
Cae la tarde en San Francisco de Dos Ríos y el paisaje se transforma. Bajo el resplandor de 64 nuevas luminarias LED, los senderos de arena y las baldosas circulares comienzan a poblarse. Huele a empanadas calientes y pizza recién hecha.
Hay parejas tomadas de la mano bordeando la fuente renovada, grupos de veinteañeros riendo en las nuevas mesas de madera y familias que se resisten a que termine el día. Al observar esta coreografía urbana, es inevitable preguntarse: ¿estamos ante el nuevo Parque Francia de San José?

Durante años, barrio Escalante ha ostentado el monopolio de esta efervescencia: apropiarse de un barrio capitalino y hacerlo suyo sin temores de inseguridad y con una vida propia que se sienta natural.
Sin embargo, tras una remodelación el año pasado —fue una inversión de ₡224 millones por parte de la Municipalidad de San José y la Compañía Nacional de Fuerza y Luz— el Parque Okayama ha despertado de un largo letargo para reclamar su lugar como potencial corazón social del sur de la capital.
El espacio, inaugurado en 2002 para celebrar tres décadas de hermandad entre San José y la ciudad japonesa de Okayama, ha vuelto a lucir con orgullo su puente arqueado, su glorieta tradicional y la icónica figura de bronce de Momotaro, el héroe del folclor nipón que parece custodiar a las nuevas generaciones que hoy abarrotan el lugar.
Para muchos, este renacer es un alivio económico y emocional. Andrés Mora, un joven que vive a un kilómetro de distancia, ha convertido el parque en su refugio de fin de semana. “La paso bien, la pasamos bonito, es para el desestrés”, cuenta rodeado de sus amigos.
Para él, el Okayama tiene un valor que trasciende lo estético: “Es bonito porque me queda cerca, vivo como a un kilómetro y ahora en Costa Rica cobran por todo, y aquí uno puede estar gratis”.




Caras de la moneda
El despegue comercial y el magnetismo del parque han traído consigo el desafío de la convivencia urbana.
Para Patricia Payne, quien vive contiguo al parque, es testigo de primera línea de esta transformación. Desde su ventana, observa el incesante flujo de visitantes, una realidad que la maravilla. “A mí me fascina, es un parque lindo, se pasa muy bien”. Pero también ella asegura que a altas horas de la noche le pasa factura a su tranquilidad.
“Cuando paso, lo veo lleno de carros alrededor y de personas. En ciertas horas evito entrar por ese lado del parque por la cantidad de carros”, relata Patricia.
Aunque reconoce que esto es bueno porque habla de la vitalidad que trae el parque, la noche trae consigo una banda sonora menos poética que la de los jardines zen. “Me encanta el parque, en verdad, de día y en la tarde todo es muy lindo, pero las motos hacen ruidos cuando pasan por mi casa a altas horas de la noche”.
Para Patricia y su familia, la convivencia tiene matices.“De día realmente es tranquilo, no hay molestia más allá de ver muchos carros, pero a nosotros lo que más nos afecta son esos ruidos de las motos... El parque está muy bien ahí, pero siento que debe haber un poco de control con las carreras de motos y las personas que se enfiestan fuera de los negocios”.
Las sombras que hoy inquietan a los vecinos no son un fenómeno nuevo. La memoria del barrio guarda la huella de episodios amargos: durante años, el perímetro del Parque Okayama ha sido catalogado por la Policía de Tránsito como uno de los focos rojos de la capital para los piques ilegales. La velocidad en sus esquinas ha dejado heridas profundas en el sector, desde el choque entre dos motos que le costó la vida a un adulto mayor en enero de 2014, hasta la tragedia nocturna de noviembre de 2018, cuando una colisión a alta velocidad cobró la vida de un motociclista a pocos metros del parque.
A la amenaza de los piques se han sumado constantes redadas por venta y consumo de drogas —como el abordaje que en 2019 terminó con cinco detenidos a la medianoche— y multitudinarios operativos anti-piques que han llegado a saldarse con más de 140 multas y decenas de motos decomisadas en una sola noche. El fenómeno es tan persistente que en febrero de 2025, cuatro meses antes de la remodelación, la Municipalidad de San José debió intervenir la zona para fiscalizar las patentes de los comercios cercanos, e incluso anunció la colocación de barandas físicas para evitar que los motorizados invadieran los senderos peatonales del parque.
Frente a este historial y al intenso movimiento que trajo la remodelación, la gran interrogante es cómo se garantizará la convivencia y la seguridad en el lugar. Raúl Rivera, director general de Fuerza Pública, explica a Revista Dominical que “en años anteriores se realizaban piques y llegaban personas a consumir licor y drogas. Ante esta situación, la Fuerza Pública estableció una serie de operaciones policiales en conjunto con la Policía Municipal y otras instituciones”.
“Hoy en día, el lugar es un parque familiar donde las personas pueden disfrutar libremente de sus instalaciones. Estamos trabajando de manera coordinada con la Policía Municipal de San José, mediante recorridos constantes, para prevenir cualquier situación que pueda alterar el orden público”.
Para el Embajador de Japón en Costa Rica, Ishibashii Hironobu, el éxito del parque radica precisamente en la apropiación de la ciudadanía, aunque requiere de un equilibrio. “Nos complace enormemente ver que, después de su renovación, el Parque Okayama ha vuelto a convertirse en un espacio lleno de vida, disfrutado por muchos ciudadanos. Quisiera expresar nuestro más sincero agradecimiento a todos los costarricenses por el cariño que le tienen al parque”, afirma.


“Para que un parque siga siendo querido por la comunidad durante muchos años, considero que no basta con que las autoridades se encarguen de su mantenimiento y acondicionamiento. También es fundamental que los ciudadanos que lo utilizan lo cuiden y contribuyan a conservarlo como un espacio de descanso y encuentro que sienten como propio. Deseamos que el Parque Okayama siga siendo, en el futuro, un lugar donde las personas puedan reunirse, compartir y fortalecer los lazos de amistad”, agrega.
Según el embajador, el fenómeno del Okayama no es casualidad; responde a una afinidad profunda entre ambas naciones: “Los costarricenses, al igual que los japoneses, tienen un profundo aprecio por la naturaleza, valoran y cuidan las cosas que utilizan y procuran llevar una vida con atención y esmero”. Según el diplomático, es ese mismo interés que llevó a multitudes, en julio pasado, a la exposición de bonsáis y cultura japonesa en el Jardín Botánico Lankester.




“Nos alegra mucho ver que diversas expresiones de la cultura japonesa son disfrutadas en Costa Rica”, resume.
Bajo esa cobija está la nueva vida del Parque Okayama. No es un estanque zen aislado del mundo, sino un espacio urbano que palpita con la misma intensidad con la que choca: ofrece refugio, pero también trae un rugido nocturno. Al final del día, bajo la atenta mirada de bronce de Momotaro, el Okayama busca su propio libreto.
