
“Ya no aguanto mis 68 abriles, los que siento igual que plomo sobre mí, y todavía algunos quieren que nos pasemos a la Luna a probar suerte”. Eso se lee en la bitácora de don Beto Quesada. Lo escribió poquito antes de abandonar su finca, La Palma, debido a la erupción del Arenal. Corría, precisamente, el año 1968, el año de la catástrofe.
Tiempo atrás, don Beto se había convertido en la primera persona en hallar una ruta para ascender hasta el cráter de ese volcán. Y antes de tal hazaña, a fuerza de hacha, machete y garabato, había instalado abras y socolas al pie de uno de los cerros más bellos del planeta.
El cerro, de última, terminó siendo un volcán. Justo por eso, don Beto tuvo que abandonar la finca a la que prodigó tantos afanes. Y justo por eso, para él, toda noción de futuro se vio súbitamente incinerada.
Aquel episodio no era, en definitiva, una excepción. Durante siglos, hacerse viejo ha implicado estar a la sombra de un Arenal que, de repente, estalla. Y todo viejo, así, es una suerte de Anquises que, en el mejor de los casos, es rescatado por su hijo de una Troya en llamas. La escritora francesa Simone de Beauvoir advirtió de que la sociedad reduce a la persona mayor a su pasado y le niega proyectos futuros legítimos. El viejo pierde el estatuto de sujeto que se proyecta y pasa a ser visto, por los otros y, a veces, por sí mismo, como alguien que ya “fue” más que alguien que “es” o que “será”.
Don Beto intuyó que, más allá de un rasgo individual, esa privación de futuro pintaba casi como una deriva civilizatoria: detectó un incendio en ciernes en las promesas de la sociedad tecnocientífica. La frase de su bitácora, de hecho, recuerda la desgarradora consideración del poeta griego Constantino Cavafis: la vida que acá perdiste, la has perdido en todas partes.
Por eso no tiene caso ir a la Luna.
El planeta, con todo y sus volcanes, seguirá en nosotros.
Y este es un planeta infinitamente bello, sí. Pero también áspero. Un planeta de rigurosos minerales, barrancos y cangilones siniestros. Un planeta donde, como don Beto comprobó, las lagunas desaparecen sin aviso, las fumarolas arrebatan al perro amado y todos nuestros empeños se anulan en el ámbito del cataclismo.
El libro de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, indaga un poco en eso: la vida que se corrompe al pie de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Y la barranca como destino trágico.
Nosotros, los cartagineses, nos parecemos bastante a ese personaje de Lowry: tenemos al Irazú, el cual, al menos desde la perspectiva del centro histórico, evoca siempre una imprecisa noción cardinal.
Los volcanes nos modelan un cierto carácter. Son una enorme masa, acaso un padre tiránico, que nos somete. Una barrera de miles de metros que, a menudo, nos aleja del mar y las llanuras.
A veces, en las mañanas nubladas, a nosotros, los cartuchos, nos da por pensar que, quizá, si el Irazú hubiera sido más achatado, digamos, más modesto, no nos sentiríamos tan apocados en el mundo. Y, a veces, en las mañanas despejadas, nos da por ser como don Beto y ascendemos hasta su cima, aunque sea de forma imaginaria, para bajar luego y desconfiar del mundo.
Fabián Coto Chaves es escritor.