
En la propiedad de mis abuelos en Escazú –cuando Escazú tenía más potreros que condominios– había un enorme jocote tronador. Durante la cosecha, la vara para apearlos era el instrumento más codiciado de todo San Antonio. Siempre pensé que los vecinos la tomaban prestada y por eso a menudo no aparecía. Los primos más intrépidos se subían al árbol y empezaban a gritar: “¡Va uno maduro!” y quienes nos quedábamos abajo corríamos para atraparlo y evitar que se reventara.
La ventaja de quedarse abajo era comerse los mejores. Los jocotes maduros eran delicados; los verdes, había que dejarlos para comerlos con sal. Los pintones, en cambio, eran firmes, ácidos y crujientes. “Con qué fervor morder la piel tensísima, y hacer saltar el zumo amarillo y perfecto…”, recuerda Julieta Dobles en su poema Vértigos del jocote.
Cuando ya había un buen montón en el suelo, nos tirábamos en el zacate y empezábamos a comer, uno tras otro, sin que a nadie se le ocurriera contar cuántos llevaba. Terminábamos con las manos pegajosas, el jugo escurriéndonos por los brazos y la ropa toda chorreada. De vez en cuando alguno anunciaba que ya no podía más. Cinco minutos después seguía comiendo. El dolor de estómago de esa noche no era un efecto secundario; era parte de la experiencia.
Por esa razón, mucho antes de saber distinguir un roble sabana de un poró, o un guanacaste de un cortés amarillo, yo ya sabía reconocer un palo de jocote. No hacía falta que tuviera hojas ni frutos. Bastaban sus ramas, torcidas y desordenadas.
Viví más de diez años en Inglaterra. Cuando alguien se ofrecía a llevar algo desde Costa Rica, yo preguntaba siempre lo mismo:
–¿Ya hay jocotes?
Nunca llegaron. Tal vez porque la cosecha no coincidía con los viajes o porque nadie quería manchar la ropa de la maleta con una fruta tan frágil.
Fue en Inglaterra donde empecé a hacerme preguntas que nunca me había hecho cuando tenía los jocotes al alcance de la mano. El jocote es nativo de Mesoamérica. Su nombre viene del náhuatl xocotl. Resiste meses de sequía, pierde todas sus hojas en el verano y, justo cuando uno pensaría que está muerto, florece sobre sus ramas desnudas.
Los frutos aparecen cuando todavía no ha recuperado el follaje, como si el árbol hubiera decidido alimentarnos primero y vestirse después.
Además, al igual que el güitite y el poró, basta clavar una estaca en el suelo para que, con un poco de lluvia, termine convirtiéndose en un árbol. Mis amigos ingleses me miraban con una mezcla de incredulidad y asombro cuando les explicaba que en Costa Rica uno podía cortar una rama, plantarla y, poco tiempo después, comer sus frutos. Uno no aprecia del todo el trópico hasta que intenta explicárselo a alguien que no creció en él.
Desde que regresé a Costa Rica, cuando veo un camioncito con jocotes al borde de la carretera, me cuesta no detenerme. Algunas frutas se compran porque uno tiene hambre. Otras porque despiertan una versión más joven de uno mismo.
Hace algunos días salí del gimnasio y vi que el palo de jocote del parqueo estaba cargado de frutos verdes. Lo conozco desde hace años. Lo he visto perder las hojas y aguantar el verano, pero esa tarde me detuve un poco más. Sospecho que sigue ahí porque tuvo la fortuna de crecer exactamente donde termina el parqueo y empieza la acera. Si hubiera estado cinco metros hacia adentro, hace tiempo lo habrían cortado.
El Valle Central cambió. Las cercas vivas dieron paso a tapias. Los patios se hicieron más estrechos. Y ya casi no se siembran árboles que den frutos: algunos dicen que ensucian las aceras, los carros y los techos. Es curioso cuánto nos incomodan las mismas cosas que antes esperábamos con ilusión.
También cambió la infancia. Hoy algunos papás dicen que no conviene que los niños coman jocotes porque podrían atragantarse con la semilla, y que tampoco es buena idea subirse a un árbol porque podrían caerse. Seguramente ambas cosas son ciertas, pero imagino que el trayecto diario hasta la escuela sigue siendo bastante más peligroso que una semilla o un palo de jocote.
No sé si el enorme jocote tronador de mis abuelos sigue en pie. Voy a averiguarlo. Quién quita que alguien grite:
–¡Va uno maduro!
emma.tristan@icloud.com
Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
