En 2003 asumió como director de La Nación un hombre cuya formación base no era en comunicación. Alejandro Urbina Gutiérrez era un ingeniero en Sistemas graduado del MIT de Massachusetts que, no obstante, había estudiado una maestría en periodismo en Columbia, tenía 15 años de trabajar en la empresa y dirigió el semanario El Financiero. Ahora, 23 años después, en el marco del 80.º aniversario de La Nación, Revista Domincal visitó a Urbina para reflexionar sobre la historia del medio de comunicación escrito más grande de Costa Rica.
A Urbina le tocó “apañar” gran parte de las innovaciones que trajo consigo el siglo XXI, y él es la definición de early adopter, es decir, una persona más abierta o propensa a incorporar a su vida las nuevas tecnologías (no por nada este ingeniero tiene una finca lechera absolutamente conectada a la nube y la inteligencia artificial). Este medio de comunicación fue tierra fértil para sus “extravagancias”.
El informático entró a La Nación en 1988 para rediseñar y renovar los sistemas administrativos de la empresa, pero aprovechó para hacer algo que traía en la sangre: innovar. Creó una especie de red social exclusiva para los empleados de la compañía y la bautizó como Quorum2. Algunos veteranos periodistas aún la recuerdan.
Urbina también cocreó la primera página web de La Nación y registró el dominio nacion.com en 1994. “Fuimos el primer periódico latinoamericano en ofrecerse en la web”, aseguró el ingeniero.

Un periódico adaptándose a los tiempos
Tras fungir como director de El Financiero (sin ninguna experiencia periodística previa) entre 1995 y 1997, se fue a estudiar su maestría en periodismo a Nueva York. Volvió a Costa Rica en 1999 y se incorporó a la redacción de La Nación.
Para este momento Urbina era el geek de compañía, ese que sabe de computadoras y le enseñó a los periodistas a investigar en internet.
“El entonces director Eduardo Ulibarri me puso de asistente de Julio Rodríguez en la sección de Opinión, y me pidió apoyar la unidad de Investigación y la de Economía”, recordó Urbina. El ingeniero dio sus primeros pasos como reportero de La Nación con más de 40 años.
En esos primeros años lideró un equipo conformado por connotados periodistas como Patricia Leitón, Ernesto Rivera, Giannina Segnini, Rigoberto Carvajal (también ingeniero de profesión), Ronald Moya y Hazel Feigenblatt, entre otros. Ellos cubrieron, por ejemplo, acontecimientos con el Combo del ICE en el 2000.
La Nación llegó al siglo XXI y con eso, llegaron muchos cambios. En 2003 renunció el director Ulibarri y Urbina fue nombrado su sucesor. Como tal, determinó que uno de sus retos era enseñarle a la población la importancia de leer e informarse, por eso, apostaron por la literatura.
En 2003 el medio de comunicación lanzó las revistas conocidas como “Leer para disfrutar”. Se trataba de pequeñas libretas de entre ¢250 y ¢300 que se vendían en los mismos puntos de venta que los periódicos y mostraban cuentos clásicos como Moby Dick, Las aventuras de Tom Sawyer o Estudio en Escarlata.

Según Urbina, estos libros buscaban ser visualmente atractivos pero, sobre todo, accesibles a la mayoría de la población, con el objetivo de fomentar el hábito de la lectura (lo que a la larga beneficiaría al medio de comunicación). Además, se eficientizó su producción para reducir el desperdicio y ofrecer los precios más bajos posibles.
“¡La Nación llegó a publicar 70.000 ejemplares de libros cada 15 días! Se vendían en la calle, incluso había gente que solo compraba los libros y hoy los coleccionan, yo tengo 300 creo. El precio que le pusimos era para salir tablas, para pagar el papel, lo importante era motivar la lectura para que luego leyeran el periódico: estábamos creando lectores que eran potenciales clientes del periódico“, recordó el exdirector.
El periódico también desarrolló otras iniciativas didácticas, algunas quizás recordadas por los lectores de Revista Dominical.
Por ejemplo, cada cierto tiempo se imprimían obras de arte o mapas escolares del tamaño de cuatro planas del periódico, de manera que se pudieran desplegar y pegar en la pared de un aula, un cuarto o una sala de estudio. Urbina aún conserva algunos de esos ejemplares.

Independencia innegociable
Alejandro Urbina fue nombrado director de La Nación en 2003 y, como el “outsider” que era, tenía que ganarse la confianza de los redactores.
El ingeniero y empresario ganadero explicó que, entre lo que más recuerda de su paso por el medio, se encuentra el elevadísimo nivel de independencia editorial e incluso comercial que disfrutó.
Además de liderar los aspectos editoriales del periódico, Urbina asumió las tareas comerciales, como definir las tarifas de la publicidad y determinar cuáles páginas se vendían para pauta. Por lo general, esas labores las asume un gerente publicitario, pero su estilo de gestión era diferente.
“Llegamos a tener 725 mil lectores en un día, los domingos el 28% de la población adulta de Costa Rica leía La Nación. Pero todo el crédito es de Manuel Francisco Jiménez (entonces presidente de la Junta Directiva de Grupo Nación), él fue quien me dio independencia absoluta, sí absoluta, yo publicaba lo que me daba la gana. Cuando a él le preguntaban por alguna publicación respondía ‘nosotros nos desayunamos el periódico igual que ustedes’”, reconoció Urbina con notorio orgullo.

De hecho, el exdirector recordó una anécdota que dejó boquiabiertos a los periodistas de España cuando él viajó para recibir uno de los tantos precios que ganó La Nación en su periodo.
“Yo fui a España y les conté que habíamos publicado que un accionista de La Nación hizo malos manejos financieros durante la campaña política de 2002. Yo reuní a la familia de ese accionista y les dije ‘aquí tengo esto, y tengo estas pruebas, lo voy a publicar, si no quieren que se publique entonces me despiden, pero cuando me despidan y me pregunten porqué, yo voy a decir que ustedes no querían que eso se diera a conocer’. Todos me dijeron ‘dele viaje, publique’. En España nos dijeron ‘eso acá no hubiera ocurrido, lo echan para atrás’”, recordó Urbina con cierto orgullo.
De acuerdo con Urbina para 2004, diez años después de la creación de la página web nacion.com, ya había un público que visitaba el sitio con asiduidad, pero llegaban por medio de alertas que se enviaban a los correos electrónicos.
Además, nacion.com era un “archivo de referencia”, según el exdirector.
Wikipedia aún no tenía relevancia, por tanto, si algún internauta deseaba averiguar información sobre un terremoto, un escándalo de corrupción o una elección presidencial, visitaba el sitio del periódico.
“Como dicen, y es cierto: ‘el primer borrador de la historia es el periódico’”, sentenció Urbina.
Según el ingeniero, la redacción del periódico era abierta a adoptar nuevas tecnologías, e incluso él vio cómo algunos periodistas empezaron a portar los primeros teléfonos celulares.
“Fue muy despacio, pero sí se vio, los primeros eran los Millicom, enormes. Eso fue en los noventas, y se combinó con el boom del internet, la burbuja del registro de dominios, luego la burbuja inmobiliaria...”, expresó Urbina, como dando a entender que le tocó asumir la dirección en una época convulsa.

Aunque tiene muy buenos recuerdos de su paso por el periodismo, Alejandro Urbina reconoce que durante su periodo como director se afianzó una dicotomía peligrosa motivada por el auge del internet.
“Nació la dicotomía entre la actualidad y la rigurosidad periodística, por culpa del internet. Esa dicotomía todavía está vigente hoy, más bien se ha agravado porque todo el mundo quiere publicar instantáneamente, aunque eso no tenga sustento. La palabra clave es ‘rigurosidad’”, explicó el ingeniero.
Su salida del periódico, después de las elecciones presidenciales del 2010, respondió a que disminuyó el nivel de pasión que sentía, y son muy altos los estándares que un trabajo tan exigente requiere. No obstante, él reconoce que La Nación continúa siendo un nicho de veracidad.
“Las civilizaciones se caen cuando se pierde la ética, yo en La Nación aprendí sobre la importancia de la ética, porque la credibilidad se pierde muy fácil y recuperarla es casi imposible, nadie le va a creer”, sentenció Urbina.
