
Existe hoy una corriente de pensamiento que pretende confinar la fe al silencio de lo privado, sugiriendo que las convicciones religiosas no tienen lugar en el debate político. Se nos dice que el cristiano debe dejar sus valores en la puerta antes de entrar en la esfera pública, como si la integridad humana pudiera dividirse en compartimentos. Sin embargo, rechazar la presencia de la fe en la política es privar a la democracia de una de sus fuentes más ricas de ética, justicia y compasión.
Participar en política electoral no es un intento de imponer una teocracia, sino el ejercicio legítimo de llevar una cosmovisión humanista al servicio del bien común. Una fe que no se traduce en incidencia política es una fe que ignora el sufrimiento del prójimo. Por ello, debemos superar la timidez y reclamar nuestro derecho a participar, no a pesar de nuestra fe, sino impulsados por ella.
Pero esta participación debe evolucionar. Como bien ha señalado Fernando Chaves en su artículo “Votar cada día”, la democracia no es un evento que ocurre cada cuatro años en una urna. Es un músculo que debe ejercitarse a diario. El error de muchos cristianos ha sido creer que su responsabilidad termina al depositar la papeleta, cuando en realidad, ese es solo el primer paso de una mayordomía ciudadana permanente.
La verdadera participación directa ocurre cuando los creyentes se involucran en el diseño y fiscalización de las políticas públicas. No basta con elegir representantes; es imperativo ocupar espacios en las Juntas de salud, en los Concejos municipales y en las Asociaciones de desarrollo. “Votar cada día” significa vigilar que los recursos lleguen a los más necesitados y que la dignidad humana sea el eje de cada decisión administrativa.
Rechazamos la idea de que la fe es un estorbo para la política. Por el contrario, es un antídoto contra la indiferencia. Un cristiano que participa activamente en la vida pública –no solo en las elecciones, sino en la gestión cotidiana de su comunidad– es una garantía de que la ética no será sacrificada en el altar de la conveniencia partidaria.
Nuestra misión es transformar la realidad; “ser sal de la tierra y luz de las naciones”, y eso exige estar presentes donde se toman las decisiones.
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Rodolfo Acón Ho es vecino de Curridabat.