Revista Dominical

El caso de Yorleny Castro Sequeira, el primer secuestro extorsivo que resolvió el OIJ

En 1975, pruebas testimoniales, intervención telefónica y un informante secreto ayudaron a detener a los tres responsables de raptar a una niña de nueve años, drama que conmovió a todo Costa Rica

Son las 6:55 a. m. del viernes 27 de junio, de 1975. Los estudiantes de la escuela República de México, en Barrio Aranjuez, se disponían a entrar a clases, entre ellos, la niña Yorleny Castro Sequeira, de 9 años. Ese día había fiesta en la escuela porque los pequeños saldrían a vacaciones de medio año, el ambiente mañanero era de alegría. Sin embargo, el festejo pronto se vio empañado cuando la maestra notó que Yorleny nunca ingresó a la clase. La escuela quedaba a apenas 200 metros de la casa de la niña.

Yorleny había desaparecido. La maestra se puso en contacto con el director del centro educativo y éste con los papás de la pequeña. En las afueras de la escuela propios y extraños comenzaron a preguntarse por la niña, algunos testigos informaron de que la vieron subirse a un carro con unos hombres, pero no había más detalles que esos. Así empezó una angustia que duraría seis días: a Yorleny la habían secuestrado, en apariencia, tres individuos.

A las 8 a. m. de ese mismo día los secuestradores llamaron por teléfono a Carlos Castro, padre de la pequeña, para confirmarle lo que todos temían: su hija había sido secuestrada. Para liberarla, los delincuentes le pidieron un pago de ¢3 millones antes de las 6 p. m. de ese mismo día.

Con el fin de localizar a Yorleny, para ese momento las autoridades habían desplegado ya todo un operativo en los alrededores de la escuela, pero los intentos no rindieron frutos.

La familia Castro no disponía del dinero para pagar el rescate, así que esperaron a que los secuestradores se volvieran a poner en contacto con ellos para hacer una negociación y así fue.

En horas de la tarde los delincuentes volvieron a llamar por teléfono al papá. Primero le confirmaron que Yorleny estaba bien y que ya había comido; luego dijeron que querían negociar el monto solicitado en un principio, pues ellos podían aceptar menos dinero.

Durante varios días de llamadas y negociaciones, los captores tomaron la decisión de liberarla sin ningún pago de por medio. La niña estaba sana y salva, intacta. El miércoles 2 de julio de 1975, en horas de la noche, la pequeña fue abandonada en la entrada de una finca cafetalera en Barreal de Heredia.

Yorleny fue encontrada por una pareja que pasaba por el lugar en carro. Ella les hizo señas, pero no se detuvieron. Sin embargo, buscaron a la policía para que fueran con ellos a buscar a esa pequeña que vieron en la calle. Al identificarla, inmediatamente la llevaron a su hogar donde fue recibida por su madre Omira Sequeira y su papá Carlos.

Yorleny y sus padres dieron declaraciones tanto a la prensa como a las autoridades. Aunque el secuestro terminó de manera positiva, con Yorleny en casa y sin ningún problema, hasta ese momento no había indicios de quiénes habían cometido el rapto.

Golpe a la sociedad

La situación vivida por la familia Castro Sequeira y la angustia que en carne propia vivió la niña conmovió a la sociedad costarricense del momento.

Era la primera vez en la historia que una persona menor de edad, una pequeña en etapa escolar, era el blanco de un delito de esta categoría y por esta razón muchas aristas sociales se mostraron empáticas con la situación.

La primera parte de la investigación del secuestro fue realizada por la Dirección de Investigaciones Criminales, después el OIJ inició indagaciones y dio con los responsables del rapto.

Elmer Villalobos, director de la escuela República de México, fue uno de los primeros en ser parte de la emergencia. Él fungió como mediador entre los secuestradores y los padres. Mantuvo comunicación para saber del estado de salud de la niña y de paso llevarle a la familia los mensajes de lo que exigían los perpetradores.

La preocupación llegó a otras esferas, como la Iglesia católica, que se ofreció como mediadora para que los delincuentes regresaran a la niña a su casa. Monseñor Óscar José Trejos, vicario general de la Arquidiócesis de San José, afirmó ante los medios de comunicación esta intención.

“En estas horas en que el país entero está en congoja por la suerte de una inocente víctima de los más viles hechos que puede haber, como lo son atentar contra las personas más débiles, hago un llamado a sus captores para que mediten el dolor de sus padres y la devuelvan sana y salva”, dijo en ese momento el obispo.

La comunidad civil también se sumó a la búsqueda y hasta hubo ofrecimientos especiales para ayudar al rescate de la pequeña. Por ejemplo, el taxista Édgar Fonseca Castro -por medio de un mensaje emitido en Radioperiódicos Reloj- le dijo a los captores que él podía ir a recoger a la niña en su taxi a donde ellos dispusieron, sin hacer ningún tipo de preguntas, con tal de que hubiera un final feliz.

Los periodistas de la época, angustiados porque las investigaciones no llegaban a buen puerto, se sumaron a realizar las pesquisas necesarias por su parte, con tal de descubrir la ubicación de Yorleny.

“La actitud de los miembros de la prensa obedece a su objetivo de ayudar a esclarecer la situación y devolver la tranquilidad al hogar al que pertenece la niña cautiva”, explicó La Nación en la edición del lunes 30 de junio de 1975.

Un día después de la liberación de Yorleny, cientos de costarricenses se aglomeraron frente a las instalaciones de Radio Monumental, en San José centro, para demostrarle a la niña y a la familia la alegría que reinaba en el país por la culminación positiva del secuestro. Ese jueves 3 de julio, la niña y sus padres estuvieron en la radio y salieron al famoso balcón del edificio a saludar a los ticos que se reunieron para saludarlos.

Por último, pero no menos importante, cuando por fin la niña fue liberada y llegó a la casa de sus padres, recibió la visita del presidente de la República Daniel Oduber.

La investigación

El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) inició operaciones en julio de 1974. Cuando ocurrió el secuestro de Yorleny Castro el OIJ apenas cumplía un año de laborar. Por lo tanto, en un principio, la investigación estuvo a cargo de la Dirección de Investigaciones Criminales (DIC), según confirmaron los investigadores Gerardo Láscarez y Gerardo Castaing, ambos trabajadores ya retirados.

El secuestro de Yorleny no fue el primero que se cometió en nuestro país, hay registros de que en 1973 fue a don Patrocinio “Cucu” Arrieta a quien un grupo le quitó su libertad.

Sin embargo, el de Yorleny fue el primer secuestro de tipo extorsivo (que se pidió dinero para el rescate), así como el primero que resolvió el OIJ y por el que se logró condenar a tres hombres como responsables de cometer el delito.

“Hay que recordar que cuando el OIJ empezó operaciones se dio una transición gradual. Cuando se inauguró la institución no se tomaron todos los delitos. Al principio se empezó a trabajar en investigaciones de homicidios en el Área Metropolitana, luego se extendió la atención de homicidios a todo el país y posteriormente se atendían casos graves de robos o asaltos en San José”, explicó Castaing.

“Luego llega un punto en el que el OIJ se hace cargo de todo lo que tenía la DIC, pero durante la transición ellos (DIC), no dejaban de investigar”, agregó.

En el caso del secuestro de Yorleny, fue la DIC la encargada de rastrearla y de hacer las investigaciones alrededor del suceso mientras se ejecutó. Tras ser liberada, la investigación para hallar a los responsables estuvo a cargo del OIJ, específicamente del investigador Gerardo Láscarez junto con su compañero José Luis López.

Láscarez inició sus labores en el OIJ en julio de 1974, fue de los primeros 10 investigadores de la institución y trabajó allí por 30 años. Durante su carrera fungió también como viceministro de Seguridad Pública -en el segundo gobierno de Óscar Arias-, fue jefe de la sección de homicidios y drogas del OIJ y también subdirector del organismo.

Siendo un investigador muy joven y con apenas un año de trabajar en la institución, Láscarez se involucró en las pesquisas para descubrir quiénes habían secuestrado a Yorleny Castro.

“Lo más importante es cómo fue que llegamos a esa gente (secuestradores). Hubo una información muy importante que le llegó a Eduardo Aguilar, director del OIJ de ese momento (1976)”, explicó Láscarez.

En primera instancia la DIC había detenido al colombiano Luis Eduardo Atertúa, quien le dio a las autoridades los nombres de unos sujetos señalándolos como responsables del hecho. Sin embargo, la información que recibió Aguilar por parte de un informante anónimo, decía que eran otros los responsables.

“La información decía que Atertúa sí estaba metido en el secuestro, pero que el cerebro de la operación era Félix María Araya, conocido como Gato Félix, y el ejecutor era Luis Roberto Sandí, el famoso Macho Rapso”, recordó el investigador.

Para la época Gato Félix y Macho Rapso eran conocidos delincuentes nacionales. Ellos eran famosos porque acostumbraban a robar cajas fuertes, pero nunca se habían relacionado con otro tipo de delitos, mucho menos alguno que tuviera que ver con violencia.

Con apenas un año de trabajar para el OIJ, los investigadores Gerardo Láscarez y José Luis López fueron los encargados de buscar a los responsables del secuestro.

“Nos encontramos con dos buenos informantes que estaban metidos en el medio de la delincuencia, pero que estaban totalmente en contra de lo que habían hecho Gato Félix y Macho Rapso. Los informantes tenían hijos pequeños, así que no estaban de acuerdo con el secuestro de la niña”, recordó Láscarez.

“No les dio miedo nada, aunque sabían que esos dos eran delincuentes bravos. Declararon en contra de ellos sin ningún miedo”, agregó.

Las averiguaciones que realizaron Láscarez y López, a partir de la información que recibieron, los llevaron a descubrir que el colombiano Atertúa había encubierto a Félix y Macho por temor a perder la vida, ya que él vino al país a ayudarlos a idear la operación del secuestro. “El colombiano involucró a otra gente, que no eran santos, pero que no tenían nada que ver”, afirmó el investigador retirado.

Pruebas para la condena

En mayor parte, la resolución del caso de Yorleny se dio gracias a prueba testimonial, porque física no había mucha.

Láscarez recordó que, a partir de la información brindada por el informante, él y su compañero procedieron a corroborar los hechos.

“Fuimos poco a poco con el apoyo del fiscal Manuel Alvarado, que fue quien llevó el caso con un señor llamado Chino Umaña”, contó.

Además, el testimonio de Yorleny fue de suma importancia para la investigación, ya que mientras estuvo retenida la niña pudo ver a uno de los secuestradores. Entonces, gracias a la descripción que hizo de esa persona, se pudo constatar que se trataba de Gato Félix.

“La niña hizo un reconocimiento porque Gato Félix tiene una cicatriz en la cara. Todo se fue dando, lográbamos corroborar todo lo que nos decía nuestro informante”, recordó Láscarez.

La policía judicial detuvo primero a Gato Félix. Macho Rapso se había dado a la fuga, pero tiempo después lo pudieron detener. Los arrestos se llevaron a cabo en San José, porque como afirma Láscarez, ambos eran “gatos caseros” y no salían de su zona delictiva.

Hubo otros detalles que ayudaron a que el caso se resolviera y es que, ninguno de los dos, tenía experiencia alguna en los secuestros. Lo suyo eran los robos, por eso cometieron varios errores durante el delito.

Uno de los principales yerros fue que, en el momento en que secuestraron a la pequeña, se bajaron del carro para engañarla y llevársela, pero ninguno tenía su rostro cubierto. Además, ese mismo día los testigos del hecho describieron a la perfección el carro en el que se llevó a cabo la sustracción y días después se corroboró que había sido alquilado.

Otro punto importante en la investigación es que, por primera vez, se pudieron usar las intervenciones telefónicas. “Las intervenciones sirvieron para acercarse a los delincuentes. Definitivamente ellos sintieron que la DIC estaba cerca, por eso sintieron la presión y decidieron soltar a la chiquita”, explicó Láscarez.

Esa presión aumentó cuando las autoridades avisaron que iban a revisar, casa por casa, en las zonas que tenían identificadas como posibles lugares donde pudiera estar escondida la niña.

En el secuestro de Yorleny Castro se utilizó por primera vez la intervención telefónica, la cual ayudó para cercar a los secuestradores.

“Ellos no eran violentos, estaban acostumbrados a hacer robos agravados porque los hacían en cuadrilla, rompían paredes, pero nunca hubo violencia. Por eso el secuestro tampoco fue violento, pero sí fue el primero extorsivo en el país. Por eso, en un principio, confundieron a la policía porque ellos cometían otro tipo de crímenes”, agregó el investigador.

El secuestro de Yorleny fue un caso exitoso en dos partes, primero con la detención de Atertúa y después por la intervencioń del OIJ que llevó a que Gato Félix y Macho Rapso fueran detenidos.

A los tres hombres se les llevó a juicio. Gracias a los reconocimientos, a las pruebas testimoniales que brindaron los testigos, la niña Yorleny y los informantes; se pudo comprobar que ellos fueron los responsables.

A los tres se les condenó a un total de ocho años de cárcel.

“El caso fue muy grave, los compañeros de homicidios se encargaron de la investigación. Para ese momento ya había más métodos para las averiguaciones, con los testimonios se lograron establecer las evidencias. El uso de informantes era, para ese momento, una técnica muy sofisticada, había que saber seleccionarlos bien y aplicar un filtro porque todo lo que dicen los informantes se toma, pero no toda la información es buena. En ese momento se procesaron las declaraciones, se verificaron y se ordenaron; eso se convirtió en inteligencia”, concluyó Castaing.

En próximas ediciones de la Revista Dominical ampliaremos sobre otros casos curiosos que han forjado la identidad del OIJ a lo largo de estos años. En la siguiente entrega ahondaremos en los hechos que ocurrieron alrededor de sonado caso de El chacal de Guachipelín, en 1985.

Jessica Rojas Ch.

Jessica Rojas Ch.

Bachiller en periodismo de la Universidad Internacional de las Américas. Cubre temas de música nacional e internacional, además de informaciones de entretenimiento.