Revista Dominical

Barva de mis amores: Una semblanza de los años 40 al 70 (más o menos)

De costumbres y tradiciones arraigadas, así es este cantón herediano, donde abundan centenares de historias y singulares anécdotas. Aquí nació un expresidente, vivió un héroe nacional y aún perduran las mascaradas y las cimarronas

Barva de Heredia, lugar en el que nací, cuna de canasteros y mascaradas. En tus caminos de polvo y lastre jugaba, cuando escasas veces al día pasaba una cazadora o un carro.

En las aguas del Tururo y el Zapote, refrescábamos nuestros cuerpos de niños y jóvenes traviesos.

En verano, cuando el zacate se secaba en los potreros, íbamos a resbalar en tablas o en partes de las cáscaras de las palmas, a las que les pasábamos candela por el lado de abajo para que corrieran más rápido. Muchas veces llegábamos a la casa con un montón de “chollones” por todo lado; porque a veces nos salíamos de la tabla y dejábamos parte de los pantalones y hasta parte de la piel en el zacate.

¡Qué tiempos aquellos en los que con cinco céntimos nos comprábamos cinco deliciosos confites de mora en un papelito de envolver pan, con quince céntimos un helado de la pulpería de don Victor Manuel Arguedas y con veinte céntimos pagábamos el pasaje de Barva a Heredia en ‘cazadora’ (bus construido en su carrocería con partes de madera).

Por si no lo saben, de Barva fue donde surgió el dicho: “Le dieron los 20”, que se refería a cuando a uno lo terminaba la novia y era una forma jocosa de decir que le dieron los pasajes para que ‘jalara’ (se fuera).

Con el sonido de las matracas, cada Viernes Santo salíamos de La Gruta acompañando la procesión. La Filarmonía de Barva iba tocando el Duelo de la Patria y, entre pieza y pieza, el redoblante llevaba el paso de los soldados romanos. Al final de la procesión se escuchaban, en lo alto de la gruta, los martillazos que simulaban los clavos insertándose en las manos del Cristo. Uno, que era un niño inocente, se lo imaginaba todo como si fuera realidad y casi podía ver las lágrimas de la Virgen. Los feligreses enmudecían y se conmovían las almas.

En este pueblo tan peculiar, pasábamos de lo sublime a lo mundano en cuestión de un día: el Sábado Santo tocaba la quema de Judas (muñeco que simulaba ser Judas) y ahí sí que podía pasar cualquier cosa. Además de que juntábamos cincos para comprar la botella de canfín y la caja de fósforos para la quema, en medio de la plaza se daban toda clase de bromas pesadas, como poner un “palote” (un vástago de banano) en la puerta de una casa y tocar la puerta para que le cayera encima al que la abriera.

Finalmente se daban las clásicas quemas en las carreteras. No por casualidad, el Padre Prado se enojaba con frecuencia y despotricaba desde el púlpito contra algunos comportamientos de los jóvenes del cantón y aprovechaba para hablar en contra de las familias comunistas.

Para las fiestas de San Bartolomé (patrono de Barva), caminábamos alrededor de la plaza cada final de agosto, con el bullicio de los carruseles. La música de la cimarronas acompañaba el alegre baile de los payasos de Carlitos Salas, Don Beto Vega o “Chamoni” (Adrián Villegas), que recorrían sus calles haciendo pequeñas paradas para bailar y calentarse con algún traguito de guaro e’ caña, justo en la esquina de José Manuel Sancho. Seguidamente, el tropel salía con más furia a volar “juete”(golpear) a los asistentes, con sus olorosas vejigas de cerdo.

Cada vez que terminaba una pieza sonaba el redoblante. En ese preciso momento el diablo, la calavera, la muerte, el mono, el gigante y la giganta, entre otros, corrían endemoniados detrás de la chiquillada. Debajo de las máscaras estaban personajes como Macho Candelas (Miguel Angel Camacho), que llevaba la del Diablo, Perrita (Gilbert González) o Alejandro Rodríguez, con la Calavera, mientras que Pedro Sancho y Toño Villegas bailaban los gigantes.

Después del agitado día de parranda, ya por la noche, era un rito asistir al baile de gala en la Cueva de Los Leones. Luego, para seguir la fiesta, en la madrugada del día siguiente había que ir a la Diana -especie de serenata con cimarrona-, el 24 de agosto.

Pero no todo eran procesiones, rezos y payasos. ¡Qué va!, el pueblo barveño era y sigue siendo un pueblo trabajador. De hecho, en aquellos tiempos la actividad económica principal giraba alrededor del cultivo del café.

Para muchas familias el cuido y mantenimiento del cultivo del café, así como el ir a coger y juntar el grano de oro, era de gran importancia para su subsistencia. Por ese motivo, la vida de muchos de nuestros padres giró alrededor de la actividad agrícola, sobre todo en fincas como las de Carlos Salazar, Simón, Los Hernández, Los Pacheco, Los Gallegos, entre otras.

Cada fin de año, apenas concluían las clases, nos íbamos a coger café para juntar los cinquitos, con los que ajustábamos para el estreno de diciembre y el uniforme del colegio. En algunas ocasiones, cuando quedaba algo, se podía ir al cine a ver las películas de El Santo y otros personajes; o bien, comprar alguna revista de historietas de Chanoc o Superman”.

Por otro lado, alrededor del cultivo del café, se desarrolló la elaboración de canastos y canastas. De ahí surgieron familias enteras de canasteros como la de Florentino Rodríguez y José Manuel Sancho, en el centro de Barva, Ricardo Sancho en San Pablo abajo y, en San Pablo arriba, María Rosa Montero (La canastera de Barva).

También hacían canastas “Los Perica” (Familia Sánchez Montero), los “Calandrias” (familia Miranda Montero), los “Culebra” (familias Montero Montero y Parra Montero) y otros artesanos más.

Con un canastito de una cajuela, muchos de esos cafetales recorrí. Cada fin de año, apenas concluían las clases, nos íbamos a coger café para juntar los cinquitos, con los que ajustábamos para el estreno de diciembre y el uniforme del colegio. En algunas ocasiones, cuando quedaba algo, se podía ir al cine a ver las películas de El Santo y otros personajes; o bien, comprar alguna revista de historietas de Chanoc o Superman.

El deporte tampoco estuvo ausente y el fútbol no podía faltar en la vida de los barveños. Los sábados en la tarde y también los domingos, se alegraba el ambiente con los partidos de fútbol con los equipos de Chile Perro, el Triunfo y otros barrios. Como olvidarse de las chilenas de Manrique Salas. De vez en cuando, cuando se calentaban los ánimos durante los partidos, se armaba una escaramuza (riña), pero la verdad es que casi todo era apacible en aquellos tiempos.

En los meses de diciembre y enero los cipreses de la plaza silbaban al son del viento y los portales. Los rezos y los tamales eran parte indispensable. Desde la madrugada salía uno a cortar hojas en el cafetal más cercano, luego tocaba llevar el maíz a moler donde León Montero, ir a buscar la leña, hacer el fogón, soasar y limpiar las hojas, hacer las amarras, preparar la masa y, entre toda la familia, armar los tamales. Luego se ponían a cocinar, soplando el fuego hasta que los tamales estuvieran listos.

En los Rezos del Niño no podía faltar Anita Chacón, quien, además de rezar el rosario, cantaba los villancicos y las letanías. No siempre era la más afinada, pero lo hacía con mucho cariño y devoción. Algunos chiquillos mal portados como el que escribe estas líneas, casi siempre terminaban expulsados de los rezos, porque apenas empezaba Anita a cantar, con su voz aguda, empezaba el mal de risa y la tía Imelda Rodríguez nos torcía los ojos y pa’ fuera.

Tiempos de temores y limitaciones, pero llenos de calidez y solidaridad

En aquellos tiempos, en Barva, las familias vivían con pocos recursos. Para completar su dieta, las personas buscaban en los cafetales vecinos naranjas, mangos, bananos, guineos y leña para cocinar. Por cierto, no puedo olvidar el sabor de las tortillas hechas en cocina de leña por mi abuelita María Zárate, quien las rellenaba con arrocito recién hecho y nos daba un gallito (una tortilla con picadillo u otro alimento) cuando pasábamos de la escuela para la casa.

Cada familia tenía algún pedacito de tierra en donde sembraban tiquizque, ñanpi, chayotes, tacacos, mangos, limones y, a veces, hasta un palito de achiote, para dar color a la comida.

En las noches, por mucho tiempo, no hubo alumbrado eléctrico en las calles y todo era oscuridad. El temor se apoderaba de las personas y, en penumbras, las leyendas como el Cadejos y la Llorona asustaban a los niños y también a los mayores.

Las primeras lámparas que instalaron en los postes de alumbrado público tenían que ser conectadas por medio de una “cuchilla” (interruptor de corriente), que don Domingo Marín tenía que pasar a subir cada día a las 6 p.m.. Los primeros televisores solo podían tenerlos las personas acomodadas del cantón y, usualmente, los vecinos iban a ver tele a las casas que los tenían. Las personas que tenían carro eran contadas.

A pesar de las grandes carencias en que se vivía, había mucha cercanía entre todas las familias de la comunidad y el compartir los recursos era cosa de todos los días. Era común escuchar frases como: “regáleme un poquito de azúcar”, “aquí le traigo un poquito de olla de carne”, “¿me regala un limoncito” y “tome un poquito de arroz con leche para que se endulce”. Todas las personas se conocían, se saludaban, se visitaban y se ayudaban mutuamente.

De Barba a Barva...¡cuántas personalidades y personajes han pasado!

Pueblo de gente culta y trabajadora, ese es Barva.

Muchas personalidades y personajes han sido parte de la vida de este cantón. Desde grandes personalidades de la vida nacional -como don Cleto González Víquez y Fabio Baudrith Solera-, pasando por personas trabajadoras e influyentes a nivel del cantón y la provincia, hasta personajes tan pintorescos que se convirtieron en parte del paisaje social como “Juano”, “Chaflán”, “Pablo Mechas”, “Coquito”, Juana “Loca” y Angelina “Farallón”.

De sus barrios han surgido campesinos, obreros y artesanos; hasta músicos como por ejemplo “Manen” (Gamaniel Villalobos), que dirigió por mucho tiempo la Filarmonía. También brillaron pintores como Rolando Cubero, hijo de don Guillermo Cubero, así como escultores de la talla de Miguel Brenes, Luis Arias y Guillermo Hernández.

Barva también ha sido tierra de intelectuales, como Álvaro Sánchez; también de poetas, como Floriberto Sancho; así como de legisladores y magistrados, como Carlos Manuel Arguedas y Fernando Castillo (Nano).

Imposible olvidar a comerciantes como don Victor Manuel, Don Gollo y Juan de Dios Arguedas. A propósito del comercio, desde entonces existían ya las tarjetas de crédito, que en ese entonces se llamaban “libretas”. En ellas se apuntaba la “comedera” de las personas que llegaban a comprar y pagaban a fin de mes.

Además, el cantón ha contado también con insignes educadoras y educadores como las niñas “Tangueles” (María de los Angeles Arguedas), “Mencha” (Clemencia Camacho), Marta Víquez, Lyra Soto, Olga Salazar, María Rodríguez, Don “Licho” (Jorge Luis Arguedas) y Rodrigo Sancho, directores de la Escuela Pedro Murillo Pérez.

“Hasta un Héroe Nacional ha sido parte de nuestros habitantes: el Coronel Nicolás Aguilar Murillo, quien se destacó en la Batalla de la Trinidad, en la Guerra de 1856, fue uno de los tantos barveños que defendieron nuestra soberanía ante los invasores norteamericanos”

Hasta un Héroe Nacional ha sido parte de nuestros habitantes: el Coronel Nicolás Aguilar Murillo, quien se destacó en la Batalla de la Trinidad, en la Guerra de 1856, fue uno de los tantos barveños que defendieron nuestra soberanía ante los invasores norteamericanos.

Y quien se podría olvidar de Doña Pilar Arguedas y Doña Anais, las precursoras de la homeopatía en Barva. A ellas acudíamos buscando alivio para las más diversas dolencias.

Las luchas sociales y la Guerra Civil del 48

En la década de los años 30, nuestro país sufrió los embates de la crisis del 29 y, claramente, los efectos económicos adversos se profundizaron con la Segunda Guerra Mundial. De ahí que actividades como las exportaciones del café se vieron muy afectadas por la disminución de los precios y, además, por la disminución de la colocación en los mercados tradicionales (Europa y Estados Unidos).

Barva, siendo un pueblo que giró alrededor de la agricultura y especialmente del cultivo del café, sintió las consecuencias de esta situación. Por este motivo, de manera natural, la organización social y política se acrecentó en esos tiempos.

De estas luchas surgió un importante campesino ilustrado llamado Herminio Alfaro, quien se destacó por su inteligencia y su beligerancia, ya que sobresalió por su verbo encendido en contra de las injusticias sociales.

Don Herminio abrazó las ideas revolucionarias, lo que le costó que, en el año 1935, encontrara la muerte por el fanatismo de otro coterráneo.

Sin embargo, de la semilla que sembró Herminio Alfaro, surgieron luego otros barveños que continuaron la lucha (los Solís, los Alfaro, los Camacho, los Rodríguez y otros).

Por otra parte, la Guerra Civil del 48 dejó sus huellas, ya que al bando perdedor (los Caldero-comunistas) se les persiguió de diferentes maneras. Lo anterior provocó resentimientos, por lo que por casi dos décadas se crisparon las diferencias entre los Calderonistas, los Figueristas y los comunistas.

En cada campaña electoral afloraban los resentimientos entre los bandos, ocasionando pleitos ocasionales entre unos y otros, sobre todo cada vez que alguien se pasaba de tragos. En más de una ocasión los rencores salían a la luz y, con un grito retador, se decía a los cuatro vientos: “Viva Manuel Mora, viva Calderón Guardia o viva Pepe Figueres”, como buscando un contrincante que le respondiera.

Como un derivado positivo de estas luchas sociales y políticas -aparte de las rivalidades ya mencionadas-, surgieron organizaciones sociales como juntas progresistas, entre otras, por medio de las cuales se buscaba mejorar las condiciones de vida del cantón y tener una influencia entre la población.

Gracias a muchas de estas iniciativas se lograron cosas muy positivas para Barva. Es decir, que una lucha que en principio fue violenta, fue transformándose en una lucha de ideas, alimentado el devenir político y social de nuestro cantón, que ha sido siempre un pueblo con gran conciencia social.

Barva, un pueblo apasionado donde no falta el amor

En medio del vivir y del convivir de este pueblo, el amor siempre ha estado presente y las formas de conquistarlo han sido muy variadas. Por aquellos años las serenatas eran quizá la forma favorita. Muchas de nuestras madres sucumbieron ante los cantos que, en medio de una noche bajo la luz de la luna, bien armados con guitarra y mandolina, les llevaron sus pretendientes.

Entre los tríos más famosos de aquellos tiempos estaba uno que se llamó Los Noctámbulos. Cuando se iba a serenatear, con que la persona dedicada corriera un poquito la cortina, daba a entender que estaba despierta y escuchando. El sutil gesto provocaba que, quien llevaba la serenata, sintiera algo de esperanza.

También hubo otros métodos muy particulares, como lo era caminar alrededor de la plaza. Como si fuera un ritual o un danza, los hombres transitaban en una dirección y las mujeres en la otra, con el objetivo de verse y “darse pelota” (cortejarse). Cuando uno se topaba de frente con alguna muchacha que le gustaba, le decía algo así como: “Adiós, no me lleva?”.

Si la muchacha aceptaba, se iniciaba una conversación que muchas veces terminó en boda, tan solo meses después. Por cierto, casi siempre los matrimonios eran en el mes de diciembre.

¿Cuánto más podría decir yo de este pueblo amado?.

Aunque luego yo me fui y he vivido en mil lugares, nunca podré olvidar esta tierra tan querida, con la Escuela Pedro Murillo al este, las palmeras de la casa de Don Carlos Salazar al oeste, el rastro y la entrada a Barva al sur, las Tres Marías al norte y en el centro de estas, el volcán dormido….