Ernesto, de 26 años, trabajaba como salonero en un restaurante de Puntarenas pero, en 2020, motivado por la crisis económica provocada por la pandemia de la covid-19, se fue para Estados Unidos.
Toda la vida tuvo un alma aventurera, así que no le dio miedo hacer maletas. Sin embargo, en 2021 cometió un error que lo persiguió hasta el pasado mes de agosto del 2026: pedir asilo político para intentar regularizar su situación migratoria.
Hoy Ernesto reconoce que fue un error hacer esa solicitud, pero no pensó que, cinco años después, eso terminaría provocando que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) emitiera una orden de deportación que lo obligaría a vender todas sus cosas y escapar del país.

Vivía en Oakland, California, donde trabajaba en una granja de cultivo de marihuana (de forma legal). También hizo labores de salonero, limpieza de piscinas y jardinería. No le iba mal, pero todo cambió el 20 de enero de 2025, cuando Donald Trump asumió su segundo mandato como presidente de Estados Unidos.
La población migrante se convirtió en un objetivo, sin importar que fueran personas decentes, trabajadoras, responsables, que pagan sus impuestos y tengan licencia y permisos laborales. Especial blanco de la discriminación fueron los latinos que encajaban en el estereotipo: bajitos, morenos, rasgos centroamericanos, acento en su pronunciación del inglés o, del todo, no hablar inglés.
“Del 2020 al 2024 todo estuvo bien, yo hacía dinero, ahorraba, pagaba mis cosas, pero todo empezó cuando entró Trump. Empecé a ver represión, no se podía andar en la calle, había muchos policías y el tema racista allá es muy marcado. Los policías blancos vivían parando a los latinos”, recordó Ernesto.
En Estados Unidos es común que los latinos se agrupen afuera de las tiendas de ferretería, por ejemplo Home Depot, a la espera de que los clientes que necesiten hacer algún trabajo en su hogar los contraten. Ernesto vio su primera redada fuera de un Home Depot.
“ICE llegó a un Home Depot que estaba a la par del gimnasio donde yo entrenaba. Hicieron una redada y tomaron todo por sorpresa. Yo afortunadamente soy de tez blanca y mido más de 1,80 metros, entonces paso un poquito desapercibido, pero las personas morenas eran el objetivo principal”, recordó el joven de 32 años con un poco de pena, ya que no le enorgullece decir que fue su aspecto lo que lo salvó.
Los latinos empezaron a esconderse. Se volvió normal ver para otro lado cuando se presenciaba algún abuso de autoridad por parte de la policía. Los lunes y martes se volvieron los “días calientes” de las redadas.
Amigos de Ernesto empezaron a convertirse en víctimas de la persecución.
“Había una familia de salvadoreños que eran amigos, ellos tenían una cita en migración porque estaban en proceso de sacar papeles. El papá de la familia llegó a las instalaciones de Migración pero el resto de la familia se quedó en el carro. Cuando él entró a la entrevista le dijeron que sí, que todo estaba bien, pero que tenían que hablar con la familia primero. Él fue, trajo a la familia, y cuando entraron los arrestaron a todos para deportarlos”, recordó aún con incredulidad.

Según reportó The Washington Post, ICE está eliminando de su base de datos en línea, consultable por el público, a los inmigrantes que cuentan con órdenes definitivas de deportación. Esto provoca que las familias y abogados se queden sin información de ellos, mientras intentan averiguar a dónde ha sido trasladada cada persona.
Además, se le prohibió a los agentes de inmigración compartir por teléfono información sobre la ubicación de un detenido con sus abogados o familiares. Organizaciones defensoras de los derechos de los migrantes temen que esta sea una medida para acelerar las deportaciones y “atropellar” los derechos de los inmigrantes.
Hasta que le tocó a Ernesto
Sus 1,80 m de estatura y su tez blanca le sirvieron de camuflaje durante poco más de un año... hasta que en marzo del 2026 todo se desplomó.
Él tenía una novia estadounidense y estaban por casarse; de esta forma, Ernesto podría regularizar su situación migratoria. Llevaban ya algunos meses gestionando los trámites cuando, un día de marzo, su abogado lo llamó: “Se cayó todo, no va a ser posible, te giraron una orden de deportación, me extraña que todavía estés acá porque con cualquier contacto directo con un policía te detienen”.
Ernesto reconoce que por su mente ya había pasado la posibilidad de devolverse a Costa Rica. La situación económica ya no era ventajosa en Estados Unidos, el costo de vida era muy elevado y ya no estaba logrando ahorrar.
“Desde que Trump entró cambió todo, la economía empeoró, el trabajo disminuyó mucho, la gasolina y la comida se disparó. Yo pasé de pagar $80 por el seguro del carro en 2023, a $196 en 2026. Así fue con todo, se triplicó el precio, entonces uno se empieza a cuestionar si valía la pena estar allá”, rememoró.
Su plan era casarse primero, de manera que los trámites se gestionaran y, unos meses después, podría volver para reunirse con su esposa.

Pero aquella solicitud de asilo lo perseguía incluso sin él darse cuenta. Debido a que en 2021 planteó dicha gestión, su nombre ya había entrado en las bases de datos de Estados Unidos.
En 2021 y 2023 lo habían citado para comparecer ante un juez migratorio en Texas, sin embargo, él decidió perder ambas citas: le daba terror abandonar California para viajar a un estado con fama de represión.
Además, Ernesto reconoce que después, su abogado le explicó que sería difícil demostrar que un costarricense era perseguido políticamente en su país. “La verdad yo no estaba en un peligro inminente de vida y muerte en Costa Rica”, reconoció el entrevistado por Revista Dominical.
No obstante, al encontrarse en las bases de datos con un estatus migratorio irregular, y faltar a dos citaciones, fue muy fácil para la autoridad migratoria emitir una alerta de captura y deportación en marzo del 2026.
Ernesto ya había comprado su vuelo hacia Costa Rica, pero lo que en principio era una retorno se convirtió en una huída.
Lo llamaron por los parlantes del aeropuerto
Ernesto compró su boleto de avión hacia Costa Rica con escala en San Salvador. Tuvo que vender o regalar todas sus pertenencias en Estados Unidos para juntar algunos de sus ahorros.
“Yo escuché el caso de Randall Gamboa, el tico que llegó en coma y murió. También conocí la historia de una señora, la mamá de una amiga mía, que la capturaron en Texas y la tuvieron detenida 10 meses antes de deportarla. Una estupidez. Además los centros de detención son una basura. Así que yo decidí que no quería ser capturado, no quería que me arrestaran”, recordó el migrante costarricense.
Ernesto llegó al Aeropuerto Internacional de San Francisco, California, el viernes 14 de agosto. La terminal aérea estaba abarrotada, pero entre la muchedumbre logró ubicar a los agentes de ICE.
Él asegura que es fácil diferenciarlos: su postura corporal, su forma altanera de observar a las personas, su ropa de civil, la ausencia de maletas, están siempre callados y serios, ambos son altos y corpulentos, siempre son parejas, uno blanco, uno latino.
“Yo supuse que ellos sabían que yo iba para ese aeropuerto, porque Estados Unidos sabe todo de todo el mundo, entonces yo estaba un poquito preocupado”, explicó Ernesto.
El tico logró pasar por los controles de seguridad del aeropuerto y llegó a la sala de abordaje. Los pasajeros hacían fila. En ese momento, se activaron los altavoces.

“La asistente de vuelo tomó el micrófono y llamó a varias personas para que se presentaran primero a la puerta de abordaje, y ahí mencionaron mi nombre. Yo supe que si yo iba me agarraban. Todos los que llamaron eran el estereotipo físico de latinos, centroamericanos”, rememoró.
En ese momento, Ernesto vio cómo los agentes migratorios, que sin él notarlo se habían ubicado a unos cuantos metros del personal de la aerolínea, se acercaron a la puerta de abordaje y empezaron a revisar los pasaportes de las personas que llamaron.
“Yo no fui, me hice para atrás de la fila, me quedé casi de último. Ellos buscan al nervioso, entonces yo llegué sintiéndome gringo, bien vestido, viendo a la gente por encima del hombro. Yo no soy así, pero tenía que meterme en el papel. Pero me dije, ‘si yo veo que estos maes arrestan a uno solo de ellos, yo me voy, prefiero perder el vuelo a que me arresten’”, recordó.
Los agentes revisaron los pasaportes pero no arrestaron a ningún pasajero. Ahora bien, Ernesto no se podía arriesgar, porque él tenía una orden de deportación en su contra. Por eso hizo silencio, se quedó atrás y esperó.
Finalmente, con paciencia y los nervios de punta, Ernesto logró abordar el avión. Asegura que no respiró tranquilo hasta que vio la puerta cerrarse.
“En un mes que llevo en Costa Rica me ha ido mucho mejor de lo que me iba los últimos meses allá, porque uno puede crearse las oportunidades. Es muy difícil que yo vuelve allá, y sería solo legalmente, pero no volvería a ir a busca trabajo. Por ahora, no quiero volver a saber nada de ese país, porque el sueño americano ya no es como lo pintan”, concluyó el joven.
