
El ingenio salva. Pero no gobierna.
Tío Conejo nos enseñó a sobrevivir en un mundo lleno de bullies. James Madison y Alexander Hamilton nos advirtieron algo más incómodo: una república no puede descansar en la astucia individual. Necesita límites que funcionen incluso cuando el ingenio se agota, el humor cansa o el poderoso ya no se ríe.
Esa es la diferencia entre una fábula y una Constitución.
El encanto del ingenio –y su límite–
En Cuentos de mi Tía Panchita, el ingenio cumple una función heroica. Tío Conejo esquiva al fuerte, lo engaña, lo ridiculiza. El humor opera como defensa frente al abuso. Cuando no hay árbitros ni reglas parejas, la picardía es racional. Pero los cuentos también dejan algo claro, aunque no siempre lo leamos así: Tío Conejo no cambia el sistema. Se salva esta vez. Mañana habrá otro Tigre. Otro Coyote. Otra Ballena.
El ingenio gana batallas, pero no garantiza el día después.
Cuando el ingenio se confunde con forma de poder
El problema aparece cuando una sociedad empieza a creer que la picardía sustituye a las instituciones. Cuando el “saber jugársela” reemplaza al control del poder. Cuando el chiste tapa la ausencia de reglas. Ahí el ingenio deja de ser resistencia y pasa a ser estilo de gobierno.
La astucia que protege al débil, combinada con autoridad, se vuelve abuso. El humor se transforma en cinismo. El atajo se normaliza. Y el bully –antes caricatura– se institucionaliza.
Ese tránsito no es abrupto. Es gradual. Y por eso es peligroso.
Madison: gobernar es desconfiar
Los federalistas no escribieron desde la ingenuidad, sino desde la experiencia histórica. Madison partió de una verdad tan antigua como incómoda: el poder tiende a expandirse.
Por eso, insistió en que no bastan elecciones ni discursos bien intencionados. Hace falta algo menos vistoso y más eficaz: desconfianza organizada. Poder enfrentado a poder. Frenos internos. Precauciones auxiliares.
No porque todos sean malos. Sino porque basta con que uno no se limite.
Hamilton y el punto ciego de toda república
Hamilton entendió algo todavía más específico: en cualquier sistema, el punto crítico no es solo quién gobierna, sino quién pone los límites.
El bully siempre intenta lo mismo: capturar al árbitro.
No necesita dominar todo el campo. Le basta con que el juez dependa de él, le deba el cargo o tema el costo de fallar en su contra. En ese momento, el juego sigue pareciendo juego, pero las reglas dejaron de regir.
Por eso, el Poder Judicial no se concibe como fuerte, sino como independiente. No como protagonista, sino como freno.
Cuando el humor deja de proteger
Mientras el poderoso tolere la burla, el humor funciona. Cuando deja de tolerarla, solo quedan las reglas.
Las democracias que perduran no son las más ingeniosas, sino las que entienden que el ingenio no puede ser el último dique. Tarde o temprano, llega el momento de elegir entre seguir celebrando la picardía o poner límites efectivos.
Ese momento no llega con estridencia, sino que llega por acumulación.
Y ahora, Costa Rica
Todo esto dejó hace rato de ser una discusión literaria o académica. Tiene que ver con Costa Rica, aquí y ahora. Entre otros hechos, que no requieren interpretación, sino atención:
• El cierre de una legislatura sin cuórum, algo inédito en la historia reciente del Congreso.
• El retiro deliberado de diputaciones del plenario que impidió reiteradamente alcanzar los votos necesarios para designar magistrados suplentes.
• La imposibilidad de nombrar suplencias en la Sala Constitucional, con expedientes acumulados y advertencias formales sobre el riesgo de paralización.
• La concentración, en un solo periodo legislativo, de la posibilidad de intervenir en la reelección o sustitución de más de la mitad de la Corte Suprema de Justicia.
• Declaraciones públicas que deslegitiman de forma general al Poder Judicial y cuestionan la reelección de magistraturas como principio.
Nada de esto es anecdótico. Todo es estructural.
Tío Conejo nos enseñó a sobrevivir. Madison y Hamilton nos enseñaron a no depender de la supervivencia individual. Dice Madison: “A dependence on the people is, no doubt, the primary control on the government; but experience has taught mankind the necessity of auxiliary precautions” (“La dependencia del pueblo es, sin duda, el principal mecanismo de control del gobierno; pero la experiencia ha enseñado a la humanidad la necesidad de tomar medidas de seguridad complementarias”).
El ingenio es valioso. El humor también. Pero no sustituyen los frenos del poder.
Cuando el ingenio se convierte en coartada para no poner límites; cuando la picardía reemplaza al cuórum; cuando el árbitro empieza a temer al jugador fuerte, el abuso deja de ser excepción y pasa a ser método.
Y eso, en una república, no es un chiste.
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Pedro Muñoz es exdiputado.