Al evaluar la convivencia democrática, suele suceder que se dé prioridad a indicadores económicos, decisiones de política pública y aspectos semejantes. No obstante, resulta imprescindible tomar conciencia de que, junto con esos indicadores, la calidad del discurso público sostiene o degrada la salud democrática de las sociedades. Tal calidad pasa por el uso fiable de los conceptos y por la solidez de las argumentaciones.
Ambos aspectos se han degradado en boca de políticos autoritarios y populistas que campean por América Latina. En sus intervenciones, emocionales y efectistas, palabras como respeto, corrupción, democracia o libertad se pronuncian con carencia de rigurosidad respecto de sus acepciones reales, reconocidas tanto en el lenguaje común como en el de las disciplinas relacionadas. La argumentación, además, ha sido desplazada por la burla, el insulto o los apodos despectivos.
Las consecuencias de este fenómeno son múltiples y complejas, pero conviene atender algunos aspectos que implican una importancia pedagógica y social inmediata.
Solemos limitar la educación a lo que hacen las escuelas, colegios y universidades. Sin embargo, estas representan una muy pequeña parte del proceso educativo. Junto a ellas, y muchas veces en sentido contrario, actúan otros agentes educativos como las familias, las iglesias, la prensa, los partidos políticos y las instituciones del Estado. Si bien estos agentes operan formalmente con declaraciones oficiales y discursos (planes de gobierno, doctrinas), la educación o aprendizaje vicario (por modelaje) se torna predominante porque sus líderes son percibidos como referentes de autoridad cuyas actuaciones se asumen como ejemplo en algunos sectores de la población.

Este aprendizaje vicario entraña diversos procesos que podemos sintetizar en dos momentos:
1. La observación y el refuerzo: un niño, un joven (o un adulto con poco criterio moral propio) observa a una figura de autoridad recurrir a la ofensa para imponerse y comprueba que esa conducta recibe aplausos o preferencias electorales.
2. La adopción del modelo: al constatar que la agresión es recompensada o queda impune, el observador la asume como método válido y eficaz para gestionar conflictos.
Surge entonces una paradoja: mientras unos agentes (una madre, un maestro) proponen el respeto y la solución pacífica de los conflictos, otros modelan la agresión impune, que puede reflejarse en el matonismo escolar o callejero.
No pocas veces ocurre que un mismo agente educativo pregone un valor en sus discursos y modele lo contrario en sus prácticas (se critican las pensiones de lujo, pero no se renuncia a la propia).
Suele ignorarse la potencia de la educación vicaria, más inmediata que la formal, pues no requiere lecciones ni esfuerzos deliberados: la conducta observada es interiorizada e incorporada como posibilidad de acción propia. Aunque algunos aspectos de la obra del psicólogo Albert Bandura han sido cuestionados, su hallazgo de que el aprendizaje por modelaje conductual (sobre todo cuando hay premio o impunidad) pesa más que la norma predicada ha sido replicado y ampliado.
Se comprende, entonces, que el aprendizaje vicario tiene un fuerte impacto (y poco advertido) en el aprendizaje de valores y disvalores. La contradicción entre lo predicado y lo actuado puede inducir a una interpretación relativista, tal que, ante la existencia de una norma escrita o aprendida en familia (respetar a los demás, por ejemplo) se genera la impresión de que quienes ostentan el poder están eximidos de cumplirlas.
Así, la transgresión se convierte en la regla “real” y el valor o norma válidos se derogan en la práctica. El observador aprende también los mecanismos con que el líder se desconecta moralmente de su falta, tales como minimizarla (“no tiene importancia”) o trasladar la responsabilidad (“lo provocaron”).
Afortunadamente, el aprendizaje vicario también tiene un potencial constructivo. Si las instituciones y sus figuras públicas retoman el razonamiento riguroso, la ejemplaridad pública, el reconocimiento del discrepante como interlocutor válido y el respeto a la ley, su modelaje ético contribuirá con la consolidación de una sólida cultura ética y una democracia madura.
A los ciudadanos comunes nos queda la responsabilidad de elegir cuál de esos modelos deseamos para construir la Costa Rica del futuro.
e.chavarria.solano@gmail.com
Édgar Chavarría Solano es profesor de Filosofía pensionado de la UCR y extutor del posgrado y la maestría de Formación en Valores, OEI-U.B.