descartó que entraría en cierre técnico.
La realidad de Casa Jaguar
Cualquier usuario del IAFA que camine hacia la entrega de recetas debe atravesar estrechos pasillos envueltos en rejas. En el medio del complejo, y separado con vigilancia del personal, sobresale un planché de canchas de volleyball, basketball y fútbol.
Aunque esta mañana no están siendo utilizadas, están allí para las personas menores de edad atendidas en Casa Jaguar. Se trata de la única sede en Costa Rica que aborda las adicciones en la población entre 12 y 18 años, con personal como trabajadores sociales, enfermeros, médicos, psicólogos y nutricionistas.
Allí se les valora por situaciones relacionadas con el consumo de alcohol, cannabis, tabaco y otras sustancias psicoactivas; a algunos se les interna en el albergue y a otros se les atiende igual que a los adultos, con citas cada cierto tiempo.
En 2025 fueron 3.141 menores atendidos en Casa Jaguar, cuyas siglas significan “Juventud, Apoyo, Guía, Unidad, Amistad y Renovar”.
Sus salas de espera son algo más coloridas que las oficinas dedicadas a los mayores de edad, con la distinción de que acá las citas se atribuyen a Walt Disney: “Pregúntate si lo que estás haciendo hoy, te acerca al lugar en el que quieres estar mañana”.
Para Víctor Ulate Torres, encargado del Programa de Manejo de las Adicciones de la Universidad de Costa Rica (UCR), además de una reestructuración de la metodología farmacológica del IAFA, se debe fortalecer la intervención temprana. Sobre todo en los jóvenes, asegura, para identificar un consumo de riesgo antes de que la dependencia sea severa.
A su juicio, programas cancelados como Educación para la Resistencia al Alcohol y las Drogas (DARE, por sus siglas en inglés) permitían llegar a más colegios y escuelas a lo largo del país, por lo que se deberían fortalecer las políticas públicas en prevención de adicciones.
¿Cómo tratar una adicción?
Cuando ya se antoja más un almuerzo que un café mañanero, la fila del IAFA merma. Pero afuera está Manuel, de pie y con una mochila sobre sus hombros. Debajo de la sombra de un árbol narra la historia de su hermano: a sus 60 años, ha visitado esporádicamente grupos de ayuda, porque suma décadas lidiando con una adicción a la cocaína.
También lleva varios intentos de rehabilitación en el IAFA, pero la cita de hoy será la última, porque su familia decidió internarlo en un centro privado. Anhela que ese acompañamiento, más constante y personalizado, le ayude a “salir adelante”.
A él todavía le quedan unas cuantas horas de espera, en el mismo sitio, hasta que el sol dé la vuelta y las cédulas vuelvan a aparecer en las manos que se acercan al portón.
En 2025, Casa Jaguar atendió a 3.141 menores de edad y brindó 11.313 atenciones.
En ese mismo año, atendió a 26.688 mayores edad, con un registro de 104.964 atenciones (promedio de 3,9 por persona)
La institución afronta un recorte presupuestario de más de ¢2.000 millones.
