
El entonces presidente de Costa Rica, Miguel Ángel Rodríguez, estaba haciendo ejercicios y viendo las noticias cuando las imágenes de Nueva York comenzaron a ocupar la pantalla aquel triste 11 de setiembre del 2001. Al principio no entendió qué estaba pasando. Las primeras escenas llegaban todavía fragmentadas, difíciles de ordenar
Entonces le invadió el miedo. Pero un miedo no solo de presidente, sino el miedo de un padre.
Andrés, uno de sus hijos, había llegado a Nueva York el día anterior. Para ese martes tenía previsto continuar su viaje hacia California.
“Al principio no entendí qué pasaba. Luego me asusté mucho por las personas que sufrían, por Estados Unidos, por la seguridad del mundo y, claro, por los riesgos para Costa Rica”. recuerda el exmandatario a Revista Dominical, 25 años después.
Rodríguez cuenta que especialmente le surgió esa gran preocupación por su hijo: ¿Dónde estaba Andrés?
“Lorena (su esposa) y yo nos alarmamos muchísimo porque Andrés había llegado el día anterior a Nueva York y se suponía que ese día salía y nos aterramos de que fuera en uno de los aviones”, rememora, al momento en que recuerda que en esa época era difícil el rastreo de vuelos y la aldea global no se había expandido.
La familia, entonces, comenzó a buscarlo.
Vanessa, otra de sus hijas, también estaba en Estados Unidos. Se pusieron en contacto con ella mientras intentaban localizar a Andrés.
Entonces llegó la noticia que les permitió respirar. “Gracias a Dios pudimos pronto localizar a Andrés, que había pospuesto su viaje y estaba a salvo en Nueva York”, cuenta Rodríguez.

A asumir funciones
Una vez tranquilizado, el entonces presidente no podía quedarse únicamente con el alivio de su familia.
Mientras las noticias desde Nueva York seguían mostrando una ciudad golpeada y un país que acababa de entrar en una nueva era de incertidumbre, Rodríguez comenzó a hacer llamadas porque la prensa también exigía respuestas sobre la posibilidad de que hubiesen costarricenses que hubieran sido víctimas del atentado.
“Al mismo tiempo empecé mis contactos con los ministros de Relaciones Exteriores y de Seguridad Pública, el director de la DIS, la Embajada de Estados Unidos y nuestro embajador en Washington”.
La preocupación tenía ahora otra dimensión. Costa Rica estaba lejos de Nueva York, pero el atentado había cambiado las condiciones de seguridad del mundo en cuestión de horas.
Tras el atentado, el Gobierno de Rodríguez decretó duelo nacional en Costa Rica por dos días. Según reportó La Nación en aquel entonces, el mandatario envió una carta a Washington en la que manifestó el “maś enérgico repudio” contra los atentados terroristas.
“Elevamos una plegaria por las víctimas, extendemos su solidaridad a sus familias y reafirmamos nuestros compromisos con la democracia, con los más nobles valores humanistas”, expresó a la prensa en aquel momento porque, inevitablemente, el país también había quedado mirando hacia Nueva York (hasta nuestros días, cinco lustros después).
