
No heredemos a las futuras generaciones un país que dejó de producir aquello que durante décadas sostuvo su seguridad alimentaria, su desarrollo y su economía rural.
Como médica veterinaria dedicada al sector agropecuario, he recorrido cientos de fincas en todo el país y conozco el esfuerzo de quienes producen los alimentos que llegan a nuestras mesas.
Crecí en Zarcero, tierra donde la lechería no es solo una actividad económica, sino parte de nuestra identidad. Por ello, no puedo permanecer indiferente ante decisiones que comprometen el futuro de un sector estratégico para Costa Rica.
Se afirma que el Acuerdo Transpacífico traerá beneficios para el consumidor costarricense. Sin embargo, surge una pregunta: ¿de cuál consumidor estamos hablando? ¿Del que perderá su empleo porque la finca donde trabaja ya no podrá competir? ¿Del recién graduado que encontrará menos oportunidades laborales? ¿Del pequeño comerciante cuya economía depende de las familias vinculadas al sector lechero?
Con frecuencia, se presenta al consumidor como una figura distinta del productor, pero la realidad es que el consumidor también es trabajador, emprendedor o empresario y, cuando pierde su fuente de ingreso, también pierde su capacidad de adquirir.
Hablar de competir con países como Nueva Zelanda implica reconocer que ambos parten de realidades profundamente distintas. Mientras ese país ha consolidado un modelo altamente competitivo y orientado a la exportación, los productores costarricenses afrontan costos de producción más elevados y condiciones topográficas muy diferentes.
En cantones como Zarcero, no solo está en juego la producción de leche; también están en juego los empleos, los pequeños negocios y el futuro de miles de jóvenes que hoy se preparan para contribuir al desarrollo nacional.
Según la Cámara Nacional de Productores de Leche, el beneficio económico esperado de la adhesión rondaría el 0,35% del producto interno bruto. Ante este panorama, vale la pena preguntarse si ese beneficio tan reducido justifica poner en riesgo la seguridad alimentaria del país.
A quienes hoy tienen en sus manos esta decisión, se les hace una invitación respetuosa a conocer una lechería promedio de Zarcero y la realidad de las familias que durante años han invertido para producir, muchas veces mediante créditos que aún están pagando.
Las cifras del comercio pueden resumirse en una hoja de cálculo; el futuro del agro costarricense solo puede comprenderse caminando sobre la tierra donde se produce. Detrás de cada finca no solo hay leche, café u hortalizas; hay empleo, inversión, conocimiento y comunidades enteras que dependen de que el campo siga siendo una opción de vida.
El sector agropecuario no pide privilegios; pide condiciones de competencia equitativas y políticas públicas que reconozcan el valor estratégico de la producción nacional.
Melissa Alpízar Ballestero es médica veterinaria con nueve años de experiencia en el sector agropecuario y formación en salud de hato y sistemas de producción animal.