El sol podría tostar la piel y la lluvia empapar los poros que no detendrían el ímpetu de los miles de romeros que aguardan cada 2 de agosto para que el viento les sople en camino hacia la básilica de los Ángeles.
Estos peregrinos vienen de las ciudades urbanas y las zonas periféricas, con la fe depositada en cada paso sobre las acostumbradas calles brumosas; unos para agradecer y otros para encomendarse a la intercesión de la Virgen patrona de Costa Rica. Y allá en su templo, después de convencer por kilómetros a los pies de no vencerse, muchos llevan sus rodillas a la cerámica en dirección al altar.
Caminando lento se llega lejos, dice la expresión, y de ella dan testimonio los costarricenses que perseveran este feriado en honor a La Negrita.

