Marcelo Tulbovitz, preparador físico de Saprissa, es un apasionado de su labor, del fútbol. Se entrega al máximo, lo vive y sufre en carne propia.
Abraza a los jugadores, les grita, los anima y, en medio partido, pegado a la línea lateral, mientras los jugadores del banquillo calientan, él se mueve como león enjaulado, sin perder detalle de lo que pasa en el encuentro, dando la sensación de que desea meterse a jugar.
En la final contra Herediano, La Nación estuvo cerca de Marcelo, le dio seguimiento y no solo fue testigo de sus gestos, sino que escuchó lo que decía y lo compartimos con ustedes, para que viva en carne propia como si fuera Marcelo Tulbovitz.
El uruguayo se activó en los primeros minutos del encuentro, cuando Jefferson Brenes cayó por lesión y se temía que no siguiera en el juego.
“Pregúntele algo al doctor Ariel (Rodríguez), Allan”, gritó Marcelo como si, a lo lejos, Allan Soto, médico morado, lo escuchara mientras atendía a Jefferson.
Marcelo estaba a un costado de la cancha, todo el tiempo estuvo de pie, moviéndose de un lado a otro.
“Andate, la segunda. Dale, Tommy”, le gritaba a Tomás Rodríguez para que ayudara en la marca y ganara la bola dividida.
“Dale de una”, gritó de inmediato a David Guzmán para que alejara el peligro, que reventara la pelota. Parece que el 8 morado lo escuchó, porque de una tiró la bola larga.
“Buena, David, bien”, le dijo Tulbovitz.
Tomás Rodríguez ayudaba en defensa, parecía un lateral por derecha y luego cambió esa función con Orlando Sinclair, quien, en unos minutos del primer periodo, le dejó su puesto de 9 al canalero.
“Bien jugado, bien”, le dijo Marcelo a Sinclair, quien tapó en defensa.
En otra acción, vino un tiro de esquina en contra de su equipo y Marcelo gritó: “Las marcas, fuertes en las marcas”.
Después, Tomás Rodríguez salió por un golpe, lo atendieron fuera del terreno de juego y David Gómez, árbitro del partido, no le permitía ingresar.
“Eyyy, diayyy”, le gritaba Marcelo a David Gómez porque no dejaba entrar a Tomás.
El momento más caliente de Tulbovitz se presentó al final del primer lapso; enfureció cuando el cuarto árbitro mostró que se jugaban siete minutos de reposición.
“¿Cuál siete? ¿Siete de qué, boludo?”, gritó Marcelo y se dirigió a Medford: “Siete, siete minutos”, y Hernán le respondió: “Mae, es increíble”, a lo que Tulbovitz añadió: “Siete minutos y el que se ha caído es de Heredia”.
Enojado, pero nada podía hacer, solo soportar esos siete minutos y gritarles a sus jugadores: “Larga, larga (alejar el balón). Hay que luchar, seguimos, seguimos”.
Sus gritos y gestos no se apagaron en el segundo tiempo, se llevó las manos al rostro, al cabello y, de nuevo: “Luche, Tomás, luche”, cuando el panameño fue a disputar un balón aéreo.
“Bien, Jefferson, bien, muy buena, muy buena”, animó a Jefferson Brenes, quien le sacó una pelota a Elías Aguilar.
“Otra, Morita, con todo”, le gritó a Joseph Mora en labores defensivas.
“Al espacio, Tommy, al espacio”, le indicó a Tomás Rodríguez para que buscara el claro en ofensiva, hasta que, al minuto 56, Keysher Fuller, con trallazo de derecha, anotó el primer gol y Marcelo quedó estático, como congelado con el dardo de Herediano.
Tulbovitz tenía fe, Jorkaeff sacó un centro y él le indicó: “Buenísima”. Al 68, Fidel Escobar estuvo cerca de empatar, se sumó al ataque, siguió el centro de Orlando Sinclair, pero no pudo cazar el balón con la pierna derecha.
“La concha de tu m...”, gritó Marcelo Tulbovitz -un lamento muy común en el fútbol sudamericano- ante la opción que se le fue a Escobar.
Pero siete minutos después, Marcel Hernández dio la estocada con el 2-0 y Marcelo no dijo nada, seguro sintió que la tierra se lo tragaba.
Siguió gritando, apoyando a sus muchachos, observó su reloj, se dio cuenta de que el tiempo expiraba y una mueca, la cara arrugada, fue la peor señal de que Saprissa se quedaba en el camino, que suma dos años sin ser campeón.

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