A través del parabrisas, observo desde mi vehículo. Un muchacho muy delgado se acerca con un niño en sus hombros. Busco unas monedas, abro la ventana y las dejo en la mano extendida del hombre, mientras el chiquillo atisba el carro de atrás en los momentos perentorios del semáforo en rojo. El muchacho recibe algo más del conductor que me sigue. El semáforo enciende el verde y ellos se hacen a un lado. Reanudo el avance, miro por el retrovisor y los identifico a distancia como el vivo retrato del desamparo, alertas al siguiente cambio de luz.
La imagen es inherente al paisaje urbano. Un menesteroso con su pequeño, ambos en plena jornada, a veces con sol, a veces con lluvia, en mañanas y tardes frías o calurosas. Son apátridas, errantes sin huellas registrales en los parámetros de la macroeconomía, pues los desposeídos no existen en los tecnicismos de las entidades financieras. Sin embargo, la escena no tiene misterio. Se trata de un hombre cercano a la indigencia y su niño trabajador, ataviados de fantasmas en la masa anónima de la informalidad.
No cuentan para la mayoría. Pasan de largo de nuestras miradas y aún más lejos de los radares de las instituciones gubernamentales. Aunque, de pronto, quizás me equivoco y resulta que el Patronato Nacional de la Infancia, por ejemplo, ha tomado cartas en el asunto y puesto en marcha planes y acciones concretas para acabar con el drama de la niñez que trabaja y desconoce el mundo de los cuadernos, los pupitres y el pizarrón.
¿O será que son ellos “los olvidados de Buñuel”, “los miserables de Víctor Hugo” o “los peor de Fernando Contreras”? Niños y niñas trabajadores en hombros o en las espaldas de los adultos; una anciana en silla de ruedas que pide limosna y avanza contra vía por el centro de la calzada; acróbatas amputados en asombrosas piruetas con un balón de fútbol; chavalos temerarios con cuchillos que blanden al aire y sacan chispas con el filo letal de sus machetes, lenguas de fuego, gritos encendidos. Es la desigualdad que se refleja en las calles, en las plazas, en los barrios, en los rincones y en los laberintos.
Los demás, ¿quiénes somos? Privilegiados con vivienda digna, salario o pensión, que hacemos frente a las exigencias financieras y solventamos necesidades básicas. Pero, también, habitantes del miedo, irascibles en las presas y embotellamientos, entes de una sociedad que confronta el “pura vida” con la criminalidad y la violencia, tanto que cuesta reconocernos. En las calles, somos un conglomerado de solitarios; en los vehículos, en los autobuses, en las burbujas particulares que nos resguardan. Sin embargo, el drama mayor, el más crudo, es la escasez del alimento en la mesa de multitudes.
Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadera. Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre. Pero entre esa hambre repetida y cotidianamente saciada que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con ella, hay un mundo. (El hambre, crónica social de Martín Caparrós).
El dólar barato, la inflación bajo control, el desempleo que disminuye: datos incuestionables de la “economía jaguar”. No obstante, las realidades descritas en las calles de barrios y ciudades arrojan números rojos y un espantoso déficit en los tarros arrugados de los indigentes en condición de calle.
Y los demás, ¿quiénes somos? Testigos de una sociedad que confronta el eslogan del “pura vida” con la criminalidad, la violencia… ¡Y el hambre! Sí, el hambre. En el país más feliz del mundo, dicen por ahí.
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Roberto García H. es periodista y comunicador.
