
Setiembre reúne, en apenas una semana, tres celebraciones: el Día de la Niñez, el desfile de faroles y la Independencia. En pocos días, ponemos en primer plano a los niños y las niñas y los involucramos directamente en rituales sobre patria, libertad, identidad y ciudadanía. Entonces, vale preguntarse: ¿qué lugar ocupa realmente la niñez en la construcción de todo eso?
En los años 90, cuando yo estaba en la escuela, construíamos nuestros faroles con materiales reciclados y mucha escarcha, porque creíamos que eso los hacía más especiales. Pero buena parte de aquello que debía representar a Costa Rica ya estaba escogido: había como mínimo 20 yigüirros, unas 30 casas de adobe y un sinnúmero de faroles blancos, azules y rojos, deformes, pero claramente con forma de bandera.
Y no creo que eso estuviera mal. Lo que me pregunto es por qué la tradición suele consistir en reproducir los símbolos que aprendimos que eran importantes, memorizar alguna recitación sobre su significado y amarrarnos el pelo en trenzas, en vez de abrir también la posibilidad de cuestionarlos, reinterpretarlos o imaginar otros.
Este 2026 está ocurriendo algo interesante: de pronto, se está promoviendo que los faroles digan algo más que lo memorizado. La llamada Faroleada por la Democracia toma una celebración asociada normalmente con el recuerdo de un acontecimiento político del pasado y la utiliza también para hablar de la democracia presente.
Se organizan talleres para construir faroles, aparecen convocatorias vinculadas con preocupaciones de distintas comunidades e incluso costarricenses fuera del país se están sumando desde sus lugares de residencia.
El farol empieza a funcionar también como un altavoz ciudadano. Esto no significa que la protesta mediante símbolos patrios sea una invención de 2026. Hace décadas, la Sala Constitucional eliminó restricciones excesivas al uso de la bandera nacional y ya hemos visto faroles con mensajes de protesta en otros momentos, como durante la huelga de 2018.
Lo particular de este año es que la propia tradición del 14 de setiembre está siendo utilizada para hablar colectivamente de las decisiones, instituciones y preocupaciones de nuestra democracia actual.
Y si el farol puede convertirse en un altavoz de las preocupaciones de una comunidad, ¿qué pasaría si también escucháramos lo que la niñez quiere decir con el suyo?
No estamos hablando metafóricamente de “darles voz”. El Código de la Niñez y la Adolescencia reconoce su derecho a tener ideas propias y a expresar sus opiniones, particularmente en la familia, la escuela y la comunidad. Por eso, involucrarlos este 14 de setiembre no debería significar entregarles un farol que diga “defendamos al Poder Judicial”, “fuera X”, “apoyemos Y” o cualquier otra posición escogida por los adultos.
Podríamos empezar por preguntar antes de responder por ellos: ¿qué les preocupa de Costa Rica?, ¿qué les parece injusto?, ¿qué quieren cuidar?, ¿qué cambiarían? Y, sobre todo, estar dispuestos a escuchar respuestas que quizá no coincidan con las nuestras.
La educación cívica no tendría entonces que quedarse en una imagen de Costa Rica representada por el traje típico y el canto al Himno; también puede abrir espacios para pensar críticamente en lo que heredamos e interrogarlo juntos: ¿a quién deja por fuera este símbolo?, ¿qué le transformarías?, ¿qué símbolo inventarías vos?
Porque los niños y las niñas pueden construir el farol con sus manos, pero también pueden participar en la construcción de su significado. Y detrás de ese pequeño objeto aparece una pregunta mucho más grande: ¿quién tiene derecho a imaginar, cuestionar y construir lo colectivo?
La democracia no es una obra terminada que una generación adulta recibe, conserva y entrega a la siguiente; se transforma permanentemente. Si creemos que su construcción es colectiva, la posibilidad de participar en esa imaginación no puede comenzar mágicamente a los 18 años, cuando recibimos una papeleta.
Lo que está ocurriendo hoy en Costa Rica nos da una oportunidad para preguntarnos, junto a la niñez, qué queremos que signifiquen la democracia, la libertad y eso que asociamos con ser costarricenses.
Este 14 de setiembre, antes de decirles a los niños y las niñas qué poner en sus faroles, podríamos empezar preguntándoles qué quieren gritar con ellos.
broverssi@gmail.com
Barbara Roverssi es arquitecta.