
Este domingo 22 de marzo se cumplieron 160 años del nacimiento de quien ha sido considerado el Poeta Nacional, con mayúsculas, desde aquellas frases que le dedicó Rubén Darío: “Costa tiene, es verdad, otros poetas, pero su poeta, el poeta nacional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría”.
Antes (supongo que eso ha cambiado) su Mercando leña era un clásico en las asambleas escolares: “Hola, ñor José María / traiga la leña pa vela...”. La efigie del poeta estuvo por décadas en los billetes de diez colones, que por entonces valían algo más de un dólar y eran de uso común. Temo, sin embargo, que para las nuevas generaciones ya el nombre de Aquileo suene algo remoto, asociado si acaso a los premios nacionales que lo llevan.
Ojalá me equivoque, porque es su obra una raíz muy pura de lo que somos. Corre como un manantial limpio y alegre en el que podríamos refrescar nuestro sentido de identidad. Y no porque nos represente a todos. Aquileo escribió sobre los campesinos del Valle Central, a quienes vio de cerca. Y lo hizo desde su perspectiva de hombre urbano, pero con ironía siempre amable, con curiosidad y admiración.
Dice una amiga filóloga que Aquileo era más humorista que poeta, y él probablemente le daría la razón. Un humorista que escribía en los versos octosílabos del romancero español: un estilo fácil, sin grandes pretensiones literarias, destinado a la descripción, la gracia y la memoria más que a los laureles del Parnaso. Pero esa sencillez, esa digna humildad si se quiere, es justamente el reflejo en la página de la forma esencial de ser tico, o al menos de una de ellas. En sus Concherías, Aquileo se adelantó cien años a la “pura vida”; supo captar y recrear ese espíritu de gozo, de camaradería y buen humor incluso ante la más dura adversidad.
Pese a lo breve de su vida (murió a punto de cumplir 43 años, en un sanatorio de Barcelona) escribió mucho y variado, desde crónicas sociales en Guatemala hasta sus célebres epigramas, breves chistes rimados que todavía circulan, a veces distorsionados, entre grupos de amigos.

Él mismo era todo un personaje en sociedad, bienvenido en todas partes por su ingenio y simpatía, no menos admirado por sus pícaras bromas que por sus versos o las anécdotas de su azarosa vida como periodista y ocasional diplomático. Es fama que cuando escribía desde Washington, trabajando en el consulado, firmaba las cartas en inglés: Here I read.
Dos de sus mejores creaciones, por cierto, son del género epistolar: las conmovedoras cartas entre el enamorado Pedro Vindas, Sotacabo y su novia Domitila H. Camacho. Leerlas devuelve la fe en la nobleza de corazón del ser humano, y en la capacidad que tienen algunos autores, como Chéjov, como Cervantes, como Aquileo, de ponérnosla delante.
Epigramas
Es mi bolsillo imagen del desierto
Por temor a las fieras, lo he cubierto
¡Oh tú, Señor, que el universo has creado!
No permitas que siga desolado.
Mándame algún Colón a descubrirlo,
O tendré que coserlo, o suprimirlo,
Que de nada me sirve en ese estado.
Tras de cien colones ando,
Y úrgenme de tal manera
Que conseguirlos quisiera
Aunque fuera trabajando.
Picó una pulga a Pilar;
Ella al punto la mató.
Yo me dejara matar
Si me dejaran picar
Donde la pulga picó.
Don Juan Valenzuela,
El autor de la zarzuela
Que se titula “Las Hadas”
Y que fue estrenada ayer,
Dice que en cuatro patadas
La escribió ¡Bien puede ser!
De un caballo se cayó
Una amazona muy bella
Y fue tan mala su estrella
Que todo el cuerpo mostró.
Al ver frente a ella a Antioco
- Usted no es un caballero, le dijo
Y el marrullero repuso
- Ni usted tampoco…