
El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades le fue otorgado en 2025 al filósofo Byung-Chul Han, quien dijo en su discurso de aceptación del galardón: “Últimamente, he reflexionado mucho sobre la creciente pérdida de respeto en nuestra sociedad. Hoy, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo. Ya no es posible un discurso sobre el que se base la democracia”.
Han citó como los modales de la democracia: el civismo, la responsabilidad, la confianza, la amistad y el respeto, grandes ausentes actualmente en Costa Rica, que han sido sustituidos por gritos, desconfianza y faltas de respeto.
Y es que el discurso de odio es utilizado como herramienta política para dividir, fragmentar o polarizar a electores, países y opinión pública.
Los objetivos del discurso de odio son: a) romper el debate, o sea, terminar con el intercambio de ideas, b) imponer una autocensura disciplinadora que no da cabida a posiciones intermedias o conciliadoras, sino más bien, orientar al extremismo, c) motivar a otros al odio, promoviendo el rechazo y la repugnancia radical contra los adversarios o quienes piensan diferente y d) imponer una agenda; esto es establecer dictatorialmente una interpretación sesgada de interés para quien utiliza el discurso de odio, sobre un hecho de la realidad o sobre un debate en curso.
Las personas y la naturaleza no son simples objetos de consumo que se usan y se descartan. Debemos cuidarlas y respetarlas, como nos enseñaron los abuelos, quienes tanto se esforzaron por legarnos esta patria. Frente a ello, la barbarie campeante intenta sembrar miedo, violencia y desesperanza; sin embargo, es posible –y necesario– impulsar un cambio a través del voto.
Esta joven patria de 205 primaveras, que en el pasado enfrentó invasiones de filibusteros foráneos, hoy se ve abrumada por neofilibusteros que enarbolan la bandera de la corrupción. Es un país con mucho por corregir y mejorar.
El pueblo ha terminado por asumir que los políticos son los responsables de la corrupción, al punto de que servir a la patria dejó de verse como un acto de civismo y pasó a considerarse una deshonra, como si implicara formar parte de una horda de ladrones.
Así, los costarricenses hemos transitado del “pura vida” a la búsqueda de culpables; hemos llegado incluso a responsabilizar a la democracia de nuestros males, hasta el extremo de considerar el autoritarismo como una salida. Los errores del sistema democrático costarricense son innegables; no obstante, sacrificar a Costa Rica por la frustración del presente no es una opción. No debemos castigar a la patria por las faltas de algunos de sus hijos.
Nuestros ancestros vivieron bajo premisas claras: una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil; una manada avanza tan rápido como su miembro más lento, y el fin nunca justifica los medios. Estos principios no los aprendieron en libros ni ideologías, sino gracias a la experiencia. La pobreza, la pequeñez y los frecuentes desastres naturales les inculcaron la necesidad de salir adelante de manera solidaria. Gracias a que no claudicaron ante las adversidades, hoy vivimos en condiciones muy superiores a las que ellos enfrentaron.
Mirar al pasado permite comprobar que la unión de voluntades hace posible superar los problemas. La solidaridad y el bien común han sido la fórmula que nos brindó los mejores resultados: lo que es imposible para una persona, resulta alcanzable para una nación unida.
Nuestra idiosincrasia pacifista y solidaria no debe dar cabida a la violencia. Rescatar nuestras raíces y rechazar las narrativas que buscan dividirnos es un deber colectivo. Promover el pensamiento crítico, el respeto a cada individuo, la tolerancia, el pluralismo, la empatía y la no discriminación es fundamental para contrarrestar el discurso de odio.
Quienes no votan les dan la espalda a los abuelos, a la democracia y a la patria. Al abstenerse de acudir a las urnas y ejercer el derecho al voto, terminan igualándose a aquellos corruptos neofilibusteros que dicen rechazar. ¡Votá!
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Eduardo Robert Ureña es ingeniero agrónomo.