
Como simple espectadora –no crítica ni especialista– salí del teatro Eugene O’Neill con la sensación de haber presenciado algo extraordinario para nuestra escena nacional. La llegada de este enajenado barbero a Costa Rica terminó siendo mucho más que un montaje: fue una muestra poderosa de lo que el sector independiente del teatro puede lograr cuando se atreve a soñar en grande.
El peso de la obra recayó en gran medida en Johnny Howell, cuyo Sweeney Todd me impresionó por su fuerza y por lo lejos que estuvo de cualquier caricatura. Aunque no tengo formación técnica para evaluarlo, pude sentir la intensidad sostenida de su actuación, su afinación y la precisión con la que manejó cada gesto, cada navaja y cada mirada. En números como Epifanía, el silencio del público y la mirada fija en el escenario lo decía todo: estábamos ante un artista verdaderamente entregado y con potencial ilimitado.
A su lado, Manuela Cornick debutó con una presencia escénica que me sorprendió y encantó. Su Mrs. Lovett fue ágil, expresiva y llena de detalles que hicieron que el personaje se sintiera cercano y fresco sin perder su esencia. Como espectadora, agradecí esa chispa personal que le imprimió al rol y me impresionó su talento. Juntos, Howell y Cornick formaron un dúo que, desde mi butaca, se sintió digno de cualquier escenario internacional.
También me llamó la atención el trabajo de producción de Emmanuel Otárola y Maricruz Arias. No siempre somos conscientes de lo que implica montar un espectáculo de este tamaño en un país donde los recursos culturales suelen ser limitados. Después de la obra, y tras saber que una productora independiente como Costa Risa Producciones adquirió los derechos oficiales de MTI y apostó por un montaje de gran formato, me hizo valorar aún más lo que tuve el honor de presenciar.
El director Miguel Mejía merece un reconocimiento especial. Coordinar a siete protagonistas y un ensamble de 17 artistas –24 voces en total– para que las complejas disonancias de Sondheim sonaran tan precisas es algo que incluso un espectador sin formación musical puede percibir y agradecer. El coro transmitió una presencia muy impactante, fuerte, casi intimidante, lo que elevó la experiencia a un nivel que pocas veces he visto acá en el país.
La obra, además, dejó espacio para reflexionar sobre temas que siguen siendo dolorosamente actuales: la corrupción del poder, la desigualdad social y el amor distorsionado. El reparto secundario, con actuaciones como la de Andrea Aguilar (mujer mendiga) y otros intérpretes igualmente comprometidos, completó un cuadro humano lleno de matices.
Al final, me quedé con la sensación de haber sido testigo de un acto de valentía artística. Lamento que la temporada haya sido tan corta, pero agradezco profundamente haber presenciado un hito en la historia costarricense del teatro. Ojalá que el público, las instituciones y quienes toman decisiones culturales sigan apoyando proyectos como este, porque enriquecen nuestra memoria colectiva y demuestran que Costa Rica puede –y debe– aspirar a más.