
Toda democracia contiene una tensión esencial, la cual nace y proviene de la voluntad del pueblo, pero solo puede sobrevivir si esa voluntad resulta capaz de observar límites. Esta paradoja no es un defecto del sistema democrático, sino su plena condición existencial. Sin límites al poder, incluso el poder legítimo puede transformarse en una amenaza para la libertad que lo justifica.
Alexis de Tocqueville, ideólogo del liberalismo conservador francés, advirtió de que el mayor peligro de la democracia no era la ausencia de legitimidad, sino su exceso. Cuando un gobernante se presenta como la expresión directa de la voluntad popular, puede surgir lo que denominó la “tiranía de la mayoría”: un poder legítimo en su origen, pero potencialmente opresivo en su ejercicio. El riesgo no consiste en la falta de democracia, sino en su deformación.
Por el contrario, Carl Schmitt, jurista alemán y activista nazi, sostuvo que la democracia consiste en la identidad entre gobernantes y gobernados. Desde esta perspectiva, el líder que encarna la voluntad del pueblo no representa un peligro, sino su máxima expresión. En esta lógica, los contrapesos institucionales pueden percibirse como obstáculos artificiales que interfieren con la soberanía popular.
Por su parte, el filósofo político y jurista alemán Jurgen Habermas partió de la teoría de la democracia deliberativa para proponer una concepción más exigente. Desde su perspectiva, la democracia no es solo el acto de elegir, sino el proceso permanente de justificar el poder mediante la deliberación racional. La legitimidad democrática no nace únicamente del voto, sino del respeto a las reglas, a las instituciones y al pluralismo.
Este debate filosófico resulta particularmente relevante para analizar el momento político actual en Costa Rica.
Nuestro país sigue siendo, sin duda, una democracia constitucional. Las elecciones son libres y las instituciones continúan operando. Sin embargo, el ejercicio del poder no se define únicamente por su forma jurídica, sino también por su relación con los límites que lo contienen.
Uno de los rasgos más visibles del liderazgo del presidente Rodrigo Chaves ha sido la construcción de una relación directa con el “pueblo”, acompañada de un cuestionamiento recurrente hacia instituciones fundamentales como la Sala Constitucional y el Poder Judicial, el Ministerio Público y el fiscal general, el Tribunal Supremo de Elecciones, la Contraloría General de la República, la prensa independiente y las universidades públicas, entre otras.
Este fenómeno per se no implica la desaparición de la democracia, aunque sí introduce un desplazamiento preocupante en la fuente simbólica de legitimidad, desde las instituciones hacia la figura del líder.
El sociólogo y economista alemán Max Weber describió este fenómeno como autoridad carismática, en la que el poder se legitima por la confianza personal en el líder, más que por el respeto a las normas. En tales condiciones, las instituciones comienzan a ser percibidas no como garantías de libertad, sino como obstáculos importantes.
Entonces, el riesgo no radica necesariamente en la instauración inmediata de una dictadura, sino en un proceso más gradual y profundo caracterizado por la erosión de la cultura democrática. El politólogo alemán Jan-Werner Müller ha señalado que el populismo se caracteriza por la afirmación de que solo el líder representa al pueblo auténtico, mientras sus opositores son presentados como ilegítimos.
La fortaleza histórica de Costa Rica ha residido precisamente en el equilibrio entre poder y límites. Sus instituciones han funcionado como barreras frente a la concentración del poder, garantizando que ningún gobernante pueda situarse por encima del orden constitucional. Como explicó el filósofo francés Claude Lefort, en la democracia, el poder es un lugar que nadie puede ocupar de forma permanente.
Sin embargo, ninguna institución puede sobrevivir si pierde su legitimidad ante la ciudadanía. La mayor amenaza para la democracia no es la ambición del gobernante, sino la pérdida de la convicción democrática de los ciudadanos. Hannah Arendt, filósofa e historiadora estadounidense, ha advertido de que el autoritarismo prospera cuando las personas dejan de confiar en el mundo común y buscan seguridad en la voluntad de una figura fuerte.
De acuerdo con las consideraciones anteriores, la pregunta decisiva no es si un demócrata puede apoyar a un líder específico. La pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿puede un demócrata justificar el debilitamiento de los límites que garantizan la libertad, incluso cuando esa debilidad se presenta como expresión de la voluntad popular?
La democracia no consiste únicamente en el derecho de elegir gobernantes, sino en el deber de limitar su poder. Cuando los ciudadanos dejan de defender esos límites, el poder no necesita destruir la democracia, porque el momento más peligroso para una democracia no es cuando el poder se impone por la fuerza, sino cuando comienza a ser aceptado sin cuestionamientos.
Es en ese momento, precisamente, cuando comienza el autoritarismo.
Mario Granados Chacón es doctor en Educación, licenciado en Derecho, investigador académico y profesor universitario.