
Cuando a Patricia le contaron que su hermano no había regresado a la casa aunque avisó que iba en camino, pensó que quizás se había desviado y que pronto lo vería. Mantuvo esa idea por los primeros días, incluso meses, pero ya han pasado siete años. No tiene certeza de su paradero y puede que nunca la obtenga.
La última vez que vio a Alberto, su hermano, fue a través de una cámara de seguridad. Al montarse en un taxi, después de comer en una soda, se convirtió en una de las personas desaparecidas que las autoridades no han logrado localizar.
Nunca apareció su cuerpo, su ropa o su billetera. No ayudaron las entrevistas que les hicieron a los sospechosos ni la búsqueda exhaustiva que su familia organizó en la zona donde se esfumó.
Si lo asesinaron, a sus allegados se les privó de una vela, de un funeral o cualquier ceremonia que les permitiera decir adiós. “Algunos de mi casa dicen que a él le hicieron algo, hay sobrinos que piensan que se fue. Pero uno como hermano sabe y ya nosotros sentimos que él no está”, cuenta Patricia.
‘El no nos va a hacer esto’
A sus 64 años, Alberto era una persona respetuosa, cariñosa y hogareña, comenta su hermana. Pese a que no lo veía con frecuencia, pues vivía fuera del país, él volvía anualmente con regalos para toda su familia: seis hermanos, sobrinos y varios nietos.
Prueba de ello es que en febrero de 2019 viajó para visitar a su madre, quién padecía Alzheimer en estado terminal. Entonces decidió irse por un día a Guápiles, a la clínica de su dentista de confianza, y se mantuvo en comunicación con normalidad.
El temor se extendió por la familia cuando a la mañana siguiente se despertaron con su ausencia. “A un hermano lo llamaron y de una vez se puso a llorar. Dijo: ‘Lo mataron, no hay de otra, lo mataron. Él no nos va a hacer eso’“, recuerda Patricia.
La zozobra se agudizó tres meses más tarde, cuando falleció su madre. “Nosotros decíamos: ‘Tal vez llegue. Si él se fue por gusto, cuando vea que mami se fue, él va a llegar’. Fue como un momento en que todos esperábamos, pero él no apareció”.
Con la desaparición también vendría el desgaste emocional de sobrepensar qué le pasó a Alberto. ¿Lo habrán golpeado, habrá sufrido y, si lo mataron, dónde están sus restos?
Esa incertidumbre, de no saber si llorar una ausencia definitiva o seguir anhelando un regreso, es “una forma cruel que nos obliga a vivir entre la esperanza y desesperación, mientras el tiempo avanza en el mundo y en nuestra familia se detiene”, según cuenta una de sus sobrinas.
¿Quién atiende el vacío?
Mientras buscaban las piezas para armar el rompecabezas de la desaparición de Alberto, Patricia y su familia hablaron con decenas de agentes judiciales. Y en varias ocasiones, recuerda haberse sentido atrapada en un laberinto. “A uno ni le dan pelota”, dice. “Es como misión perdida”.
“Uno de los de arriba me dijo: “Ay, señora, él lo que anda es en la playa con unas muchachas’. Fue tanto que yo le respondí: ‘¿Sabe qué, señor? Ojalá a usted nunca le pase lo que nos está pasando a nosotros’. Y luego se tiró en el sillón y me dijo: ‘Pues si me pasa, me quedaré esperando a que lo busquen’”, narra.
Cristian Mora, jefe de la Sección de Apoyo Psicológico Operacional del Organismo de Investigación Judicial (Sapso-OIJ), reconoce que es responsabilidad de la institución brindar tratos sensibles y respetuosos; por eso, insta a que las víctimas de comportamientos apáticos lo denuncien ante la Contraloría de Servicios del Poder Judicial.
“Si no lo recibieron (un trato sensible), quien lo hizo tiene que tener un abordaje para que eso no vuelva a repetirse. ¿Qué ganas de cooperar con la justicia va a tener alguien que reciba un maltrato de este tipo?”, afirma.
Además, antes de ser parte de la Sapso, Mora trabajó como agente de investigación en casos de personas desaparecidas y todavía recuerda la impotencia de no poder demostrar quién cometió el crimen, pese a tener indicios policiales.
“Genera una sensación de incompletitud, de cómo no podemos cerrar ese tema. Y a esto hay que sumarle pesos emocionales de que si quien investiga, por alguna razón de condición de vida, se engancha o se ve reflejado en ese tipo de casos. Por ejemplo, personal de investigación que tenga una hija (en casos de desaparición de niños) o que haya su sido una desaparición de un ser querido”, acotó el agente.
No poder procesar el duelo
De acuerdo con Josymar Chacín, psicóloga con doctorado en Ciencias Humanas, cuando una persona fallece, sus allegados deben procesar la muerte a través de cuatro etapas: aceptar la realidad de la pérdida, vivir el dolor, readaptarse a la vida y recolocar al fallecido en un espacio que ya no es terrenal.
Esa primera fase facilita el resto del duelo, pero si no se puede visualizar el cuerpo del fallecido, se puede incurrir en distintos mecanismos de defensas y pretender que la situación no es real.
Encima, cuando la muerte es inesperada o producto de un accidente, se debe transitar un trauma adicional. Y en los casos en que no se logra aceptar el hecho, las personas puede quedar “ancladas”.
Una de sus pacientes, recuerda, tardó más de 10 años en aceptar la muerte de su hermano, quien desapareció mientras volaba en un avión, el cual nunca aterrizó. Le costaba llorar y estaba pendiente del teléfono, a la espera de su llamada, e incluso mantuvo intacto su cuarto en su hogar.

“Nosotros necesitamos una razón de las cosas y la muerte es complicada porque muchas veces no entendemos por qué la gente muere, aunque sea por una enfermedad. Es mucho más difícil entenderlo cuando es un proceso imprevisto (...). Ciertamente en ese duelo, el poder ver al fallecido implica asimilarlo y que aceptar la realidad sea muchísimo más fácil”, explica Chacín.
En 2024 se reportaron 3.897 personas no localizadas en Costa Rica, mientras que en 2025 la cifra ascendió a 4.193.
Entre enero y marzo de 2026, el OIJ contabilizó 976 personas desaparecidas, con la mayor cantidad de casos concentrados en San Jose (410), Alajuela (162) y Guanacaste (86), según el OIJ.
De esta población de desaparecidos, el 99% regresa a sus hogares, se reencuentra con sus seres queridos y retoma sus rutinas. Pero dentro deñl 1% restante hay historias como las de Alberto o la de Paula, sumidas en un duelo suspendido.
Intentar cerrar una herida abierta
La tarde de un sábado de febrero, Paula salió de su casa hacia una fiesta en el barrio. Estuvo con unos amigos y le envió un mensaje a su mamá, nada fuera de lo normal. Pero más de tres años han pasado; al sol de hoy, se desconoce dónde está.
El caso de Paula es uno inusual: pese a que su cuerpo no apareció, la Fiscalía defiende que fue asesinada. Los homicidas fueron condenados en un primer juicio, pero el expediente sigue abierto porque apelaron la condena.
Carolina, una de las familiares de Paula, recuerda que los primeros días fueron los más complicados, pues su mente se ocupaba de todos los escenarios posibles. “Hay que ser fuerte para todo lo que se escucha. Uno está en medio de la incertidumbre, queriendo simplemente que la persona regrese con vida a casa. A medida que los días pasan, vas cayendo en la realidad tan terrible que es aceptar que no va a regresar”, dice.
Ni ella ni sus familiares se explican cómo pudo haber ocurrido la desaparición y les tomó años aceptar que Paula ya no está viva; han querido cerrar un capítulo a sabiendas de que seguirá abierto. “Es mejor a vivir aferrada a una mentira bonita que lastima más”, lamenta Carolina.

Y en ese proceso, llevaron a cabo una ceremonia íntima. Compartieron recuerdos, mientras veían fotografías de Paula, y le pedían a Dios que su alma encontrara paz.
“Yo también me quise cerrar a la idea de que estaba con vida porque uno no quiere admitir lo peor, pero al final es hacerse más daño. En los días que se me hacen más difíciles, pienso que anda de viaje y donde está no hay señal para comunicarnos. La mente a veces quisiera pensar que está con vida, porque nunca llegamos a despedirnos. Es un duelo no cerrado”, comenta.
“Ahora que se desaparece tanta gente, es como que en medio de la tristeza uno dice: ‘Ay, qué dichosos que les apareció aunque sea un dedo’, porque es así de cruel. Uno está esperando que algo aparezca para cerrar el círculo, porque siempre va a quedar como eso ahí”, añade Patricia.
‘Nadie está preparado para la muerte’
Viviana Cárdenas Caiztoa, quien lleva cerca de 15 años trabajando en funerarias, ha coordinado distintas ceremonias para familias que nunca recuperaron el cuerpo de su ser querido, ya fuera por desapariciones, incendios, accidentes marítimos o de tránsito, o porque los restos no se encontraban en condiciones adecuadas.
Aunque resulta inusual contratar un servicio completo de velación y entierro sin el cuerpo presente, sí es frecuente que las familias repartan dijes con fotografías del fallecido o adquieran una urna simbólica para darle sepultura. Y en la mayoría de los casos, optan por celebrar una misa o una oración.
“La gente piensa que el morirse es malo, triste, agobiante”, comenta la administradora de la Funeraria Montesacro, quien trata de trasmitir una visión positiva sobre el ciclo de la vida a la población.
Además, los rituales son esenciales para procesar el duelo, según la psicóloga Josymar. “Tanto para el que murió de forma natural, como el que realmente fue de forma trágica imprevista, hay que hacer completamente el cierre. Y si hay algo con el que puedas de verdad asimilarlo, es lo mejor“, señala.

Luego de haber perdido a su familia sin lograr despedirse, Paula sabe que su dolor no cerrará, pero procura sanar día con día. “Hay que intentar aceptar lo más difícil, que es que ya no están sin ver un cuerpo, antes de seguir lastimándonos y que al final el golpe sea más duro”, dice.
En esa línea, Patricia también evita “hundirse en la tristeza” por sus otros hermanos, hijos, sobrinos y nietos. Quizás así lo querría Alberto.
“Si usted tiene su familia, sépala cuidar y apreciar, porqu después de esto ya no hay nada que hacer. Hay hermanos que se pelean hasta por un sillón en una casa y la verdad es que no vale la pena”, anota.
“Somos las personas que nos toca intentar ser fuertes y exigir justicia porque la merecen, hoy más que nunca, porque ni tan siquiera pudieron volver a casa a ser despedidos”
— Carolina, familiar de Paula, desaparecida
