Jacques Sagot. 20 enero

¿Por qué no pensar por una vez en la vida “en cinemascope”? ¿A la escala de Gulliver, no de Lilliput? Dejémonos de técnicos gastados, limitados, predecibles, caseros. José Pékerman es un soberbio arquitecto del fútbol. Tiene 70 años y ha amasado una gran fortuna: no va a castigarnos con honorarios exosféricos que escapan a nuestra capacidad adquisitiva. Ya no necesita hacer dinero. Ganó tres veces el Campeonato Sub-20 de la FIFA, en 1995. 1997 y 2001, de manera arrolladora: tiene un don especial, una magia pedagógica que lo hace idóneo para trabajar con jóvenes, y eso es exactamente lo que Costa Rica, a mediano y largo plazo, necesita.

Tiene toda la experiencia del mundo. Es riguroso pero cálido y abordable. Su palmarés es deslumbrador. Si nunca ganó nada con la Albiceleste es porque esta atraviesa una crisis de cartaguismo que dura ya 34 años: no alza el máximo cetro futbolístico desde el Mundial de México 1986. Pero con Pékerman Argentina siempre exhibió un fútbol digno y competitivo. En 2014 le dio a Colombia un panache, un resplandor que no encontraba desde los gloriosos años de Maturana, cuando Valderrama nos llenaba los ojos de fútbol mayestático. En ese mundial, ante los insípidos desempeños de Argentina y Brasil, Colombia fue el único equipo que encarnó el ideal del jogo bonito, acompasado, armónico, rápido y eficaz.

Sus credenciales son probadas: no va a salirnos con alguna “matosada”, no es un charlatán, un playboycillo con veleidades de James Bond (la farsa de Matosas debería haber sido causal de destitución para Villalobos, pero en Costa Rica cualquier bombeta puede salir bien librado de tales entreveros). Amigos, piénsenlo bien: mi idea no es descabellada. La he conversado con notabilísimas figuras de nuestro fútbol, y han compartido mi sentir. Vale la pena considerarlo. Recuerden: no solo es un técnico: es un pedagogo, un formador de talentos. Justo lo que nuestro fútbol pide a gritos.