
En abril de 1915, el diario La Información habla de un súbito salvaje que apareció en las cercanías de los cerros de Escazú. La nota indica que, ante el estupor de los vecinos, las autoridades lo soguearon, lo arrestaron, lo interrogaron y lo sometieron a un celoso escrutinio médico a cargo de un tal “doctor Segreda”.
El salvaje, según parece, respondía al nombre de Zacarías Padilla Abarca y había nacido en San Juan de Dios de Desamparados. Luego de afeitarlo y vestirlo de forma apropiada, fue conducido hasta casa de sus familiares.
No se supo nada más.
Casi un siglo antes, en Núremberg, otro salvaje apareció de la nada y rápidamente se volvió famoso en toda Europa. Kaspar Hauser, que así se llamaba, fue hallado desorientado y mal vestido y traía consigo dos documentos. En uno, su aparente protector reconocía haberlo cuidado desde los primeros años, y en el otro, la madre –o, mejor dicho, la presunta madre– aseguraba que el padre del muchacho era un oficial de caballería.
Hauser estuvo bajo el cuidado de sabios y nobles de la época. Su existencia, en aquellos momentos de romanticismo y furor ilustrado, suscitó especulaciones y discusiones en torno al sentido moral y la naturaleza humana: del Emilio de Rousseau al lobo de Hobbes.
Algo semejante había sucedido con Víctor de Aveyron, un niño que fue capturado por unos cazadores en los bosques de aquella Francia dieciochesca que ya empezaba a sufrir la goma de la Revolución. Este niño, conocido como el salvaje de Itard, también fue objeto de un riguroso estudio y no poca fascinación.
Pasó con la niña de Songy y pasó una y otra vez: los bosques, de repente, arrojaban a un humano feral y este era acosado ulteriormente con preguntas y mitos. Don Abel Pacheco, en uno de sus cuentos, habla de una mujer con aire de gnomo y mirada de túnel que vivía oculta en una mina. Ocasionalmente, se le veía desnuda en los playones del río. Había sido abandonada de niña y se alimentaba, según se cuenta, de murciélagos.
En el libro de Denis Bermúdez sobre accidentes aéreos se cuenta un episodio trágico: un Vultee BT-13 se estrelló en algún punto del cerro de la Muerte. Y si bien es cierto que el piloto nunca fue hallado, alguna gente dijo haber visto, por la misma época del accidente, en la misma zona, a un hombre semidesnudo en estado catatónico que salió de la montaña. No está comprobado, pero se rumora que ese hombre fue entregado a las autoridades e ingresado en el Hospital Psiquiátrico.
Hace unos años, en una antigua y esquinera cantina de Puriscal, me topé con una pareja de viejitos descalzos. De estatura perturbadoramente mínima y de rasgos sorprendentemente europeizados, aquellos viejitos se presentaron ofreciendo números para una rifa de unas cortinas. Eran cualquier cosa excepto elocuentes y, más bien, se diría que a duras penas conseguían elaborar una frase completa. Se mostraban ansiosos, frágiles como un fantasma en el que recién dejamos de creer. Eran, si se quiere, el mito de la Costa Rica labriega y sencilla llevada al paroxismo de lo salvaje.
Creo que les compré un par de números.
Creo que alguien me aclaró que solían salir de la montaña una o dos veces al año.
En otro momento, más o menos a partir de la segunda mitad del siglo XX, los bosques latinoamericanos empezaron a ser merodeados por otros humanos que generaban consternación. Eran, como los salvajes románticos, hirsutos y harapientos. Y sobre ellos también se formulaban cuestionamientos cruciales sobre la moral y la historia.
Pero no habían sido abandonados por sus padres. O, al menos, no necesariamente.
Se internaban en la selva con un fusil y la dudosa convicción de estar salvando a la humanidad en general o, al menos, su humanidad inmediata. Y luego, con el tiempo, salían muertos o heridos de narcisismo.
Nosotros, dichosamente, tuvimos muy pocos. Y hasta donde sé, ninguno llegó a la estatura de fama de un Kaspar Hauser, Manuel Marulanda o el Chapo Guzmán.
Fabián Coto Chaves es escritor.