
En tiempos de estrechez fiscal y discursos simplistas, Costa Rica enfrenta una disyuntiva que va mucho más allá de lo financiero: decidir si resuelve su deuda social con visión institucional o con atajos que comprometen el futuro.
Hay momentos en la historia de los países en que las decisiones económicas dejan de ser meros cálculos y se convierten en definiciones morales. No se trata solo de balances, sino de valores. No se trata solo de cifras, sino de la idea misma de comunidad.
Hoy vivimos uno de esos momentos. La deuda del Estado con la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) no es una abstracción contable. Es la acumulación de años de postergaciones, de compromisos incumplidos y de prioridades desplazadas. Es una deuda con millones de personas que han trabajado, cotizado y confiado en que el país no las abandonaría al llegar la vejez o la enfermedad.
Frente a esta realidad, reaparece una respuesta conocida: vender activos, recortar derechos o trasladar los costos a la ciudadanía. Como si no existiera otra forma de enfrentar los problemas que desmontando lo que tanto costó construir.
Pero sí existe otra forma.
Convertir deuda en patrimonio
Una alternativa consiste en transformar parte de esa deuda en capital real: transferir acciones del Banco de Costa Rica al régimen de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM) de la Caja.
No se trata de privatizar. No se trata de liquidar. No se trata de regalar. Se trata de convertir una deuda abstracta en un activo productivo.
De este modo, la obligación futura se transforma en patrimonio presente. Las utilidades fortalecen directamente las pensiones. El sistema gana autonomía. Y la confianza comienza a reconstruirse.
Este mecanismo no sustituye la responsabilidad fiscal. El Estado debe seguir aportando y cumpliendo. El activo no reemplaza la obligación: la complementa.
Gobernar sin politiquería
Sin embargo, ningún esquema funcionará si se repite un error histórico: la politización.
Durante décadas, muchas instituciones públicas han sido tratadas como espacios de reparto y no como instrumentos de desarrollo. Juntas directivas convertidas en cuotas, nombramientos por cercanía, decisiones condicionadas por ciclos electorales.
Este modelo debe exigir lo contrario:
- Requisitos técnicos claros.
- Trayectorias verificables.
- Incompatibilidades políticas.
- Mandatos escalonados.
- Auditorías rigurosas.
No para excluir, sino para proteger. Cuando la política aprende a no intervenir donde no le corresponde hacerlo, la democracia se fortalece.
El falso dilema
Desde hace años, se nos presenta una consigna disfrazada de realismo: “O vendemos, o quebramos”. “O privatizamos, o colapsamos”. “O recortamos, o no hay futuro”.
Es una trampa. El verdadero dilema es otro: o administramos bien nuestro patrimonio, o lo perdemos.
Convertir un banco público en respaldo del sistema de pensiones no es neoliberalismo ni estatismo anacrónico. Es institucionalidad moderna. Es comprender que lo público no es sinónimo de ineficiencia, sino de responsabilidad compartida.
Más que servicios: un pacto social
La seguridad social no es solo una red hospitalaria ni una cuenta colectiva. Es un pacto entre generaciones.
Quien trabaja hoy respalda a quien envejece. Quien está sano sostiene a quien está enfermo. Quien cotiza ahora confía en el mañana. Ese es el corazón del modelo.
Cuando ese pacto se debilita, se resienten la cohesión social, la confianza y la estabilidad democrática. Por eso, este debate no es únicamente técnico. Es profundamente civilizatorio.
Define si queremos una sociedad donde cada quien se salve como pueda, o una donde nadie quede atrás.
Pensar como país
Pensar como país es resistir las soluciones fáciles. Es desconfiar de los atajos. Es mirar más allá del próximo titular.
Vender patrimonio para resolver problemas estructurales es como vender el techo para pagar la lluvia: alivia hoy, empobrece mañana.
Fortalecer la seguridad social desde dentro, con activos propios, gobernanza profesional y visión de largo plazo, es apostar por una Costa Rica que no se rinde ante la primera dificultad.
A veces los países se parecen mucho a las familias: también se endeudan, también se equivocan, también posponen conversaciones incómodas. Pero las familias que piensan en sus hijos no venden la casa para salir del apuro. Buscan cómo cuidarla.
Costa Rica no necesita incendiar su casa para luego ofrecer extintores. Necesita, otra vez, aprender a habitarla con responsabilidad.
Convertir el patrimonio público en garantía del futuro no es solo una maniobra financiera. Es un acto de confianza en nosotros mismos. En nuestra capacidad de pensar a largo plazo, de cuidar lo que es de todos y de no rendirnos al facilismo.
En tiempos de ruido y prisa, quizá esa sea la forma más silenciosa –y más profunda– de amar a un país.
rcastrocalvo@gmail.com
Ricardo Castro Calvo es abogado.