
“¿Por qué debería importarme a mí el mapamundi?”. Esta es una pregunta que muchos se han hecho tras la resolución de la ONU del pasado 4 de setiembre. Esta fue impulsada por la campaña Correct The Map, liderada por el canciller Robert Dussey, de Togo, en representación de la Unión Africana.
El mapa tradicional, conocido como “mapa Mercator”, ha sido el estándar desde el siglo XVI. Pero siempre ha recibido fuertes críticas por su sesgo eurocéntrico: reduce visualmente continentes enteros como África de manera desproporcionada (mostrándolo casi del mismo tamaño que Groenlandia, cuando en realidad es 14 veces mayor). La propia resolución de la ONU señala que estas distorsiones cartográficas “han contribuido a percepciones erróneas, dando lugar a una minimización simbólica del sur global en el imaginario colectivo”.
Ante esta situación, la adopción de proyecciones equivalentes no pretende alterar la geografía ni imponer una narrativa política, sino representar la superficie de los territorios de manera proporcional.
Esto no es una cuestión de política, ni de ideología. Solo se trata de tener una representación del globo que sea precisa y científicamente fundamentada.
Con 164 votos a favor y solo uno en contra (Estados Unidos), este cambio importa, y mucho. No es un simple debate. Es, en esencia, un problema de precisión en la ciencia, la economía y la gestión de recursos.
Primeramente, en materia de salud pública y epidemiología, la distorsión de Mercator achica visualmente la franja intertropical. Enfermedades vectoriales como el dengue o la malaria se concentran en el cinturón tropical; si se reducen artificialmente América Latina o África, la densidad real de impacto por kilómetro cuadrado se distorsiona ante los ojos de los organismos que asignan presupuestos globales.
En segundo término, en cuanto al medio ambiente y el clima, la Amazonía, la cuenca del Congo y los bosques del sudeste asiático constituyen los principales sumideros de carbono del planeta. Mapearlos en su escala real es indispensable para evaluar la cobertura vegetal en los modelos climáticos y en los mercados internacionales de bonos de carbono.
Asimismo, la franja ecuatorial registra la mayor radiación solar y potencial agrícola; dimensionarla correctamente permite valorar la verdadera capacidad de producción de alimentos y energías renovables de nuestra región.
En tercer término, en la economía y el comercio, disponer de proyecciones equivalentes evita percepciones erróneas sobre la cercanía de mercados de consumo y corredores logísticos marítimos o aéreos.
Finalmente, en la era de la tecnología y la ciencia de datos, miles de algoritmos procesan un sinnúmero de datos diariamente (desde modelos de IA para predecir la deforestación hasta análisis satelitales de incendios). Si las bases macrocartográficas utilizan proyecciones distorsionadas, introducen desviaciones de densidad: un “píxel” en el hemisferio norte termina pesando cuantitativamente más que un “píxel” en el ecuador.
Decir que el mapa “nos da igual” es ignorar los datos con los que tomamos muchas decisiones. Si medimos mal el planeta, calculamos mal el impacto del cambio climático, la distribución de vacunas y la logística del comercio internacional. Porque un mapa no es solo un dibujo: es la representación visual de nuestro mundo, la infraestructura de nuestra realidad.
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Sebastián López Delgado es estudiante e investigador independiente.