Para los espartanos, el deber era una virtud. La agogé, educación pública, colectiva y obligatoria, forjaba hombres y mujeres convencidos de la trascendental importancia del honor. “Con esto o sobre esto”, decían las madres espartanas a sus hijos al entregarles el escudo de guerra antes de entrar por primera vez en combate y les recomendaban: “Hijo, vuelve victorioso o muerto”.
El escudo era el elemento esencial de la falange, principal línea de la fuerza militar. Perder el escudo en la contienda se consideraba una falta grave, porque sin él ya no se era capaz de proteger al compañero.
Los ciudadanos espartanos se hacían llamar entre sí homoioi (iguales). El dolor y la muerte alcanzaba a todos. Lo que les ocurría los socializaba. Ya decía el psicólogo Philip Zimbardo que el acto heroico ha de ser sociocéntrico. Debe defender las ideas civiles más elevadas frente al peligro.
El honor ético consiste en cumplir con el propio deber. Se dice que opera a través de tres sentimientos morales esenciales: la vergüenza ante lo bajo, la compasión frente a lo igual y la reverencia hacia lo alto.
El honor no es un valor. Es un comportamiento, forja el carácter. La riquezas y los apellidos son honores vacíos. La virtud es la única verdadera nobleza, no puede heredarse. Se compone de actos personales. Actos nobles, pues no requieren reconocimiento.
Su raíz es la libertad. Su sede, la conciencia. Es la virtud la que forja a los héroes. Escribe Shakespeare en la voz de Thomas Mowbray a Ricardo II: “Mi honor es mi vida; con ella florece. Quitadme el honor y mi vida muere”.
Preferir la vida al honor es el mayor pecado, afirma Juvenal en su sátira VIII, pues se puede perder aquello por lo que vale la pena vivir. Por su parte, dirá Camus: “El rebelde no pide la vida, sino razones para la vida”. El honor es una razón para vivir.
El honor es universal y absoluto, no está vinculado a ningún contexto social, latitud o momento histórico. Es un deber frente a uno mismo y los demás. Une a la humanidad. No está al margen del pasado. Lo respeta. Transporta el fuego, no adora las cenizas.
La persona honorable sabe estar en su sitio. Se sabe tesela del mosaico. El honor sigue inspirando a muchas personas para actuar de forma recta, respetuosa y civil. No hace alarde. Trabaja silenciosamente. Lo encontraremos siempre en la gente sencilla. En la gente sin mancilla.
Se afirma que el honor es democrático y humanista por asentarse en la dignidad y el respeto. Se atiene a los principios. Va más allá de la reputación. Es legítima valía. No admite fingimientos. Es puesto a prueba cada día. Aspira a convertirse en ejemplo.
Necesitamos que el honor esté presente en las relaciones familiares, laborales y comerciales, así como en el proceder político, los sistemas educativos y las prácticas corrientes de la vida ordinaria.
La persona honorable no está en un pedestal, se sabe limitada, mortal y perfectible. El honor es el principal escudo contra la emboscada de corrupción que va cerrando todas las vías. Este deplorable vicio no admite componendas. Teme la coherencia. Teme al coraje. Teme a un aguerrido Aquiles que grita con angustia: “Odio, como a las puertas de la muerte, al hombre que dice una cosa pero esconde otra diferente en su corazón”. La vida es lucha. La vida es significativa porque se acaba. Bella porque termina. Pero la vida también admite un salto a la eternidad.
La autora es administradora de negocios.