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Sindicalismo revolucionario

A la luz de las más recientes experiencias en otros países, es imposible para los sindicatos seguir tapando el sol con un dedo.

Dudo mucho que los líderes sindicales, o alguno de sus epígonos, se hayan tomado la molestia de leer al político y agitador francés Georges Sorel (1847-1922) uno de los creadores del llamado “sindicalismo revolucionario”, pero lo que sí considero evidente es la coincidencia de sus acciones con las prédicas de ese agitador, quien en los últimos años de su vida, y por cierto con grave inconsecuencia de su parte, celebró con alegría y optimismo la implantación en Rusia del régimen soviético, aunque, desde luego, no tuvo la oportunidad de presenciar su trágico desplome.

En su Reflexions sur la violence, Sorel proclamó un verdadero culto a la violencia ideológica, guiada por el mito de la “huelga general”. Nada de campañas electorales. Nada de socialismo parlamentario ni interpelaciones a ministros ni congresos de partidos. Nada de “astucias de apache”, como las calificaba, en su pintoresco lenguaje mediante el cual defendía un sindicalismo revolucionario que, con total independencia de los partidos políticos, debía, según él, transformar violentamente a la sociedad.

Lo propio de los sindicatos, lo único serio para Sorel, era la acción violenta y directa para controlar a los obreros. Como puede verse aquí, se proponía un camino totalmente distinto al de los partidos políticos y mostraba un total menosprecio por la representación parlamentaria y por la figura del presidente de la República.

En nuestro caso concreto, a todos nos consta que Carlos Alvarado, en repetidas ocasiones, ha manifestado su disposición a dialogar con los sindicatos para explicarles la procedencia del plan fiscal, mediante el cual se trata de corregir el crecimiento del gasto público, que bajo las últimas administraciones ha alcanzado límites sencillamente inmanejables.

De no corregirse a tiempo los problemas económicos, llegaremos a las crisis de otros países, que cediendo a la intransigencia de demagogos y sus políticas inflacionistas, no tomaron a tiempo las necesarias medidas correctivas. Lamentablemente, no se ha aceptado el ofrecimiento del presidente y con argumentos falsos y pueriles se exige, como requisito para reunirse, que se retire de inmediato de la corriente legislativa el fruto del trabajo valioso de muchos expertos en la materia.

Sacrificio colectivo. Para superar la crisis a que nos ha conducido la inoperancia de anteriores administraciones que permitieron el crecimiento sin control del gasto público, es preciso el esfuerzo y el sacrificio de todos, en proporción a las posibilidades de cada uno.

Pero los sindicatos irresponsablemente le dicen al pueblo que se pretende solucionar el problema fiscal exclusivamente con el sacrificio de los sectores económicamente más débiles. El plan del gobierno, como toda obra humana, es susceptible de mejoras que pueden surgir como consecuencia de un examen serio y desapasionado, pero no se vale descartarlo a priori por quienes pretenden que se les considere como los únicos verdaderamente preocupados por la suerte de los menos favorecidos, cuando en realidad, su primordial interés es mantener un sistema donde les sea más fácil mantener bajo su control al mayor número posible de trabajadores.

En cumplimiento de esa premisa se opusieron en el pasado a la apertura del ICE y se oponen actualmente a la de Recope. En el pasado pudieron salirse con la suya, pero a la luz de las más recientes experiencias en otros países no creo que puedan continuar tapando el sol con un dedo.

El autor es abogado.

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