
La última vez que Arnoldo vio a su familia antes de salir de Costa Rica llevaba consigo algo más pesado que una maleta: la certeza de que quedarse podía costarle la vida. Había pasado meses cambiando de vivienda, intentando que nadie supiera dónde estaba, revisando los vehículos estacionados frente a su casa y bloqueando números desde los que llegaban amenazas.
En redes sociales habían publicado su rostro y, según cuenta, habían ofrecido dinero a quien revelara su paradero. También había recibido insultos, mensajes en los que hablaban de matarlo y, en una ocasión, una agresión física que le dejó una lesión en la cabeza.
Hoy Arnoldo (nombre ficticio) permanece fuera del país y se encuentra en proceso de pedir refugio alegando persecución política, siendo una cifra más de los miles de costarricenses que piden protección internacional.
Previamente, Revista Dominical había informado que hay más de 1.800 casos de costarricenses que están pidiendo refugio fuera del país; esta misma semana, también informamos de tres casos de costarricenses que buscan refugio en el extranjero: uno alega amenazas vinculadas con un policía relacionado con el narcotráfico, otro alega violencia doméstica y un tercer caso que se trata de un funcionario público que asegura haber recibido represalias tras denunciar irregularidades en la otorgación de permisos en el Estado.
Ahora se suma el caso de Arnoldo. Por obvias razones de seguridad y a solicitud de la fuente, Revista Dominical mantiene en reserva su identidad y ubicación.
In crescendo

Arnoldo asegura que todo comenzó, o al menos tomó otra dimensión, durante la campaña electoral de Costa Rica para las elecciones que ocurrieron en febrero del 2026. Arnoldo se define como “una persona de ideas socialdemócratas, crítico de algunas decisiones del gobierno de Rodrigo Chaves y defensor de las libertades civiles”.
Durante la precampaña y la campaña para los comicios, comenzó a participar activamente en espacios de oposición. “No tenía ningún interés partidario como tal. Yo estaba apoyando a todos los partidos de oposición. Lo que quería era alertar a los votantes de hacer un voto informado”, recuerda (este medio corroboró su participación activa en redes sociales).
Arnoldo hoy sostiene que esa posición lo convirtió en blanco de una campaña de ataques personales. Primero fueron las publicaciones. Después, asegura, llegaron las amenazas.
Primeramente, Arnoldo recuerda que se le acusó de delincuente en redes sociales. “Eso golpea fuerte en la moralidad de uno”, dice. “Ver publicaciones de ese tipo, que mi familia las leyera… Fue un golpe emocional”.
La vida cotidiana empezó a cambiar, abruptamente, al punto que un vecino llegó hasta su vivienda y lo golpeó en la cabeza. “Me decía que dejara en paz a Rodrigo Chaves, que no fuera necio”, recuerda Arnoldo.
Después de aquel episodio se sintió tan angustiado que buscó mudarse. Se trasladó a otra zona e intentó mantener en secreto su nueva dirección, pero el anonimato no duró mucho.
Según cuenta, personas comenzaron a buscarlo en el barrio. Aparecieron carteles con su rostro en el vecindario y en sectores cercanos. “Empapelaron todo el portón de mi casa”, recuerda.
Después, dice con la voz entrecortada, empezaron a acumularse mensajes en su cuenta de Facebook y en el correo electrónico. Incluso, una publicación en Facebook, asegura, mostraba su fotografía y ofrecía ¢500.000 a quien informara dónde vivía.
En los comentarios Arnoldo leyó comentarios que decían: “vamos a quemar el cuchitril’, ‘a ese hijueputa hay que matarlo’, ‘¿dónde es para ir?’”. Unos días después, asegura, un influencer afín al oficialismo fue a buscarlo al barrio y gritó su nombre a lo largo de la cuadra.
Fue entonces cuando, según su relato, dejó de sentir que aquello era solamente una pelea política en redes sociales. “Por primera vez yo sentí que mi vida corría peligro. Me sentía perseguido”, recuerda.
Arnoldo presentó una denuncia al Poder Judicial para informarles que se sentía amenazado. Después, según cuenta, pasaron tres semanas hasta que le ofrecieron trasladarlo a otra vivienda. Eso sí: “me dijeron que tenía que desaparecer de la vida pública… Para mí eso es difícil, ya venían las elecciones y sentía que no podía bajar la guardia. Yo quería informar a la gente del voto que tenían que dar en poco tiempo”, recuerda.
En ese momento, Arnoldo participaba de un grupo integrado por personas de distintas corrientes de oposición. No se trataba, asegura, de pedir el voto por un partido determinado, sino que su deseo era movilizarse contra el gobierno. “No veníamos a decirle a la gente que votara por X. Veníamos a decirle que no votara por Laura (Fernández) y (Rodrigo) Chaves”.
Los datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) registran que, en 2022, por primera vez, las solicitudes de refugio presentadas por costarricenses superaron la barrera de las 1.000, al alcanzar 1.279 casos. Desde entonces, la cifra nunca volvió a bajar de ese umbral.
El crecimiento continuó durante los años siguientes hasta alcanzar un récord de 2.381 solicitudes en 2024. Aunque en 2025 el total descendió a 1.820, el volumen creció un 127,5% al registrado apenas un lustro atrás.
Cercado
El 13 de enero ocurrió, según su relato, uno de los episodios que más peso tuvo en su decisión de abandonar Costa Rica. Aquel día asistió a una reunión en Escazú con dirigentes y personas vinculadas a sectores opositores. La idea, cuenta, era organizar visitas a distintas regiones del país para conversar con agricultores y otros grupos.
Después, asegura, una persona vinculada al gobierno central se infiltró en la reunión y algunas de las personas presentes quedaron relacionadas públicamente con un supuesto plan para asesinar al presidente.
Las alarmas se encendieron cuando pidió un Uber para ir a su casa. “Yo iba en el carro e iba viendo en el retrovisor que venía una moto pandillera detrás de mí”. Llegó a la casa, con las llaves en la mano, y entró rápidamente. Se quedó largas horas de la tarde y la noche viendo a la ventana. Aquella motocicleta no se iba y su preocupación aumentaba. Entonces, decidió llamar a una amistad. “Mi amiga me dijo: ‘tienes que salir de San José porque si no te van a acostar’”.
Durante las semanas siguientes, cuenta, regresaba a su vivienda con miedo. Afirma que observaba vehículos estacionados frente a la casa y que en una ocasión un amigo que lo fue a visitar le advirtió que vio un carro sospechoso. “Salí con el teléfono y el tipo me vio. Me siguió con la mirada. Apunté la placa del carro y luego me metí a revisar y la placa no correspondía con el modelo del carro. El sentimiento que tuve fue horrible… Aterrado”, cuenta.
Uno de los peores momentos que vivió fue cuando estaba caminando en un centro comercial y mientras almorzaba con su familia se le acercó un desconocido y lo interrumpió: “llegó el tipo y me dijo: pedazo de hijueputa. Te vamos a matar. Se me revolvió el estómago y se me quitó el hambre. Me tuve que ir a la casa”.
En la soledad de su hogar, fue que se convenció: “simple y sencillamente, después de ver toda la situación que yo he venido enfrentando, la violencia física, emocional, las ofensas, decidí salir del país”.
A comienzos de año, Arnoldo alistó una maleta grande con bastante ropa y abandonó Costa Rica. “Es lo último que uno como costarricense quiere. Algunos pueden decir que es que yo quisiera ser político y nada que ver. Inclusive tuve una oportunidad con una diputada y yo le dije que no me interesaba un puesto político”.
Aún con todo el sufrimiento y los kilómetros que lo separan de su familia, Arnoldo dice que todo lo que ha vivido ha sido por la democracia. “Me metí en camisa de once varas y lo volvería a hacer por mi país, pero la realidad es que hoy nadie me financia”, cuenta, con respecto adonde vive hoy. Arnoldo habla de que tiene que estirar el presupuesto, de hacer fletes de cualquier tarea que aparezca.
Uno de los pensamientos que más le duele es no poder estar en un evento importante de su familia este año, algo que conversó con su pariente. “Yo le pregunté: ‘¿Usted me resiente que yo no esté y yo no voya a estar…?’ Y él me dijo: ‘yo le resentiría a usted que estuviera muerto’. Prefiero que esté allá a que lo maten”.
Él insiste en que no se considera un hombre de izquierda ni de derecha y que esas etiquetas dejaron de importarle. Dice que fue crítico de decisiones de distintos gobiernos y que su posición fundamental es otra. “Me gusta la libertad. Yo no quiero una dictadura. Estoy pasando un momento difícil. Espero que las cosas cambien, pero sobre todo espero que pueda sobrevivir”.