Revista Dominical

Conozca al papá del León de la Liga, la Vaca Lula y Comelón

Rodrigo Lizano le ha dado vida a las mascotas de decenas de marcas e instituciones en Costa Rica. Sus creaciones han acompañado a niños y grandes por más de 40 años

Esta historia comenzó hace unos 65 años, cuando cada domingo el pequeño Rodrigo veía a su tío mientras formaba, a partir de una pelota de barro, unas máscaras para que el chiquillo jugara. La imaginación volaba. Rodrigo, escondido detrás de un antifaz hecho de papel y goma, podía ser quien quisiera: un héroe o un feroz animal de la selva.

En ese entonces Rodrigo ni imaginaba que, con los años, el arte de crear máscaras se iba a convertir en su manera de vivir y en una forma de llevar ilusión pura a los niños de muchos países (y también a los adultos). Lo que para el inquieto niño era un juego, luego sería el oficio con el que sacó adelante a su familia.

Desde que Rodrigo se divertía con las máscaras que le hacía su tío muchas cosas han cambiado, pero sus ganas de jugar siguen intactas. “Yo nunca he dejado de ser niño y me encanta”, dijo Lizano, hoy de 73 años, y quien desde hace cuatro décadas se dedica a ser botarguero o creador de disfraces.

En nuestro país, de hecho, don Rodrigo es conocido como el ‘papá de las botargas’, esos muñecos inflables y de peluche que amenizan todo tipo de eventos, tanto lúdicos como comerciales. Son personajes representativos de grandes y pequeñas empresas, son sus mascotas; pero también los hijos de don Rodrigo, esos que nacieron a partir de su imaginación y de su talento para la escultura y la pintura.

La Vaca Lula y sus amigos (Dos Pinos), Teletoñín (Teletón), Pozuelín (Pozuelo), Museito y Museita (del Museo de los Niños), el León de la Liga, Guía y Scout (de los Guías y Scouts), Doña Dona, Rock (del OIJ) o Torito (Súper Compro), son algunas de las mascotas más famosas que ha hecho don Rodrigo, pero detrás de ellas (peluches o inflables), hay otras que marcaron la historia infantil en nuestro país.

Al hablar de sus creaciones, Lizano suelta un profundo suspiro y dice que lo que más lo satisface de su trabajo es ver las caras de los niños cuando ven a su personaje favorito divertirlos. “Ver que tu trabajo le gusta a los niños es algo que no se puede pagar. Aunque bueno, también hay momentos de tristeza, cuando un chiquito rechaza a una de las botargas, claro, eso pasa muy poco, hay niños que nadie los hace acercarse a un disfraz”, recordó el artista.

Otra de sus partes favoritas de ser botarguero es la libertad creativa. “Cuando te gusta la pintura y la escultura, y no tuviste tiempo de desarrollarlas por las ocupaciones de la vida, ser botarguero te da esa oportunidad de expresarte por medio del arte. Cuando me siento frente a una pelota de barro en crudo soy feliz”, agregó.

Los primeros pasos como botarguero los dio Lizano por casualidad. Él trabajaba en una empresa que le brindaba servicios al Parque Diversiones, hace más de cuatro décadas, justo cuando el parque había traído desde Estados Unidos a cuatro botargas para entretener a sus visitantes: Tío Conejo, Tía Gallina, Tío Chanchito y Tío Coyote. A Lizano lo contrataron para darle mantenimiento a los muñecos, pero para su sorpresa se dio cuenta que en su interior estaban hechos de cartón, un material poco duradero.

“Nosotros lavábamos y arreglábamos los trajes, pero por el material con el que estaban hechos no duraban mucho. Yo, para ese tiempo, ya había traveseado un poco la fibra de vidrio, así que me animé a proponer que hiciéramos unas máscaras nuevas con ese material”, contó el botarguero.

El proceso con el que Lizano se propuso mejorar las máscaras, lo desarrolló recordando la forma en que lo hacía su tío. Empezó a trabajar con barro para darle forma a las cabezas y luego las recubrió con fibra de vidrio. Finalmente hizo los acabados, pintando los ojos, la boca y demás detalles

El primer encargo del Parque Diversiones fue que reconstruyera los personajes que ya existían. “El Tío Conejo venía como bravo, tenía una expresión muy seria, como son los estadounidenses. Lo que hicimos, a partir del barro, fue darles expresiones más adecuadas para nuestra idiosincrasia, hasta el chanchito lo hicimos más acorde con nuestras costumbres”, aseguró el artista.

A Tío Conejo se le agregó una sonrisa y eso lo cambió todo, tanto para el personaje como para la vida de Lizano y de su familia.

Posteriormente, del Parque Diversiones le encargaron que hiciera a otros personajes relacionados con los Cuentos de mi tía Panchita, para que fueran las mascotas del lugar. De las talentosas manos y de la mente de Rodrigo nacieron entonces la zorra, el lagarto y el lobo.

“No me dieron diseños, solo me dijeron que los hiciera. Era yo con una pelota de barro, por lo que de mi imaginación salieron los diseños directo al barro para moldearlos. A mí me gusta el dibujo y la escultura en madera, pero tuve que aprender a hacer bien las esculturas en barro por necesidad”, afirmó Lizano.

El artesano se metió tanto en el mundo de las botargas, que en poco tiempo cayó en cuenta que la vida lo había colocado en un mundo repleto de brochas, cemento, pinturas, telas, peluches, máquinas de coser, barro y fibra de vidrio. Lo tenía todo para formar su propia empresa: Artesanías y Servicios Rodrigo Lizano.

Su trabajo fue hablando por él. La calidad de los muñecos que había hecho para el Parque Diversiones gustaron mucho a empresas de publicidad y también a varias compañías familiares, las cuales no dudaron en buscarlo para que le diera vida a sus mascotas.

El siguiente contrato llegó de la mano del Comelón de Harricks, un personaje que quienes fuimos niños en los años ochenta y noventa recordamos con gran cariño. ¿Lo recuerdan? Ese que nos decía ‘niños, pequeñuelos, personas diminutas’...El amigo de todos los niños.

“He visto unas congojas porque cuando se empieza a desinflar un muñeco al carajo el vacilón. Ahí sale todo el mundo corriendo para agarrar al personaje y que los niños no se impresionen porque eso es casi lo mismo como que un botarguero se quite la máscara en plena presentación, se va la ilusión

—  Rodrigo Lizano, botarguero

“El Comelón tenía su caricatura, pero es muy difícil pasar de una cosa a la otra”, contó Lizano. Para elaborar al Comelón su cabeza se hizo de fibra de vidrio, mientras que el cuerpo era de peluche. Por dentro, además, tenía unos hula-hula para que se viera gordito. “Era un vacilón”, recordó con cariño el papá del Comelón.

Después llegaron otros pedidos, como la vaquita Elsie, de la compañía Borden. Con este personaje hay una anécdota muy curiosa y es que una vez se llevó la botarga a Inglaterra para ser presentada en una reunión con los altos ejecutivos de la empresa en el mundo. Les gustó tanto el disfraz, que los ejecutivos empezaron a hacerle órdenes de compra a Lizano en las servilletas que estaban en el almuerzo de aquel encuentro. Lizano contó que fueron más de 30 vaquitas las que se hicieron para exportar a Europa y Sudamérica.

En el camino se sumaron otros queridos personajes, tales como el Doctor Muelitas de Colgate, los perritos de Kimberly Clark, el Lagarto Tosty, los osos de Coca-Cola y también los de equipos de fútbol como el León de la Liga y el Monstruo de Saprissa.

Algo que ha marcado el estilo de Lizano son las expresiones de las caras de sus muñecos. Esta es una parte muy importante para que los personajes tengan personalidad más allá de la que les dan quienes los visten. Las expresiones se logran gracias al manejo que el artista le da a las esculturas con barro.

“Cuando se trabaja en el barro se parte desde cero, con una pelota nada más. En el camino se van agregando y quitando pedacitos del barro para ir formando las caras de los personajes. Así es como se van definiendo los detalles más relevantes en los cachetes, los dientes o la boca. Todo empieza en la mente, ahí se ven los colores, las pinturas y antes de que nazca un nuevo hijo ya uno lo ve en su cabeza”, explicó.

Lizano tiene la costumbre de incorporar los clientes a su trabajo. Él los lleva a su taller para que aprueben las esculturas de barro y ahí todos se suman al diseño. “Muchas veces llegan apáticos, pero en cuanto toman el barro y trabajan con él, se les sale el alma de niños”, recordó.

“Cuando hice el León de la Liga duré como cuatro meses, porque los directivos iban según ellos a ayudarme y aquello se convertía en unas tertulias muy entretenidas. Tuve que decirles que ya no fueran más porque no me iban a dejar terminar nunca”, recordó entre carcajadas aquella anécdota.

Hace 40 años el negocio de la creación de botargas no era sencillo. Rodrigo y su equipo de trabajo se las tenían que ingeniar para mejorar los diseños con tal de facilitarle la vida a quienes se metían dentro de los personajes. Además, los materiales eran escasos.

El diseño estaba a cargo de Lizano, mientras que en cuestiones de confección trabajaba con un equipo que le ayudaba con la costura. Además contó con una colaboradora muy importante que, al día de hoy, sigue siendo un baluarte en su empresa: su esposa, la diseñadora de alta costura Elizabeth Artavia.

Como en aquellos años los materiales eran muy limitados, empezaron a hacer “de tripas chorizo”, explicó Lizano. Con las telas de peluche, por ejemplo, en nuestro país solo existía una tienda de unos israelitas cerca del Mercado Central, en San José, donde las compraban; pero había pocas opciones de colores y tipos de peluche.

“Teníamos que hacer malabares para que los clientes aceptaran lo que podíamos darles. Había que negociar mucho. Una de las soluciones era que, para no perder la imagen de las empresas, le poníamos a los muñecos alguna camiseta o un objeto que identificara a la marca”, afirmó Lizano.

El botarguero ha confeccionado otros muñecos muy recordados como el Comelón de Harricks, Tío Conejo, el Doctor Muelitas, el Lagarto Tosty y las mascotas de la Liga y Saprissa

Luego, el equipo de trabajo encontró una bodega que traía telas desde México, por lo que Lizano vio en la importación un apoyo para su negocio. Por medio de muestras de catálogos, el empresario comenzó a traer del extranjero mayor variedad de materiales.

Sin embargo, había que solucionar un problema muy serio de los trajes y era el tremendo calor que se generaba adentro. Con las altas temperaturas, quienes vestían las botargas la pasan muy mal adentro. La visión de Lizano lo llevó a experimentar con varias opciones, como sucedió en el caso del Comelón, a cuyo traje le colocaron tres pequeños abanicos que se movían con baterías de 1.5 voltios.

“Si andaba en algún lugar y veía un ‘abaniquito’ lo compraba. Luego salieron las computadoras que adentro del CPU traían unos ventiladores pequeños y eso nos ayudó mucho. No digo más porque son secretos de nuestro negocio”, dijo entre risas.

“La importancia de estar a gusto dentro de un disfraz es que la persona que lo lleva puede expresarse con más facilidad, pues así puede liberar su imaginación y darle al personaje una personalidad. Para eso, sin duda, se necesita comodidad y no estar ahogándose adentro”, explicó el botarguero. Con esa misma visión Lizano siguió innovando, al punto de poner dentro de los muñecos un sistema de aire acondicionado para mantener fresco el ambiente.

Por muchos años los muñecos de peluche fueron la sensación, pero con el tiempo llegó una innovación que encantó tanto que se volvió una moda: las botargas inflables. Sin embargo, para un botarguero que aprendió el oficio en solitario, aquello representaba un gran reto.

Había que estudiar cuáles eran las mejores telas, qué tipo de costuras debían de llevar los trajes para que no se les saliera el aire, pero a la vez que se saliera un poco para que el muñeco no explotara como un globo. Además, había que tener claro cuál era el mejor sistema de inflado para mantenerlos estables y un montón de etcéteras que a pura prueba y error fueron solucionándose.

La versatilidad de materiales abrió una ventana de oportunidades para Lizano y su empresa. Se podía jugar mucho más con el movimiento de los muñecos, además había más chance de experimentar con diseños y colores. “Probamos de todo, telas para que mantuvieran el aire, costuras dobles y sellos de las telas por dentro”, explicó sobre el proceso.

El sistema de inflado fue uno de los retos más grandes, porque tenían que ser equipos livianos y que permitieran que el disfraz estuviera entero todo el tiempo. Es que, nada es más feo y traumatizante, que ver cómo una querida mascota se va desinflando en medio de un montón de chiquitos.

Para evitar un accidente de ese tipo, el ingenio de Lizano volvió a ser protagonista: el botarguero ideó un sistema de doble inflador, con el fin de evitar alguna emergencia de falta de aire. Puso dos máquinas en los muñecos para tener un respaldo que, en caso de que una fallara, el muñeco pudiera salir de escena con dignidad, sin desinflarse.

“He visto unas congojas, porque cuando se empieza a desinflar un muñeco al carajo el vacilón. Ahí sale todo el mundo corriendo para agarrar al personaje y que los niños no se impresionen, porque eso es casi lo mismo como que un botarguero se quite la máscara en plena presentación, se va la ilusión”, afirmó.

Al preguntarle a don Rodrigo si hay un personaje al que le guarde un cariño especial, inmediatamente confirma que las más de 3.000 botargas que ha confeccionado en su vida tienen la misma importancia para él. Son sus hijos, reitera.

Pero entre tantos y tantos muñecos recuerda un pasaje que marcó vida: cuando se fue a trabajar a un parque de diversiones en Puerto Rico, para la época navideña. En esa ocasión fue el encargado de crear más de 20 disfraces para un espectáculo muy especial, en el que se representaban varios cuentos tradicionales como Pinocho y Blancanieves.

Al final de las presentaciones de cada cuento, todos los muñecos subían al escenario en conjunto para hacer una obra especial para los asistentes. “Verlos interactuar entre ellos, ser personajes con vida, es algo que recuerdo con mucho amor. Era algo bellísimo, me llenó mucho esa experiencia. Al ver la obra de teatro se me salían las lágrimas”, comentó.

Don Rodrigo y su familia han sido botargueros desde siempre y ese legado no se morirá. Su hijo Rodrigo siguió los pasos de su padre y montó su propia empresa llamada Sueños Mágicos, que también fabrica botargas. Don Rodrigo dice estar muy orgulloso de haber llevado el alimento a su hogar a punta de darle alegría a los niños. Para él, ese es su mayor logro.

Actualmente don Rodrigo se hace llamar pensionado, pero no, su pasión por los muñecos sigue más que viva. Todavía hace trabajos especiales porque para él, tener más de 3.000 hijos no es una meta, sino una gran bendición.

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