Selección Nacional

Luis Fernando Suárez, el exorcista de la Selección de Costa Rica

La Nacional firmó su pase a su sexta Copa del Mundo tras un resurgir impresionante de la mano del técnico colombiano para llegar al Mundial de Qatar 2022

La Selección de Costa Rica está en el Mundial a pesar de sus dirigentes, la pobreza del campeonato, el nivel de su legión extranjera, los malos augurios periodísticos y el largo y justificado divorcio entre afición y equipo.

La Sele volverá a Qatar en noviembre gracias a que los milagros futboleros existen, a que hay santos vestidos de guardameta, milagreros llegados desde Colombia, viejos héroes del 2014 que aún encajan su uniforme con dignidad, y a la aparición de jóvenes que se lo han puesto sin miedo y con sello de calidad.

La clasificación fue una película de suspenso. De esas en donde el muerto aparece en la agonía del filme, destruyendo las teorías de todos en la butaca, reconstruyendo la historia a partir de lo accidental, de lo inverosímil, de la épica o, sencillamente, porque al guionista se le ocurrió que el final debía ser feliz.

La película podría llamarse de muchas formas. “El santo de las manos benditas”, “Resurrección con gol agónico”, “Los postes mágicos de Keylor”, “Una serie de eventos afortunados”, “La rebelión de los viejos caudillos”, “El santísimo VAR”, “El último pasajero a Catar”…

Me quedo con “Luis Fernando Suárez, el exorcista”. El actor principal: Una especie de monje tibetano, aferrado a la fuerza interior de su filosofía de vida. Con un inicio desesperante para todos, no sucumbió a las críticas ni tormentas y, en medio de la racha positiva, tampoco naufragó ante el elixir de los halagos.

Asediado por los cuestionamientos parecía no tener respuestas. Apostó y perdió en los llamados, dudó en las alineaciones y caminó en la cuerda floja, pero evitando caer al vacío. De tal escenario en la primera fase eliminatoria, lo vimos recomponerse aferrado a los veteranos, descolando del viaje a muchos pasantes de la MLS, y apostando a chamacos que apenas dejaban sus mantillas y se ponían el uniforme de futbolistas.

Tal vez ningún capitán del barco futbolero tico atravesó una eliminatoria con semejante tormenta. Todavía no encuentro la totalidad de respuestas lógicas para que su historia no terminara en naufragio. Pero hoy, con Qatar a la vista y sin importar lo que pase en el Mundial, hay que entregarle el timón para una nueva travesía hasta el 2026.

La legión de dirigentes, en cambio, puede darse una vueltecita por Tierra Santa, o si prefiere alguno, por la Meca. Al menos les toca expiar sus culpas por todos los errores en el camino a Qatar, empezando por el nombramiento de tres técnicos. Además, podrán venir con lucidez suficiente para iniciar la cruzada inevitable: La de salvar al fútbol de su naufragio ético.

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