
Siempre me pareció curiosa la frase de aquella canción: “Yo quiero tener un millón de amigos”. Al principio, la hipérbole me resultaba chocante y algo melosa, pero con el tiempo, luego de años y años de escucharla, comenzó a rondarme una pregunta más enigmática: ¿quién querría tener tantos amigos? No creo que nadie sensato se haya propuesto jamás tener un millón de amigos, pero sería sin duda sospechoso quien no quisiera tener ninguno.
La amistad nos toca desde muy temprano y se presenta en casi cualquier espacio de socialización, pero, a pesar de la facilidad con que se nombra y con que en apariencia florece, sigue siendo un concepto esquivo. Pocos temas me interesan tanto: la materialidad de este tipo de relaciones; su origen, desarrollo y duración; su significado en una época marcada por la volatilidad y la fragilidad de todos los vínculos.
“La amistad es a la vez tan cotidiana y tan rara que no hemos construido instituciones para ella”, dice la filósofa catalana Marina Garcés en su ensayo La pasión de los extraños. Hasta que no leemos una frase así de contundente, no caemos en cuenta de la verdad que entraña. Si no hace falta firmar un papel para dar por comenzada una amistad –y, quizá tristemente, tampoco para darla por concluida–, ¿por qué es objeto de tanto interés en un mundo entregado a la seriedad de los ritos oficiales?, ¿radica su valor en la autenticidad, que insistimos en aquilatar? Más aún: ¿es posible –o deseable– extraer de ella alguna utilidad concreta?
Si se me permite un momento de franqueza, diría que nunca he tenido muchos amigos, y que yo mismo no he sido uno demasiado ejemplar, o al menos no para los estándares actuales de exaltación emocional e hipernecesidad de experiencias compartidas. Lo digo sin drama, solo como comprobación de la realidad. Mis amigos me gustan no por abundantes, sino por singulares: con algunos chateo casi a diario; con otros me unen intereses y afinidades, digamos, políticas; sé que algunos son monotemáticos; con otros encarno el papel de oyente profesional, y existe una apasionante categoría de personas a las que apenas veo, de las que me separa un océano de años y vacíos de información, a las que quizá jamás me hubiese acercado de no ser porque avatares educativos o profesionales nos obligaron a interactuar… pero a las que considero, a pesar de todo, amigos de verdad.

Cuando tenía cinco años, mi padre solía llevarme al kínder todas las mañanas. Me llevaba de la mano, con calma, pero al llegar a la entrada de la clase, se despedía y me soltaba. Las primeras veces rompí en llanto, sin saber qué hacer, pero recuerdo que en una ocasión se me acercó un niño y me dijo: “Ya no llore, venga a jugar con nosotros”. Sobra decir que se convirtió en mi mejor amigo y, aunque no lo veo desde hace más de 20 años, me atrevería a decir que no dejó nunca de serlo. Si me reencontrara con él mañana, no sería necesario ponernos al día con nuestras vidas; tampoco importarían mucho esos detalles, porque sé que comenzaríamos a hablar de cualquier cosa y no habría silencios incómodos.
Si no hay un identificador que los unifique, entonces, ¿cómo saber que son realmente amigos? Un día, sin proponérselo, un amigo muy sabio me dio una pista: los amigos te invitan a su casa. Cuán cierto. No puedo imaginarme una relación de amistad suficientemente estrecha con alguien cuya casa no conozco. Necesito saber que, en caso de extrema necesidad, puedo pedirle que me deje pernoctar allí.
Los amigos también se pierden, incluso después de periodos de éxtasis en los que la unión parecía sellada con sangre. ¿Cómo llamarlos, entonces? Rehúso acudir al esperpento léxico de examigos. En épocas recientes, creo que perdí uno, no sé bien por qué. No hubo en la separación ningún estallido de ira, ninguna traición imperdonable; solo la distancia y el tiempo. Cuando pienso en él, no me invade el remordimiento ni el dolor; más bien, cierta sensación de levedad. Estuvo y ahora no está. Solo al constatar su ausencia sé que realmente fuimos amigos.
Alberto Calvo es editor.