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Pesca de arrastre enturbia el golfo de Nicoya

El país cuenta con muy poca preparación para el adecuado manejo costero y marino

La pesca de arrastre del camarón se efectúa en el golfo de Nicoya mediante embarcaciones de cierto tamaño autorizadas para ello, pero también por una multitud de pescadores individuales que la practican, sobre todo, subrepticiamente de noche, incluso durante las vedas.

Se trata de una técnica que arrastra en el fondo, gracias al uso de pesos, unas redes que atrapan todo tipo de fauna además del camarón. Es un arte de pesca que no discrimina y, como frecuentemente se reitera, afecta negativamente una gama de poblaciones de peces, crustáceos y otros animales, incluidos camarones de poco tamaño, incidentalmente capturados sin ser de interés para el pescador.

En ese sentido, puede verse como una matanza generalizada. Asimismo, las rastras alteran el fondo, literalmente arrasándolo, por lo que ha sido comparado con la tala rasa de un bosque, pues impide que se establezca o regenere la vida que depende de cierto equilibrio.

Como si fuera poco, y en vista de algunos intereses por mantener o revivir la legalidad de esta práctica, quiero referirme aquí a otro daño que produce y que no lo he visto mencionado por la crítica.

Como es de imaginar, arrastrar redes con pesos que aseguran que se mantengan pegadas al fondo remueve grandes cantidades de sedimento que pasa a ser incorporado al agua, en donde permanece suspendido y es transportado por las corrientes hacia adentro y fuera del golfo.

Este resultado negativo de este tipo de pesca ha sido documentado ampliamente en otros lugares, e incluso se cita que las plumas de sedimento levantadas pueden verse por satélites.

Estos sedimentos, compuestos mayormente de barro, pero también de materia orgánica, nutrientes y microorganismos, se agregarían a los que entran por los ríos y esteros, lo cual tradicionalmente se ha considerado como la única fuente de sedimentos de las aguas del golfo de Nicoya.

Sin embargo, lo turbio de las aguas no desaparece en la estación seca, mientras la pesca de arrastre continúa. Con esta constante incorporación de sedimentos al agua, adicional a los aportes pluviales, estaría produciéndose o agravando una serie de efectos que pueden tener una gama de ramificaciones que deben considerarse. Retomando la analogía de la tala rasa del bosque, es como si, además, se estuviera incorporando al aire toneladas de polvo y otras sustancias que se esparcen mucho más allá del bosque que se taló.

Entre los efectos negativos de los sedimentos en suspensión, está, en primera instancia, que enturbian el agua. A menudo, la visibilidad del agua en el golfo de Nicoya es mínima, cuesta ver más allá de un metro. Francamente, es agua sucia muy poco atractiva para la recreación y el turismo.

Por otra parte, el exceso de sedimento suspendido contribuye a inhibir la regeneración de la vida marina normal en el fondo, tanto por impedir el paso de la luz necesaria para la fotosíntesis como por cubrir por deposición e impedir el desarrollo de corales y macroalgas.

También, la incorporación de materia orgánica y nutrientes junto con estos sedimentos podría ser causal de la proliferación excesiva de biocontaminantes, no solo del tipo de alga que crece en todo lo que se encuentre en el agua, conocido como “lana”, sino que podría tener un papel en la muy recurrente floración de microalgas tóxicas conocidas como “marea roja”.

Esto último podría estarse fomentando al reincorporar reiteradamente al agua poblaciones de microorganismos asentados en el fondo que proliferan al encontrarse suspendidos en aguas ricas en nutrientes.

En un balance, salvo por el beneficio económico a quienes la practican, legal o ilegalmente, la pesca de arrastre reporta mayormente daños y debiera ser prohibida, como lo ha sido en muchos países.

Esto gana importancia en un ecosistema tan limitado y degradado como el golfo de Nicoya, que debiera pasar a ser visto y manejado, integralmente, como una gran riqueza nacional.

Pero uno de los problemas que tenemos que enfrentar y resolver primero es que el país cuenta con muy poca preparación, e incluso disposición, para el adecuado manejo costero y marino. Por ejemplo, tal vez pueden contarse con los dedos de una mano los especialistas formalmente preparados en pesca, acuicultura marina y manejo del producto pesquero.

Salvo unos pocos colegas, la ingeniería marítima brilla por su ausencia, y pretender hacer un rompeolas o un muellecito es considerado un pecado–y eso que la erosión costera requiere urgentes soluciones ingenieriles–.

En general, reina lo empírico y las autoridades del ramo están mal equipadas y a menudo absortas en lidiar con problemáticas sociales y ambientales que no terminan de resolverse, al contrario.

Con ello, triunfa por mucho una visión conservacionista, a menudo importada, que quisiera devolver el mar a los tiburones, cuando se trata de una riqueza común que debe ser manejada sustentablemente y hacia adelante.

Existen muchas maneras de manejar las costas y el mar de forma que todos los usuarios, a corto y largo plazo, obtengan satisfacción. La vida marina y la integridad de los ecosistemas marino-costeros deben ser protegidas y fomentadas, en consideraciones espacio-temporales que permitan otras actividades de igual o mayor importancia.

La pesca, comercial y recreativa, es una actividad que debe continuar, incluso ampliarse si se utilizan técnicas de repoblación con especies de interés.

Los pescadores, sobre todo los nacionales y los artesanales, jamás debieran ser vilipendiados como lo son por algunos sectores, que no están exentos de críticas. Por ejemplo, distribuir cocodrilos para recuperar poblaciones puede ser visto como una actividad criminal en la medida en que estos matan a personas.

Hay muchos puntos de vista, y aún más intereses. Todos aquellos demostradamente viables deben ser respetados en un marco de concertación que priorice el mayor beneficio de la población y el país, lo cual se hará más claro en la medida en que avancemos en el interés por el mar y sus productos y servicios. Debemos establecer nuestra propia posición y ejecutarla.

No es tarea fácil, pero, en particular el golfo de Nicoya, con su gran población de pescadores y otros pobladores costeros, en general con poco avance económico, merece una atención que lo lleve a convertirse en un centro nacional de riqueza. Esa atención debiera comenzar por eliminar y controlar prácticas dañinas, entre las cuales, por supuesto, destaca la pesca de arrastre.

El autor es director de la Escuela de Ingeniería Agrícola, Universidad de Costa Rica. Tiene 15 años de trabajar en el mar y coordina la creación de la carrera de ingeniería marino-costera para la sede del Pacífico de la UCR.

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