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Una maestra rural liberiana

Al terminar su jornada, los sábados, mi madre ensillaba su caballo y volvía a Liberia para no perderse el baile del fin de semana

Allá por los años 50, mi madre salía a caballo los lunes, de madrugada, de Liberia hacia El Paso, donde ejercía de maestra. Usualmente la acompañaba su hermano Fito y, en una que otra ocasión, cuando había llenas en el río Tempisque, su tíos Jirón enviaban un baquiano para que les ayudaran a cruzar.

Al terminar su jornada, los sábados, como al mediodía, ella ensillaba su caballo y volvía solita a Liberia para no perderse el baile del fin de semana. Pienso que por eso escogió partir un sábado y estoy seguro de que se fue para los bailes que sin duda habrá en el cielo, pues sin bailes ningún lugar llegaría a la categoría de cielo, según la perspectiva guanacasteca.

«Guanacaste tierra mía, / llena de sol y de aurora, / donde hasta el niño que llora, / pone, al llorar, alegría», escribió el abuelo Fito en su poema Guanacaste tierra mía.

Para quienes la conocieron, era obvio que mi madre, Giselle Salazar Jirón, era una liberiana de pura cepa, tan guanacasteca como los árboles de frondosa sombra y de extraña semilla con forma de oreja. Así, era ella. Quien se arrimaba a su sombra encontraba solaz y abrigo. ¡Sus semillas germinaban sí o sí!

Por esas vueltas de la política y la vida, hará unos 60 años, se fue de maestra rural a Turrialba y allá conoció a mi padre, quien trabajaba como ingeniero de caminos. Mi tata nunca tuvo fama de guapo, pero sí de trabajador, inteligente y de alguien que se las agenciaba para bailar y cantar cada vez que la ocasión lo permitía.

Estoy seguro de que fue así —bailando— como conquistó a doña Gis. Se casaron y pronto la familia Castro Salazar creció. Al principio, en mi casa, éramos cinco hermanos y, luego, llegaron dos más. Si bien como sobrinos, se convirtieron en dos hijos más de la camada.

En la casa Castro Salazar solía reunirse un tumulto de gente, pues la recuerdo siempre colmada de parientes y amigos. Con el tiempo, a los amigos de los viejos se sumaban los de la muchachada.

Hace poco más de 20 años mi padre partió a los cielos y, entonces, doña Gis comenzó a sentirse solita. Aunque estuviese rodeada de gente, se quejaba de sentirse solita.

Tardamos un rato en comprender que la había atacado el alzhéimer, y esa condenada enfermedad la hizo sufrir de a poquitos, pues cada vez le resultaba más difícil reconocer a hijos, nietos y viejos amigos. Se fue despidiendo despacito durante 14 años.

Una de las poesías más conocida del abuelo Fito Salazar se titula Los motos, y es que él transformó en poesía la triste realidad del Guanacaste del siglo pasado, cuando los niños perdían a sus dos padres. En un fragmento, orando por la madre enferma, el moto añoraba a su madre: «Ay las manos de mi madre que todo lo podían y curaban».

Hoy, ya de adulto, yo también recuerdo las manos de mi madre, que igual curaban un raspón y una quebradura que una decepción profesional o un mal de amores adolescente que en una casa, con siete güilas, solían abundar.

Sus manos eran como milagrosas, porque así quiso nuestro Señor que fueran las manos de las madres para hacernos más leve el transitar en este valle de lágrimas, como dice el rosario que le dedicamos a doña Gis. Ella no era muy rezadora, pero sí una persona con mucha fe, al estilo de la hacendosa Marta bíblica.

De joven, sus días de madre pasaban entre prepararnos la comida que más nos gustaba, curar las enfermedades propias de cada temporada y enseñarnos a leer y, por supuesto, a memorizar uno que otro verso. Conforme crecíamos, se aseguraba de que cada quien aprendiera a volar a su ritmo, pero de que se debía volar no cabía duda.

Hace unos pocos días fue su despedida postrera (17 de abril), nuestros corazones y nuestras oraciones apenas si llegaron a tiempo para acompañarla. Por dicha, Dios nos permitió darle un adiós al lado de mis hermanos, sobrinos y nietos, pudimos estar cerca y hasta velar su sueño, como ella tantas veces hizo con todos a quienes crió o ayudó a criar.

Silenciosos, llevamos sus cenizas a reposar a Liberia, y allá se nos unieron familiares, viejos amigos y bastantes de sus exalumnos. En esos últimos días sostuve sus manos adelgazadas y con poca fuerza: «Ay las manos de mi madre que todo lo podían y curaban».

En un instante cerró sus ojos, y yo, convertido en moto, uní mi lamento y canto de esperanza con el de aquel otro moto, el retratado en las poesías del abuelo Fito: «¡Ya dihombre, recuerdo a mi papa, / recuerdo a mi mama y siento sus manos quialumbran mis penas. / Y entonces me parece que los viejos / sentaos en la cumbrera de los cielos / amparan a sus motos en la tierra!».

rene.castro.cr@gmail.com

El autor es exministro de Ambiente.

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