
Pregunté en una clase universitaria cuántos habían leído o escuchado Cuentos de Mi Tía Panchita. Solo cuatro, de un grupo de 30, levantaron la mano.
Me propuse entonces leerles o contarles un cuento cada sesión, antes de entrar en materia, porque el curso es de otro tema. No es mala idea desempolvar el libro y leerlo en el almuerzo familiar o cuando se presente la oportunidad, aunque parezca al principio salir con un domingo siete. No son tan largos los cuentos. Todos debemos tener un libro de estos en un rincón de la casa.
El texto se lo debemos a la genial María Isabel Carvajal, nuestra querida Carmen Lyra. Ella, escritora comunista (palabra pecaminosa para el actual gobierno), tuvo la genial idea, hace más de 100 años, de traducir al tico cuentos populares como los del africano Tío Conejo, así como otros de origen asiático-europeo. A esos les puso sus propios nombres, tales como “La Flor del Olivar” (conocido en España como “La Flor de Lili lá”) y “Uvieta” (conocido en Europa como “El Soldado y la Muerte”), entre otros. Lyra no fue la única. María Leal de Noguera hizo también lo suyo, entre otros escritores.
Uno de estos Cuentos de Mi Tía Panchita es “Salir con un domingo 7″, que tiene para sacarle jugo que es un gusto. De chiquillo, me encantaba, aunque no entendía muchas cosas. Por ejemplo: ¿por qué había un compadre pobre y uno rico? Los compadres eran personas que se unían espiritualmente, no por sangre, por el hecho de llevar a bautizar a los hijos de alguno de ellos. Era común que un patrón fuera padrino de los güilas de un peón.
La Costa Rica patriarcal era así. El padrino metía el hombro cuando el ahijado necesitaba ropa o estudio, y de alguna manera intervenía en la crianza cuando faltaba el padre. Algún vínculo había. No siempre la relación laboral era la más justa, pero había algo mínimo que unía a las clases sociales. También era así con la escuela, donde el hijo del abogado asistía al mismo salón con el hijo del zapatero. Sin idealizar, claro está, pero mucho de eso sí que había: más vasos comunicantes, menos desigualdad. Así que en el cuento tenía todo el sentido que hubiera un compadre rico y un compadre pobre.
Siguiente detalle: ambos tenían güecho, es decir, una pelota en el cuello, agrandamiento de la tiroides. ¿Falta de yodo en una Costa Rica con hábitos alimentarios distintos? ¿Rasgo físico distintivo que unifica a dos personajes de diferente condición económica?
¿Qué era aquello?
Resulta que el compadre pobre se fue a buscar leña al bosque; allí se pierde y termina de noche frente a la casa de unas brujas que se la pasan cantando: “Lunes, martes y miércoles tres…“. Así, una y otra vez, hasta que el compadre se cansa y les arregla la canción agregando: ”Jueves, viernes y sábado seis". Las brujas se ponen felices de que les arreglaran la canción y encuentran al compadre, lo llenan de oro y…. le cortan el güecho… Es decir, cortan visualmente la diferencia con el compadre rico, aparte de mejorar la economía del otrora pobre.
Me llama la atención que las brujas le canten al tiempo, pero se queden pegadas a media semana, como si estuvieran incompletas. Me da una sensación de rutina, de un ciclo que nunca llega a la parte festiva: el fin de semana. El compadre pobre recibe su recompensa precisamente cuando se atreve a romper esa monotonía, cuando se harta y se arriesga a completar el canto con un sábado, es decir, con la puerta de entrada al descanso y la celebración.
Por supuesto, eso despierta la envidia del compadre rico, incapaz de alegrarse por la suerte ajena. Entonces busca a las brujas para obtener el mismo beneficio. Pero, al intentar “mejorar” otra vez la canción, agrega el día que faltaba: “domingo siete”. Ahí rompe el equilibrio del canto y provoca la furia de las brujas, que lo castigan devolviéndole el güecho del compadre pobre y enviándolo leñateado de regreso a su casa.
El cuento castiga la envidia, pero celebra el canto, el riesgo, la creatividad con el tiempo, la astucia y el hartarse de la rutina para buscar mejorar en algo.
No estaría mal salir con un domingo 7, pero no como el del compadre rico, envidioso y falto de creatividad, sino como el que da nombre al cuento: uno que surge de hartarse de más de lo mismo y volver a la vida con creatividad, color y luz. Carmen Lyra se las trae con este cuento. Seguro ahorita lo prohíben por sonar muy comunista. Contémoslo hoy mismo en el almuerzo. Para luego, es tarde.
rgonzalez@utn.ac.cr
Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
