
Todas las Semanas Santas, mi hermana Eugenia sueña que la persigue el Nazareno. Se duerme, y en algún punto de la noche, cuenta que se ve sola, en la Calle Ancha, cerca de la iglesia de la Agonía, y escucha el “pom”, “pom” del bombo de la banda de Alajuela.
Luego, en una esquina no muy lejos, una bocanada de incienso anuncia lo que ella ya sabe desde hace más de 45 años: detrás del humo viene el bamboleo de la dramática imagen, traída desde Guatemala a nuestra ciudad, a finales del siglo XIX, y vestida con una túnica morada con adornos dorados, y con una peluca de colochos.
La imagen mueve la cabeza, la busca a ella entre la gente y Eugenia no se puede mover. Tiene los pies clavados al suelo. Cuando la detecta, el Nazareno se baja de las andas y empieza a acercarse a ella. En ese instante, mi hermana logra despegar los pies del pavimento y pega carrera rumbo a la casa.
Entra, corre, busca a mi padre para contarle. Mi padre está en una mecedora leyendo el periódico. Baja el ejemplar y mi hermana ve que quien está ahí, detrás del matutino, es el Nazareno. Fin del sueño. Así por años. No cambia nada: solo la portada del periódico. Por eso me temo que este año los que correrán juntos son mi hermana y el Nazareno, perseguidos por el periódico, pero eso sería otra historia.
El peso de la conciencia
Lo que sí es cierto es que el Nazareno de Alajuela tiene anécdotas con varios miembros de mi familia, y estoy seguro de que para la ciudad, también. Mi abuelo, masón y libre pensador, se vestía siempre con elegancia para alzarlo al mediodía del Viernes Santo y lo hacía con profunda devoción. Luego pasaba a saludar al Chicotín, su consuegro, que lo esperaba invariablemente con un vaso de whisky. Mi abuelo Luis alzó al Nazareno mientras el cuerpo se lo permitió, hasta el final de sus días, aun en la época en que enfermó de las vías respiratorias. Decía que no podía faltar a la cita.
Una Semana Santa, al recordar esa historia, me fui a alzarlo yo también, en honor al abuelo. Me costó, porque yo también le tenía miedo al Nazareno de Alajuela, pero como iba en nombre de don Luis Ulloa, sentí que me invadían otros sentimientos. Solo me sacó de la tremenda conexión con mi abuelo la sensación de que las andas aumentaban de peso. Así que en cuanto pude darle espacio a otra persona, lo hice.
La torta fue que, como ese día había poca gente en la procesión, alguien me agarró del hombro y me dijo: “Por favor, ayúdeme a alzar a mi chiquita, el angelito”. No supe en qué momento me vi cargando esa otra anda, que pesaba más que los pecados que no había confesado en Cuaresma. Nadie me auxilió esta vez y tuve que terminar la procesión con el angelito a cuestas. Eso sí, el peso del ángel era constante. ¿Por qué el del Nazareno había variado? Encontré la respuesta dos años después.
Una tarde, en un café, una amiga que es muy devota y que alza desde el Santo Sepulcro hasta la Dolorosa, me contó que el Nazareno de Alajuela cambia de peso cuando uno lo está cargando. Yo me extrañé mucho y ella me explicó: “Se enoja cuando alguien no ha hecho lo correcto y se pone de mojigato a intentar cargarlo sin haberse arrepentido o reconciliado con aquella persona a quien le hizo la falta. Una vez le perdieron la peluca que era una promesa que alguien le había llevado. Y, con las promesas de la gente, no hay que jugar. Entonces, ese año no se quería dejar poner la cruz. Pero no solo eso: de pronto, puede volverse muy pesado en medio de la procesión”.
Entiendo al Nazareno. Me cayó muy bien ese día. El Nazareno de Alajuela no se queda tranquilo si lo quieren usar montando un espectáculo en nombre de la fe. Me pregunto cómo le iría a más de uno, en la política tica, alzando al Nazareno de Alajuela en estos tiempos.
¿Hacia dónde mira?
Pero en los tiempos de antes, yo no me preocupaba por el cambio de peso, sino por su rostro: hacia dónde venía viendo el Nazareno en la procesión.
Recuerdo que, de chiquillo, yo era muy procesionero. Me encantaba decirle a papi que me llevara a todas las procesiones en que salía el Nazareno. Eso sí. No quería estar en la acera en donde se le veía la cara porque, al igual que a mi hermana, verlo me daba miedo: le huíamos al rostro de esa imagen.
“Enfrentalo, muchacha. Sacá un pañuelo en el sueño y enjugale el rostro. ¿No ves que él representa el dolor, y a eso es a lo que le tenés miedo?”, le decía mi madre a Eugenia. Sin embargo, mi hermana nunca ha logrado llegar a ese punto en el sueño, porque cada vez que lo intenta, el rictus de la imagen se pone aún más dramático. Entonces, de nuevo mi hermana pega carrera, busca a mi padre y el Nazareno la espera con noticias nuevas en el impreso.
Yo, en cambio, tuve más éxito en vencer ese miedo infantil. Quizá me ayudó el hecho de que tengo la impresión de que ese rostro fue retocado no hace muchos años y perdió parte de la fuerza original que tenía. Pero también porque uno va cambiando por dentro.
En los últimos años, cuando mi padre estuvo muy enfermo y había que bañarlo y vestirlo, su cuerpo derrotado se me parecía al de un Cristo yacente. En él, sin embargo, se reflejaban los ojillos dulces de un alma fuerte, purificada e intacta. Me dolía verlo así, pero al mismo tiempo me intrigaba su paz. En esos años, yo buscaba las procesiones, para recordar cuando era papi quien me llevaba de la mano a verlas. Ahora entiendo que, en realidad, yo buscaba más mis momentos del pasado con papi que revivir en el presente el viacrucis. O quizá… ambas experiencias son lo mismo.
Nunca me ha gustado la exaltación del dolor el Viernes Santo. Como creyente, siento que la Redención no depende de la matemática de las torturas y el recuento exacto de los maltratos, al mejor estilo de Mel Gibson, sino de lo que habita en los ojos de aquel valiente… la coherencia, la paz en medio de las dificultades… como esas últimas lecciones que aún no he terminado de aprender, y que yacen justo ahí, en el recuerdo de los ojos de mi padre.
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Rodolfo González Ulloa: es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
