Ensayo fotográfico: Pulmón en cenizas

Los amaneceres cambiaron su olor durante dos semanas. El pulmón del Chirripó comenzó a exhalar humo por un pequeño foco de fuego que abrasó en pocos días las entrañas de 150 hectáreas de bosque. Una venganza criminal alfombró el suelo de cenizas y complicó la labor de distinguir entre la niebla y la humareda que cubría los empinados árboles. El olor llegó a despertar a cientos de brigadistas que sudaron, inhalaron vapor y trabajaron sin interrupción para cercar el incendio.

El grito desesperado de troncos, ramas y baquianos comenzó a oírse tarde: la respuesta institucional, el equipo especializado, la ayuda internacional, e incluso las órdenes de la máxima autoridad del país... No hubo reacción desde el inicio. Coordinar centenares de manos fue una labor difícil. ¿Quién mandaba a quién? ¿Quién conocía en detalle los senderos? ¿Quién soportaba mejor la empinada cuesta? Al final, parece que se logró la tarea.

De día y de noche, se libró una batalla espontánea e inesperada contra la propia naturaleza: gotas de lluvia contenidas en nubes lejanas y ráfagas que alimentaron las llamas, frente al cansancio físico, las manos callosas y el desgaste de botas de hule y machetes. El sacrificio de todo un pueblo por salvar este majestuoso templo gestó héroes silenciosos: adolescentes que interrumpieron sus estudios, amas de casa que se mudaron a otra cocina, campesinos que abandonaron sus tareas y voluntarios sin paga que regalaron su tiempo. Todo esto por salvar el Chirripó, esa magnífica montaña que representa nuestro orgullo, nuestra casa.

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