
Después de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, muchos celebramos la caída del régimen de Nicolás Maduro como un triunfo para la democracia. Sin embargo, las posteriores declaraciones de autoridades estadounidenses sobre quién gobernará Venezuela, dejaron a muchos con una sensación de sorpresa y desatino, ya que estas afirmaciones contrastan con la profunda y sostenida lucha del pueblo venezolano por recuperar sus derechos democráticos y con el liderazgo firme y valiente de María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz.
Pero, ¿qué es lo que está pasando en el mundo?, ¿por qué ocurre esto hoy?, ¿qué es lo que realmente está moviendo este resultado? Además, ¿cómo poder hablar y abordar este tema en el marco de elecciones políticas en Costa Rica, donde obviamente todos estamos en contra de la dictadura, pero pocos se atreven a decir algo sobre la forma en que actúa la otra parte? ¿Será este silencio una coincidencia o responde al temor (explícito o implícito) de quedar fuera o dentro de ciertas listas?
Como ese no es mi caso, quisiera abordar el tema desde un punto de vista disruptivo, enmarcándolo en el modelo de desarrollo económico que estamos teniendo y en la explotación de los recursos finitos del planeta, y en cómo estos se convierten en un activo estratégico que promueve el conflicto.
El modelo de desarrollo económico actual se enmarca en el uso extractivo y casi inconsciente de los recursos naturales. El enfoque de una economía lineal que simplemente usa, consume y desecha es insostenible, y el abordaje dominante sigue siendo la extracción de nuevos recursos sin buscar oportunidades reales para reducir, reutilizar o incluso no consumir.
En 2025, según el Informe Mundial de la Brecha de Circularidad, se señala que la economía global sigue siendo profundamente lineal y que únicamente el 6,9% de los materiales que se utilizan anualmente provienen de fuentes recicladas o secundarias. La otra cara de la moneda es un incremento incesante del consumo de recursos naturales y materiales vírgenes, impulsado por la expansión demográfica y la escalada de patrones de consumo, que ha triplicado la extracción global de materiales en las últimas cinco décadas y que podría crecer un 60% adicional hacia 2060. El informe subraya que, aunque ha habido aumentos absolutos en el uso de materiales reciclados, el ritmo de extracción de nuevos recursos supera ampliamente cualquier avance en recuperación, lo que profundiza la dependencia de recursos vírgenes.
Por supuesto, los recursos naturales son indispensables para todas las actividades económicas: energía, transporte, producción, tecnologías de información y comunicación, así como para la producción de alimentos.
Sin embargo, también se convierten en fuente de conflicto, desigualdad, dependencia y de nuevas tensiones Norte-Sur. El uso de recursos, según el informe de circularidad, está concentrado en los países de altos ingresos, donde el consumo per cápita de materiales puede ser hasta seis veces superior al de las naciones de bajos ingresos. Economías como las de Estados Unidos y la Unión Europea lideran el uso absoluto y per cápita de materiales vírgenes.
Al final, este consumo lineal del modelo de desarrollo económico, arrasador y carente de razonamiento refleja el conflicto. Hoy, el giro geopolítico se centra en el petróleo, y ojalá logremos avanzar hacia un modelo regenerativo y circular, porque, de no hacerlo, es posible que en el futuro los conflictos giren en torno a minerales raros o críticos, agua, bosques, biodiversidad y servicios ecosistémicos. En este escenario, los países ricos en recursos naturales pasarían a ser estratégicos, pero sin que necesariamente hayan cambiado aún las reglas del juego.
Para mí, la solución pasa por la educación ambiental: educar para que las personas sean conscientes del impacto que tienen sus decisiones económicas sobre los recursos naturales y cómo estas decisiones conscientes pueden evitar conflictos. No obstante, esto debe convertirse en un compromiso ético de toda la sociedad. Pero tampoco debemos olvidar la otra cara de la moneda: exigir coherencia democrática y responsabilidad política. No se puede condenar una dictadura mientras se normalizan prácticas de poder que desconocen las decisiones de los pueblos.
Cynthia Maritza Córdoba Serrano es diputada independiente.